
En 2017, Daniel Day-Lewis cerró la puerta. Lo hizo con un comunicado lacónico —un retiro definitivo, sin explicaciones— y con Phantom Thread, su tercera colaboración con Paul Thomas Anderson, que muchos leyeron como un epitafio artístico. Durante ocho años, el actor más esquivo de su generación se mantuvo fiel a esa promesa de silencio. Hasta ahora.
Su reaparición no es para un papel cualquiera ni bajo las órdenes de un viejo cómplice, sino en un proyecto que, de algún modo, sólo él podía aceptar: Anemone, la ópera prima de su hijo Ronan Day-Lewis. Padre e hijo escribieron juntos la historia y se adentran en un territorio que conocen bien: los vínculos tensos, la herencia emocional y el peso de un pasado que no termina de resolverse.
Ambientada en el norte de Inglaterra, la película sigue a dos hermanos separados por décadas de distancia y silencios: uno, interpretado por Sean Bean, abandona su vida suburbana para buscar al otro —un ermitaño interpretado por Day-Lewis— en los bosques donde crecieron. Entre ambos se extiende un paisaje de recuerdos fracturados, violencia heredada y momentos de ternura inesperada.



Ronan, que hasta ahora había trabajado detrás de cámara, dirige con un ojo preciso para las texturas emocionales. La fotografía de Ben Fordesman, amplia y táctil, subraya esa mezcla de intimidad y vastedad: árboles que parecen guardianes mudos, cielos bajos cargados de historia.
Anemone, por más que se quiera negar, es una conversación intergeneracional. Daniel Day-Lewis, de preparaciones casi monásticas, se presta aquí a una vulnerabilidad distinta: la de trabajar bajo la mirada de su hijo. Es también, quizá, una forma de responder a su propio retiro: no como una retractación, sino como un gesto único, irrepetible.
Tras su estreno mundial en el Festival de Cine de Nueva York el 26 de septiembre, Anemone llegará a salas estadounidenses el 3 de octubre. Focus Features planea un estreno paulatino que, según fuentes de distribución, incluirá un lanzamiento en México antes de que termine el otoño.
Ocho años después, Day-Lewis regresa sin aspavientos. No hay alfombra roja desmedida ni declaraciones grandilocuentes. Sólo un hombre, un hijo, y una historia que necesitaba contarse juntos.