
Algunas revistas regresan como sombras de lo que fueron. BUTT no es una de ellas. Con su inconfundible formato de bolsillo en rosa, la publicación queer de culto reaparece en su número 37 con la misma mezcla de intimidad, provocación y humor que la convirtió en legendaria desde 2001. Lo que se despliega en sus 120 páginas no es tanto una colección de historias como un coro de voces; crudas, vulnerables y sin miedo a la contradicción.
Este número abre con Édouard Louis, fotografiado por Nan Goldin, reflexionando sobre clase, sexualidad y la política del deseo. En otro extremo, Bruce LaBruce dirige su lente hacia Omar Apollo en el Eagle, desdibujando las fronteras entre lo espontáneo y lo escenificado. Erika Hilton, la primera congresista trans de Brasil, habla de supervivencia con una claridad desarmante, colocando el activismo en el mismo registro que la intimidad. Y luego está lo inesperado: una sauna en Bogotá reinterpretada como museo, un drama lésbico encarnado por Candela y Coco Capitán, un diálogo imaginado entre Jean Paul Gaultier y Martin Margiela que parece mitad confesión, mitad performance.



Un manifiesto rosa en 120 páginas.
La belleza de BUTT no está en el pulido, sino en la franqueza. Las páginas se leen como conversaciones escuchadas al azar; a veces sucias, a veces tiernas, siempre directas. La revista prospera en ese espacio donde los encuentros underground colisionan con presencias icónicas, donde los archivos eróticos conviven con el arte contemporáneo, donde lo personal se vuelve político sin perder su carácter lúdico.
Desde su renacimiento en 2022 con el apoyo de Bottega Veneta, BUTT ha reclamado su papel de testigo e instigadora. No mira atrás con nostalgia; insiste en la urgencia del ahora. Cada número captura la vida queer tal como se vive: desordenada, inventiva, sensual, resistente. Es una revista que no cura la perfección, sino que revela la textura cruda de la experiencia.
Y en su persistencia, BUTT nos recuerda algo tan simple como vital: que la cultura queer no es una estética para archivar, sino una conversación viva, en constante reinvención, siempre gloriosamente presente.