
Durante décadas, Bob Mackie hizo algo más que vestir a las estrellas: les dio un escenario antes de que pisaran uno. Sus dibujos podían convertir una silueta en personaje, una aparición televisiva en acontecimiento y un vestido en una pequeña pieza de ficción. En sus manos, la ropa pasaba a ser parte de un imaginario de fantasía.
Su universo estaba hecho de materiales que rara vez vivieron en discreción: lentejuelas, pedrería, plumas, transparencias, estructuras imposibles. Pero detrás de aquel exceso había una comprensión profundamente teatral de la moda. Para Mackie, el vestuario no terminaba en el cuerpo; comenzaba ahí. El movimiento, la personalidad y la fantasía de quien lo llevaba eran parte del diseño.
Nacido en California en 1939, encontró muy pronto una puerta hacia ese mundo en el dibujo. Dejó sus estudios y comenzó a trabajar en Hollywood como ilustrador para diseñadores como Edith Head y Jean Louis. Allí aprendió a pensar la ropa como parte de una escena, una disciplina en la que el personaje podía ser tan importante como la prenda.

La televisión sería después su gran laboratorio. En 1967 comenzó a diseñar el vestuario de The Carol Burnett Show, donde permaneció durante sus once temporadas. Semana tras semana, sus diseños acompañaron el humor, la transformación y la caricatura hasta convertir el vestuario en una parte inseparable del espectáculo. Entre ellos estuvo el célebre vestido confeccionado con cortinas para la parodia de Gone With the Wind, una pieza que terminaría formando parte de la colección permanente del Smithsonian.

Pero fue junto a Cher donde su lenguaje encontró una de sus expresiones más reconocibles. Cuando comenzó a trabajar con ella para The Sonny & Cher Comedy Hour, Mackie entendió que necesitaba era amplificar la presencia de la actriz y cantante. La ropa se volvió una extensión de su personalidad: más audaz, más sensual, más improbable. Aquella colaboración ayudó a construir una imagen que terminaría siendo inseparable de ella.
Cher no fue su única musa. Diana Ross, Tina Turner, Bette Midler, Liza Minnelli, Elton John, RuPaul, Judy Garland y Carol Burnett estuvieron entre las figuras que pasaron por su imaginario. Su trabajo también llegó al cine, Broadway, Las Vegas y, de una manera distinta, a Barbie. A lo largo de su carrera obtuvo nueve premios Emmy, tres nominaciones al Oscar y un Tony por The Cher Show.

Quizá por eso resulta tan difícil separar a Bob Mackie de la idea de espectáculo. Sus prendas no buscaban desaparecer detrás de quien las llevaba. Querían participar. Hablar, exagerar, provocar una sonrisa, desafiar una proporción o hacer que una entrada en escena pareciera más grande de lo que realmente era.
Y, sin embargo, el hombre detrás de aquella maquinaria visual podía ser su opuesto. Mientras sus diseños acumulaban brillo, volumen y fantasía, Mackie era conocido por vestir de manera mucho más sencilla, casi uniforme. La extravagancia estaba en otra parte: en sus dibujos, en sus ideas, en su cabeza, origen de todo, y en la posibilidad de que, durante unos minutos, alguien pudiera entrar en escena convertido en otra versión de sí mismo.


Su legado permanece precisamente ahí. No solamente en los vestidos que sobrevivieron a sus espectáculos ni en las fotografías de las estrellas que los llevaron, sino en una manera de entender el diseño como una forma de imaginación. Mackie sabía que el glamour podía ser serio y divertido al mismo tiempo; que el exceso podía tener inteligencia; que una prenda podía ser, también, un gesto de libertad y que la vida al final de cuentas, no es tan seria.
Durante más de medio siglo, construyó ese lugar con hilo, brillo y una dosis considerable de irreverencia. Ahora que su creador se ha ido, queda el escenario: todavía iluminado.