
Para la colección de Dior Otoño 2025, Maria Grazia Chiuri traza un mapa afectivo que vincula la tradición japonesa con la elegancia atemporal de la Maison. El jardín del templo Toji, en Kioto, fungió como escenario ceremonial para una propuesta que conjuga pasado y presente, cuerpo y textil, historia e introspección.
En esta entrega, el kimono —pieza clave dentro del vestuario tradicional japonés— se reinterpreta a través de chaquetas de líneas generosas, abrigos con cinturón, faldas largas y pantalones amplios que se deslizan con una naturalidad poética. La silueta se dibuja desde la fluidez, los tejidos en seda evocan la calma de un jardín contemplativo, y el negro profundo actúa como un gesto de contención visual frente al esplendor de los bordados dorados.
La colección nace también del eco de “Love Fashion: In Search of Myself”, exposición que Chiuri visitó en Kioto, y que confronta dos culturas del vestir para explorar cómo las prendas moldean identidad, deseo y emoción. La moda se convierte en extensión del cuerpo, pero también en un espacio simbólico donde las proporciones y los cortes devienen narrativa. La ecuación entre cuerpo y tela se escribe aquí con la sensibilidad de un haiku.








Una recreación del recuerdo
El diálogo entre Dior y Japón se remonta a la infancia de Christian Dior, fascinado por los grabados de Utamaro y Hokusai que decoraban su hogar en Granville. A lo largo del tiempo, esa afinidad se tradujo en creaciones como el vestido Jardin Japonais de 1953, o en colaboraciones con talleres textiles de Kioto como Tatsumura. La conexión continuó con desfiles en Tokio, Osaka y Nagoya, y alcanzó hitos como la creación de los trajes nupciales de la princesa Michiko en 1959.
Esta temporada, ese vínculo encuentra nuevas formas de expresión. Dior no solo vuelve a Japón; lo hace desde la precisión arquitectónica de sus prendas, el refinamiento silencioso de sus estampados florales, y una puesta en escena que honra el legado de la Maison mientras abraza el alma estética del archipiélago nipón.