
Lejos de los reflectores, los patrocinios, de la fama y los contratos, hay un mundo paralelo que no cabe en la televisión, otra versión del mismo sueño: el futbol amateur. En canchas de tierra, pasto, caucho o asfalto, se juega con la misma pasión e intensidad que se ven (y muchas veces se extrañan) en el futbol profesional. Son ligas serias, comprometidas, que contratan árbitros y llevan la cuenta de los puntos, pero están fuera de la aspiración profesional. De un lado los tuyos y del otro los míos, con nada más que nuestros cuerpos, se libran batallas épicas, anónimas y desperdigadas, que a veces transcurren sin audiencia y en silencio. No es un simulacro. Es una pequeña guerra por otros medios. Se enfrentan dos aglomeraciones fortuitas que alcanzaron a comprometer a once amistades para un domingo temprano.
Cualquier lugar es propicio para las canchas amateur. Si se miran con algo de detenimiento las fotografías de Enrique Medina, casi siempre cabe la sospecha de que la mayoría debe su existencia a la suerte y no a algún esfuerzo previo de planeación urbana. Son algo más que accidentes. Las canchas brotan —como esas plantitas que con admirable heroísmo logran asomarse en medio del asfalto, rompiendo la banqueta o quebrando algún muro— detrás de los edificios, al final de la calle vacía, junto a la carretera, en medio del barrio, a las orillas de la zona residencial o en el patio del colegio (escuela de día, liga de noche). El futbol se escurre, pues, entre esas grietas que separan tiempo y dinero, salud y amistad, y cualquier espacio se inventa como suficiente para jugar.

Porque la cancha es, después de todo, un rincón del mundo donde se suspenden las reglas de la vida cotidiana. Es un entre-espacio, un pedazo de tierra, en el que los cuerpos se someten a la lógica caprichosa del juego: se inventa un pequeño universo. Las líneas pintadas en el piso se convierten en fronteras con sentido, las bancas en espacios segregados por color de camiseta, el uniforme en una cuestión de honor y pertenencia. Los árbitros se erigen como autoridades soberanas sin sistema alguno que les respalde. Aquí, el teatro del futbol se reproduce a pequeña escala: tratamos de engañar al árbitro, reclamamos, celebramos como las estrellas de nuestro equipo favorito, besamos la playera como señal de orgullo y compañerismo, defendemos a un casi desconocido (primo de alguien, el amigo del amigo) sólo por la coincidencia de pertenecer al mismo equipo y haber conseguido unas calcetas de un tono similar de rojo. En la cancha somos iguales: no hay contadores, abogadas, fotógrafos, policías, community managers, diseñadores o estudiantes. Las reglas son iguales para todos.

Decía Juan Villoro en su Dios es Redondo que no hay grandes novelas sobre futbol porque es un evento ya narrado: es un sistema codificado con su propia épica, tragedia y comedia. La historia está contenida en el juego. Pero eso implica una narrativa subyacente: saber quiénes pisan la cancha, en qué momento, y qué es lo que está en juego. El drama del juego se despliega mucho antes del silbatazo inicial, desde que el equipo que nunca ha ganado se enfrenta al bicampeón que contrató a la jugadora más destacada de la liga. El futbol exige palabras para narrar, comentar, criticar y recordar, y por eso es en la crónica —y no en la ficción— donde se trata de revivir esa experiencia. Pero un partido anónimo no tiene la articulación de la palabra. Sin narrador, sin análisis, sin historia, la crónica del futbol amateur permanece dispersa en la memoria de quienes estuvieron ahí, nadie más. Excepto por estas fotos. Como crónica visual, cada imagen evoca una historia posible. ¿Habrá entrado ese penal al pie de la montaña? ¿Alcanzó esa portera a rechazar el balón? ¿Quién habrá ganado esa partida de ajedrez? ¿Qué demonios está haciendo el señor con un tanque en la espalda y una manguera?

En las fotos de Medina, se ven esos detalles que otros dejarían fuera: perros, caballos y caguamas a la orilla del campo, casas de todo tipo alrededor de las canchas. Es un vistazo a ligas serias, organizadas, siempre con árbitro y llevando la cuenta; una mirada de los tacos y cervezas del “tercer tiempo”, el ritual de recordar los goles y jugadas de un juego en el que se desviven hombres y mujeres de todo tipo, marginados, privilegiados, guapos, feos, ricos, pobres —quien quiera cabe—. Afortunadamente, todavía son anónimos. No hay micrófonos acechando sus palabras. No hay diarios husmeando en sus mundos personales, ni reporteros incomodando al terminar un partido: se juega, se gana y se pierde con total impunidad. Más que un espacio, la cancha es un derecho.
En algunos países de Sudamérica se dice que uno “tiene cancha” cuando juega bien, cuando tiene buen toque. A veces se nace con cancha, a veces no. Pero también se puede decir eso de alguien que muestra actitud, garra, cuando lo deja todo por el juego. Tener cancha, quererla, pisarla o mirarla los mismos días a la misma hora es una maldición casi irreversible que se tiene de nacimiento. Aquí una muestra de los que nacieron malditos.

La historia completa se encuentra en el libro Nacer con Cancha, de Enrique Medina, publicado por Editorial Foto Hércules, disponible a partir del 6 de junio de 2026.