Quinceañeras, altares y memoria familiar: una conversación con Anabella Bergero

Anabella Bergero habla sobre La Virgencita, los altares, los quince años, la feminidad y una identidad construida entre México, Argentina y Estados Unidos.

anabella bergero

Una serie de fotografías, fiestas de quince años, altares improvisados, recuerdos familiares y desplazamientos entre México, Argentina y Estados Unidos. Durante años, Anabella Bergero fue reuniendo esos fragmentos hasta convertirlos en una investigación sobre identidad, feminidad y memoria latinoamericana.

En su trabajo, la Virgen aparece como una presencia que atraviesa casas, calles, rituales y vínculos familiares. A partir de ahí, Bergero construye una práctica donde moda, arte, textil e instalación se mezclan con naturalidad. La Virgencita, un pañuelo de seda pensado para llevarse, enmarcarse o heredarse, condensa buena parte de esa búsqueda, cómo una imagen cargada de historia puede seguir cambiando de significado dependiendo de quién la mira, la usa o la recuerda.

En esta conversación, Bergero habla de los quince años como rito de paso, de los altares como formas espontáneas de expresión, de lo que significa crecer entre distintas culturas y de una idea de identidad que prefiere entender como algo vivo, móvil y siempre incompleto.

¿Cómo fue la investigación que llevaste a cabo para este proyecto y cómo nació?

Fue una investigación muy personal que surgió en paralelo mientras hacía mi maestría en Nueva York, en FIT. Partió de una curiosidad por rastrear todos los pasos que me habían llevado a mis propios quince años, pero esta vez dentro de un contexto cultural más amplio. No quería quedarme únicamente con mi experiencia, sino volver a los mercados donde habíamos comprado las cosas, visitar ciertos lugares y ampliar ese mapa alrededor de la celebración.

Creo que también tenía que ver con entrar en la adultez temprana y preguntarme qué significa ser mujer. A los quince años existe una especie de iniciación hacia la feminidad cargada de tradiciones, expectativas y estereotipos sociales. Quería entender todo eso un poco mejor. Empecé a investigar a través de fotografías, entrevistas y observación.

Además, yo estaba en Nueva York. Mi experiencia anterior con Estados Unidos había sido bastante limitada y, de pronto, llegué a una ciudad profundamente multicultural. Me sorprendió descubrir toda una subcultura alrededor de las quinceañeras: salones dedicados exclusivamente a estas fiestas, DJs especializados en ellas, tiendas, comunidades. Empecé a meterme cada vez más en ese universo.

Mis propios quince años también habían sido una mezcla de contextos. Me crié en México durante una parte importante de mi vida, así que muchos de los elementos de la fiesta vinieron de ahí, pero los llevamos a Argentina y celebré mis quince en la ciudad de la que soy.

Todo eso terminó derivando en una propuesta de exhibición alrededor de la construcción del ser mujer en la Latinoamérica contemporánea. Hacia 2021 empecé a hacer exposiciones que ya no eran solamente curatoriales; volví a crear vestidos.

Yo había empezado mi carrera en las pasarelas, alrededor de 2015 y 2016, con una marca de estética muy futurista, monocromática y alejada por completo de este universo. De pronto, en 2021 estaba haciendo vestidos muy ochenteros estampados de pies a cabeza.

Después, los vestidos se expandieron hacia instalaciones, murales y trabajos de medios mixtos en Nueva York y Miami. Todo eso derivó en Heart of Community y, más adelante, en distintos spin-offs y colaboraciones comerciales con marcas como Walmart y Mastercard, donde tuve libertad creativa para trasladar este universo a otros formatos.

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La Virgen es una imagen cargada de historia y afecto. ¿Cómo lograste trabajar con ella sin reducirla a algo meramente decorativo?

Al principio, la investigación estaba centrada en los quince años y en los altares religiosos vernaculares. Iba a muchas misas de quinceañeras y me interesaba esa relación entre el rito de los quince y la religión.

También empecé a observar los altares que aparecen fuera de las iglesias, esos altares construidos por personas en mercados, calles, estacionamientos o espacios cotidianos. Hice un ensayo fotográfico sobre ellos y otro sobre las quinceañeras.

Antes de Nueva York había vivido en Londres y me pasaba algo particular al entrar en ciertas galerías: todo era blanco, podía haber un ladrillo en medio de la sala y necesitabas leer muchísimo para entender de qué trataba la obra. Me costaba relacionarme con esa concepción más posmoderna o de vanguardia del arte.

Entonces pensé que quería hacer otra cosa: reunir referencias capaces de construir un lenguaje visual relacionado con la cultura latinoamericana con la que yo había crecido. Viví en Argentina hasta los doce años y en México de los doce a los veintidós. Ese cruce cultural fue fundamental.

