
15 de agosto. El aire en la Ciudad de México está cargado por el verano, y las calles parecen sacadas directamente de un fotograma. Hoy es el Día del Cine Mexicano, una fecha en la que el país se detiene y mira hacia adentro. Una celebración de las historias que ha contado y como suele pasar tan comúnmente con el séptimo arte, la forma en que esas historias molldean la manera en que la tierra se ve a sí misma.
Para Clément, un viajero francés que llegó hace apenas un mes, la celebración es menos una cuestión de nostalgia y más un rito de iniciación. Supo de este día por primera vez tomando un café en una pequeña cafetería de La Condesa, donde un barista escribió una lista de títulos en una servilleta.
Esa misma tarde, entra en un cine tenuemente iluminado en la Roma para ver Güeros (2014). Filmada en un blanco y negro granuloso, es una road movie que hierve a fuego lento. Sombra, su hermano Tomás, Ana y Santos deambulan entre el caos de protestas estudiantiles, donde los bordes sin pulir de la ciudad se ven más. Se siente como ir en la parte trasera de un coche con las ventanas abajo, campo abierto y postes infinitos de luz entran en la conciencia. La historia desplegándose tan lenta e impredecible como las nubes blancas que cubren el cielo.

La siguiente proyección, Amores Perros (2000), lo golpea como un aguacero repentino. Tres vidas colisionan en un solo momento violento, cada hilo arrastrándolo más hondo hacia las entrañas de la Ciudad de México. La película palpita con urgencia hacia un final ya anunciado y sin embargo, se rehúsa a llegar. En esta ciudad de ruido constante la banda sonora todavía resuena en su cabeza mientras se vuelve a estallar en la calle.
De ahí, el ritmo cambia. Roma (2018) ralentiza el tiempo casi hasta detenerlo. La fotografía en blanco y negro como un contraste al ruido de la capital. La cámara se detiene en gestos cotidianos —barrer un patio, colgar la ropa, ver romper las olas— hasta que se vuelven monumentales.


La lista se extiende más allá. Macario (1960) pliega el mito en parábola. La historia del Día de Muertos ofrece una visión de la mortalidad tan íntima como universal. Los olvidados (1950) de Buñuel, despoja de romanticismo a la mirada. Es una obligación la del espectador para adentrarse en las calles crudas del México que arribaba a la «modernidad». Sueño en otro idioma (2017) convierte al lenguaje en barrera y puente a la vez. Una revelación de la identidad y su preservación o extinción a través de las palabras que hablamos. Que escribimos.
Luego están los clásicos que encienden debates: Enamorada (1946), un melodrama tan exuberante como político; El lugar sin límites (1978), audaz y desafiante en su retrato del género y el deseo; El topo (1970), un delirio surrealista que difumina la frontera entre alegoría y alucinación.
Al final del día, Clément entiende que estas películas no entran en la estructura clásica del entretenimiento ni bajo el título castigante de “historias mexicanas”. Son un atlas, un mapa de paisajes, historias y emociones, dibujado en luz y sombra. Llevan consigo el polvo de caminos rurales, la humedad de las mañanas costeras, el pulso del tráfico capitalino a medianoche.



Esa noche, caminando de regreso a casa junto a taquerías iluminadas con neón y puestos de periódicos que aún siguen abiertos, ve su reflejo en el escaparate de una tienda y recuerda una frase de Y tu mamá también (2001): “La vida es como la espuma, por eso hay que darse como el mar». En el Día del Cine Mexicano, México proyecta sus películas, en las entre calles de la capital, o en la arena sumergida en la marea de Veracruz. Esa proyección es constante y cuando la audiencia la descubre, no hay otra opción mas que vivir dentro de ella.