
Hoy, 16 de enero del 2025, fallece David Lynch, un estridente del arte; incapaz, a su manera, de pasar en silencio y a tientas. Desde finales de la década de los 70, Lynch empezó a trastornar la realidad y forjarla a merced. Como quien enciende un cerillo, la carrera del director estadounidense se iniciaría como algo único, un hito, si es que se puede, de lo onírico. Pero a diferencia del cerillo, la flama duraría por mucho tiempo.

Lo lynchiano se ha descrito como lo onírico, lo indescriptible, lo bizarro, lo inexplicable. Estas mismas palabras son, tal vez, las adecuadas para describir al propio Lynch, convertido en un símbolo indefectible del cine internacional.
En el 1977, Lynch aparece con su ópera prima, Eraserhead; un discurso sobre el miedo, la familia, la llegada de la paternidad y el peso que esto tiene en una vida. A pesar de ser el primer largometraje del director, muestra un estilo ya materializado y maduro, con una clara inspiración de Dalí o Buñuel. Siguieron The Elephant Man (1980), Dune (1984) y Blue Velvet (1986), cuyas interpretaciones y reinterpretaciones continúan y que, respectivamente, han conseguido un cúmulo de seguidores a nivel mundial.
Twin Peaks (1990) sería la primera incursión del artista a la televisión; una incursión que se encargaría de revolucionar las posibilidades del formato episódico. Aquí, Lynch navega por aguas turbulentas para encontrar el terror verdadero. Paredes con telas rojizas y cabañas de pino, son el lienzo en donde se desenvuelve la historia del asesinato de Laura Palmer. Sin embargo, Lynch, y al mismo tiempo la audiencia, descubriría que la pesadilla comienza desde dentro.




Wild at Heart (1990), protagonizada por Nicholas Cage, le otorgaría la Palma de Oro al director, consolidándolo como uno de los “grandes”, aunque es probable que él mismo negara ese título. La carrera de Lynch continuaría por casi 35 años, de los que destacan Lost Highway (1997), Mullholand Drive (2001) e Inland Empire (2006). Que podrían pasar como cúspides en cualquier repertorio fílmico.
Como si fuera una mera obra teatral, David Lynch llevaba la realidad, su realidad, al arte. Como músico, como cineasta, como pintor, como Creador, así, con mayúscula. El resultado de este devenir artístico es uno que se mete por las entrecalles más escondidas del ser. Aquello que se rehusa a que le de el sol a pesar de que esté amaneciendo.
Es complicado reducir a una semblanza o retrospectiva, la carrera de alguien que dedicó su vida a no ser reducido. A plantearse un mundo inexistente y crearlo con sus propias manos (con grano de película y teclados). Creador de un estilo, de universos que viven y respiran amparados por pesadillas interminables.
La introspección lyncheana termina aquí, terminó hoy con el soñador empedernido. Pero la obra es tan solo el principio del diálogo entre la realidad y el sueño eterno. Los testigos de la obra de Lynch imperan y adolecen la partida de aquél que dudaba del lenguaje, al que nada le fue suficiente para saciar su hambre de descubrirse a sí mismo, de levantar piedras y tumbar paredes que obstruían su paso por el peñasco de la vida. David Keith Lynch, de Missoula, Montana, caminó, camina y caminará siempre, junto al fuego.
1946 – 2025