Aleph Escobedo: incubar lo invisible

Una exposición donde el arte, la micología y el delirio se entrelazan para explorar los límites de la conciencia. Aleph Escobedo transforma el viaje psicodélico en cartografía visual de lo inefable.

Fotografía Felipe Luna

En Incubadora de Sombras, Aleph Escobedo no pinta hongos: los transfigura en preguntas abiertas, en remanentes gráficos de un tránsito mental donde la conciencia se vuelve materia porosa. A partir del 15 de junio en el espacio Nardo del Hotel Umbral, esta exposición se convierte en una deriva entre micología, arte y psicoactividad, hilada por la figura espectral de John Cage —compositor, azaroso y micólogo empedernido— como sombra tutelar.

La investigación parte del Herbario Nacional de la UNAM, donde Escobedo documentó colecciones de hongos mal clasificados —algunos recolectados por María Sabina en los años 60— y cultivó sus propios psilocybes en incubadoras de laboratorio. Pero los cuerpos fúngicos aquí no son el fin, sino el vehículo: lo que emerge en lienzos y papeles es la arquitectura interna del delirio. En trazos de carbón, cera y pastel, cada obra funciona como “diagrama de esporofagia”, un mapeo íntimo del umbral entre lo real y lo alucinado, donde el blanco y el negro tensan los límites entre orden y disolución.

Cortesía del artista
Micotópica (Mycotopic), 2024, Grafito, pastel, acrílico, óleo pastel y papel sobre lienzo teñido 120 cm x 90 cm x 2.5 cm, Aleph Escobedo.

Varios medios, un solo arte

La muestra se debate entre dos herencias: la taxonomía ilustrada, que busca someter a la naturaleza mediante el control visual, y el simbolismo ritual de los códices mesoamericanos, donde los hongos eran puertas a lo sagrado. En ese intersticio, Escobedo genera su propio lenguaje: un sistema gráfico en el que la experiencia psicodélica se vuelve estructura, trazo, ritmo.

El título Incubadora de Sombras opera en doble registro: el de los laboratorios donde los hongos pierden toda geografía, y el de la mente como espacio de gestación de lo inefable. No se trata de arte hecho bajo sustancias, sino de cartografiar lo que sobrevive a ellas. Como parte de la activación curatorial, se incluyen sesiones de lectura con microdosis —coordinadas por artistas invitados— que evocan la pregunta original de Cage: ¿puede el arte decir lo que el lenguaje no alcanza?

Así, más que una exposición, Incubadora de Sombras es un ejercicio de escucha visual, donde lo que se busca no es la imagen, sino el eco que deja el tránsito.