
1975 y el mundo sonaba a la guitarra aterciopelada de David Gilmour en Shine On You Crazy Diamond; Saigón caía en Vietnam y el Viet Cong declaraba la victoria definitiva para Vietnam del Norte. Las protestas, después de 10 años, habían funcionado. The Ramones tocó por primera vez en CBGB abriendo la puerta para el punk y el futuro perdido del ideario juvenil; Michel Foucault presenta su ensayo Vigilar y castigar que conforma, como si de barro fresco fuese, la estructura completa del postmodernismo neoliberal. También en Nueva York, al diciembre de este mismo año, la pantalla grande del teatro Ziegfeld se cubre con imágenes de lo que tal vez sea el intento más tangible de la perfección artística: Barry Lyndon de Stanley Kubrick se había proyectado por primera vez y en ese mismo momento configuró la trayectoria del cine a como hoy lo conocemos.
La historia comienza en 1844. William Makepeace Thackeray publica The Luck of Barry Lyndon, una novela autobiográfica, satírica casi y rebelde, como otras cuantas de aquel tiempo. Aún así, la historia de Barry Lyndon estaría lejos de ser concluida. Después de que Sergéi Bondarchuk fallara para las productoras con el filme Waterloo (1970), los estudios cancelaron el proyecto ya en marcha de Napoleón Bonaparte que Kubrick se había planteado. El director miró a otro lado, no muy lejos, y cayó en la novela de Thackeray; al final, el fondo tendría el mismo color: el de ambición poder y decadencia.







Restauración en pos de la eternidad
Son ya 50 los años que han pasado desde el estreno y la búsqueda es mejorar lo que ya había rozado el sol. Con cámara lenta y mirada distante, Kubrick convierte cada escena en una pintura: cuerpos congelados en la espera, en el duelo, en la pérdida. Como una captura en celuloide —esos encuadres con ojos y poses del prerrafaelismo, la luz que entra y se impregna en la memoria del neoclasicismo—, lo de Kubrick, su perfección, su interminable búsqueda de lo sublime, ha quedado impregnada con mayúsculas en las columnas del arte.
Alrededor de todo el mundo, las pantallas de cine vuelven a relucir los colores vibrantes de los uniformes de soldado británico, las paredes pulcras como mármol de los castillos de antiguos reyes. La orquesta comienza a afinar sus instrumentos. Entre el órgano con un techo que se mezcla con el cielo, el reverberar del violín, y la melancolía injustificada del piano, crean un espacio sonoro que más bien grita lo que no tiene. Todo está contenido, la acción sucede desde otra época, no se descubre, más bien se cuenta de lo ya escrito. Entre silencios que, muy levemente, rompen la brisa y el cantar de la fauna, la vida pasa en un chasquido. Al ritmo de Bach todo se hace lento y sin embargo, es un estruendo cuando no está ahí.
A partir del 18 de julio, con una restauración en 4K llevada a cabo por Park Circus Films, Barry Lyndon regresa a los cines de todo el mundo; aún y cuando en la idiosincrasia colectiva el filme de Kubrick no se había ido del todo.