La Virgen formaba parte de ese paisaje visual. Está en muchísimas casas; estaba también en la mía. Al principio incorporé su imagen intentando ser fiel a esa identidad visual.

Después empezaron a acercarse personas a contarme sus propias historias con la Virgen. Esos testimonios me llevaron a un camino mucho más profundo y también a investigar su dimensión teológica y religiosa.

anabella bergero

En América Latina, muchas imágenes religiosas forman parte de la vida cotidiana incluso para quienes no practican una religión. ¿Qué te interesa de esa zona entre fe, cultura popular y costumbre?

De alguna forma es algo profundamente integrado en nuestras culturas latinoamericanas. Seas creyente o no, probablemente alguna vez fuiste a misa, entraste a una basílica o creciste rodeado de esas imágenes. No sé si lo llamaría ambigüedad; quizá sea más bien una integración muy fuerte.

Yo no me di cuenta de eso hasta después de hacer la exposición y observar cómo reaccionaba la gente. También lo entendí a través de los collages, donde de pronto muchas cosas terminaban reunidas alrededor de la Virgen.

Un collage tiene cierta ambigüedad porque está formado por fragmentos diferentes que construyen una narrativa. Pero ahí descubrí algo mucho más integrador y armónico de lo que había imaginado.

Mis primeras colecciones habían sido prácticamente monocromáticas, en escalas de grises y algunos verdes. De pronto empecé a trabajar con color, texturas y yuxtaposiciones de imágenes. Al principio me daba miedo que se me fuera de las manos porque es complejo generar una composición armónica con tantos lenguajes distintos.

Y, de alguna manera, la Virgencita terminó siendo el elemento que los integraba.

Culturalmente también la veo como una fuerza integradora. Hay personas de orígenes, idiomas y experiencias muy distintos y, sin embargo, muchas terminan encontrando una manera de hablarle a la Virgencita.

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México, Argentina y Estados Unidos tienen relaciones muy distintas con lo latinoamericano. ¿Qué aprendiste sobre tu propia identidad al combinar esos tres contextos?

Fue un proyecto profundamente autobiográfico. Muchas partes del collage son también fragmentos de mi propia identidad.

Cuando has vivido entre distintos lugares existe el desafío de sentir que no perteneces completamente a ninguno. Vas dejando pequeñas piezas de ti repartidas en el mapa. Heart of Community fue, en cierta forma, una reconstrucción de mi propia historia y una manera de reclamar como propias aquellas partes culturales que me habían formado.

Viví diez años en México. Tengo familia y sobrinos ahí, pero no soy mexicana. Durante mucho tiempo pensaba: “No puedo reclamar esta parte cultural porque no soy mexicana”. Hasta que entendí que sí me formó profundamente y que no podía simplemente dejarla de lado.

Lo mismo ocurre con Argentina. Basta escucharme para notar mi tonada. Y después está Estados Unidos, con su propia relación con lo extranjero y con lo latino. Me interesaba pensar cómo recrear estas historias también dentro de ese territorio.

Fue un proyecto muy autobiográfico. Ese collage donde se reúnen distintas piezas también era una manera de darle sentido a mi propia vida a través del arte.

La palabra “Virgencita” tiene algo afectivo y doméstico que “Virgen” no necesariamente tiene. ¿Qué importancia adquirió para ti dentro del proyecto?

Me encanta esa pregunta porque no me había dado cuenta hasta que la leí.

“Virgencita” es una forma muy personal y afectiva de llamar a esta especie de madre universal. No había pensado realmente en todo el cariño que contiene esa palabra ni en el cariño que ella misma fue adquiriendo para mí durante el proceso.

Al principio ni siquiera llamaba así al proyecto. Eran simplemente los murales que hacía. Pero cuando empezaba a subirlos a Instagram, había personas que los compartían o me etiquetaban porque habían encontrado uno caminando por la ciudad. Me decían: “Hay una aparición”.

Eso me llevó mucho a mi infancia y a mi primera relación con el catolicismo. El catolicismo que yo aprendí podía ser bastante culposo y no necesariamente cariñoso. Este proyecto y esta Virgencita me permitieron volver a acercarme con cariño a esa tradición de la que vengo.

Y ver que otras personas la recibían de una manera parecida convirtió ese cariño en algo compartido.

Cuando hice Heart of Community, la sala estaba cubierta de vírgenes, corazones, flores. Era un universo completamente femenino. Muchas mujeres se acercaban a contarme historias personales. No importaba cuál fuera su background: tenían algún tipo de relación con esa imagen.

Ahí entendí también algo que me interesa mucho del arte. Uno crea una obra y después descubre que para otra persona significa algo distinto. Cuando esa persona te cuenta su historia, la obra se expande.

Para mí, una obra nunca está completamente terminada porque continúa construyéndose con la audiencia, con quienes la miran y con quienes la usan.

