
A la orilla izquierda del Sena, a la rive gauche, la sensibilidad fue otra. La transgresión no se hacía en técnica ni ruido, la rebeldía no era de estruendo. Aquí, a este lado del Sena, la poesía le alumbraba el camino a la disidencia y la belleza se encontraba en cada instante de la vida misma. La literatura, la imagen y el sonido congeniaban en un arte con el peso de pasado y futuro. La memoria no era fugaz, sino más bien de siempre. Agnès Varda hacía este arte de espontáneos, de narrativas perdidas y lugares de olvido.
La directora belga no nació aquí pero el aire al sur de París siempre ha sido para ella. El sol y la brisa alimentan la vida bohemia de estos distritos que despiertan con la luna. Es en estos espacios de contacto y verbo que Varda entendió no solo lo que ella debía contar sino la forma en que lo haría.
Con una ilusión casi infantil Varda toma la cámara y se decanta por mencionar la historia no vista del mundo. En su percepción ella siempre supo que el mundo giraba, lo sentía; y le fue imposible, en esta tierra de torcidas, caminar por encima de lo desapercibido. Si no era ella, lo haría otra persona, porque la sensibilidad pertenece al universo; no brota de dentro, simplemente está. Sin embargo, la cineasta se aferró, lo vio en su presente y lo convirtió en su oficio.






La playas de Agnès (2008) no son un lugar. Es una invitación para vivir en su mismo mundo de juego y fuego. Con esa ilusión, las entrecalles de París se abren, con cielo abierto, a todo aquel las viva con arena en las manos y el sol reflejado en las pupilas. La vida de Varda, en cierto modo, la viven todos en todo momento. Sus calles se alumbran desde las buhardillas de París, con el reflejo del mar de Cuba; el ambiente lo forman los gritos de justicia, el sonido que se escapa de las olas chocando en la orilla; el olor es de carnicerías, paja, pasto, heno y rastrojo. Cultivo y fogata.
Es una tarea monumental reducir la vida de Agnès Varda a una serie de descripciones. Una reducción a palabra de los matices que en vida llegó a tocar. Se necesitan todos los sentidos para vivir de la manera que la directora lo hizo. La abrumadora magnitud del universo se hace si al menos más leve a través del lente de Varda. La vida se hace ligera, lo crucial se revierte y la belleza se expone al sol en un silencio, no de estallido, sino de remanso.