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Tu práctica se mueve entre moda, arte, textil e instalación. ¿Qué puede hacer un objeto que se usa, como un pañuelo, que no puede hacer una obra colgada en una pared? ¿Te interesa que su significado cambie dependiendo de quién lo use?

Cuando era chica teníamos una Virgen portátil, y me interesaba recuperar esa idea de algo que pudiera trasladarse. Quería que fuera suficientemente versátil para funcionar como pieza de moda, pero que también pudiera enmarcarse.

Hay personas que han enmarcado el pañuelo; otras quieren usarlo como bandana y otras lo cuelgan de su bolsa. Esa versatilidad, la posibilidad de que una pieza de arte pueda moverse con facilidad, fue una de las cosas que me llevaron a hacer el pañuelo.

Y me fascina la idea de que cambie de significado dependiendo de quién lo use. En el futuro me gustaría hacer un proyecto que abra todavía más esas narrativas y explore las distintas formas en que las personas se relacionan con la imagen.

Me interesa respetar y celebrar que cada persona pueda tener su propia historia con ella. Eso también le aporta cierta universalidad: entra en nuestras vidas de maneras distintas.

Después de trabajar entre distintas culturas, ¿sientes que has empezado a desconfiar de la idea de una identidad completamente estable?

Sí. Creo que este proyecto empezó precisamente cuestionando muchas de esas identidades estables que se nos invita a habitar.

Uno empieza a decir: “No, soy mucho más que esto que me están diciendo que soy”.

La identidad se mueve, se expande y abraza otras expresiones. Es algo vivo porque está completamente vinculada con nosotros. Las experiencias que tenemos y aquello a lo que nos exponemos nos enseñan cosas, y todo eso termina apareciendo en la manera en que nos comunicamos con el mundo.

También pienso que la identidad ni siquiera es algo completamente individual. Yo soy hermana, soy tía. Hay muchas partes de mi identidad que existen en relación con otras personas, con mi familia y con el mundo.

Me interesa pensar en identidades vitales, que no nos atrapen en categorías, sino que nos permitan vivir con mayor creatividad y vitalidad.

Después de tantos años de investigación, ¿sientes que este proyecto cierra una etapa de tu trabajo o abre una nueva manera de pensar estos temas?

Pensé que estaba cerrando una etapa y me di cuenta de que no.

Es cien por ciento un nuevo capítulo.

Como ocurre al comienzo de cualquier proceso creativo, ahora hay mucha investigación y experimentación con formas, materiales y nuevos conceptos. Uno va creando a medida que se adentra en ese proceso.

Así que no lo siento como un cierre. Es un nuevo inicio.

Si este pañuelo terminara siendo heredado por alguien dentro de cincuenta años, ¿qué te gustaría que pudiera entender de nuestro presente a través de él?

Creo que las mujeres hemos atravesado, especialmente durante los últimos quince años, muchas preguntas fuertes que han puesto en cuestión qué significa ser mujer.

No sé si puedo hablar por una experiencia colectiva, pero, en lo personal, ha sido confuso navegar todos esos cambios culturales y al mismo tiempo tratar de entender quién es una dentro de ellos.

Me gustaría que dentro de cincuenta años alguien pudiera mirar estas obras y encontrar amor, alegría y comunidad. Una experiencia vital asociada con la pertenencia, la familia y los amigos.

Me gustaría que vieran alegría, claridad y armonía, pero también la posibilidad de sentirnos libres para ser expresivas en nuestra feminidad, de la manera en que cada una quiera vivirla.

¿Hay algo que no te haya preguntado y que te gustaría agregar?

Quizá solo terminar con esta idea: me gusta pensar que siempre puede haber finales felices en las historias.

Y hay algo más que apareció durante toda esta investigación: los altares.

Empecé observando los de mis propias abuelas. Cada altar es completamente distinto. El de tu abuela, el de la mía, todos expresan de una manera muy particular la esperanza y la fe.

Después quise entender cómo aquello que veía dentro de mi casa se replicaba culturalmente. En México es especialmente visible porque los altares están por todas partes y cada uno tiene una personalidad propia: algunos tienen luces, otros flores, otros objetos particulares. Cada uno termina convirtiéndose casi en una obra.

Fotografié altares en Oaxaca, Querétaro y otros lugares. La imagen de la Virgencita que terminó apareciendo en el proyecto, por ejemplo, surgió de un altar que encontré en un estacionamiento en Querétaro. Le tomé una fotografía y empecé a construir collages con fragmentos de ese altar y de otros.

Me fascinaba esa capacidad de tomar un pedazo de calle, incluso un estacionamiento, y convertirlo en algo profundamente bello. En escenas urbanas que a veces pueden sentirse grises o carentes de expresión, los altares aparecen como explosiones de color, pequeños mundos a los que puedes entrar.