El lenguaje culinario de Lucho Martínez

LUCHO MARTÍNEZ
Fotografía cortesía.

Hay chefs que levantan restaurantes. Otros, universos. Este martes 3 de junio, Lucho Martínez confirmó que lo suyo es lo segundo. La Guía Michelin 2025 le otorgó tres reconocimientos que no solo celebran el dominio técnico o la visión creativa, sino la capacidad de construir relatos distintos que comparten una misma tensión estética: la de llevar la cocina mexicana a su punto más reflexivo, más libre, más vivo.

Em, su restaurante insignia, confirma su estrella obtenida en 2024 y reafirma su lugar como uno de los espacios más relevantes del fine dining nacional. Concebido como un laboratorio creativo sin etiquetas, Em parte del producto como detonante de cada platillo, se nutre de la temporalidad y se expresa con una precisión casi quirúrgica. Aquí, la alta cocina no es un acto performático, sino una forma de pensamiento: una manera de habitar lo sensible a través del sabor. Cada plato es una narrativa –breve, intensa, exacta– que conecta memoria y territorio. Desde el diseño del espacio hasta el servicio, todo está orquestado para construir una experiencia donde la estética y el placer se funden.

Por su parte, Ultramarinos Demar recibió el Bib Gourmand, distinción que premia una cocina de excelencia a precios accesibles. Inspirado en las marisquerías tradicionales y el dinamismo de la ciudad, este espacio rinde tributo a los sabores marinos con un enfoque contemporáneo. El menú fluye entre la nostalgia y la frescura, mientras que el diseño del lugar –cálido, sin pretensiones– invita a quedarse, a compartir, a prolongar la sobremesa. Es una celebración del mar desde la tierra firme: cocina honesta, técnica precisa y un gran respeto por el producto.

lucho martínez
Fotografía cortesía.

Martínez, el restaurante que comparte con Fernanda Torres, su socia y pareja, también se incorporó al radar Michelin con una mención. Concebido como un guiño a los bistrós parisinos, aquí la técnica se relaja sin perder exactitud, y el producto es el eje de una cocina elegante. El ambiente –cálido, urbano, preciso– permite que la experiencia se sienta cercana, pero nunca simple. Es ahí donde radica su encanto: en esa aparente ligereza que esconde una ejecución impecable.

Cada una de sus cocinas responde a un pulso distinto, pero todas revelan una idea común: que la buena gastronomía es, ante todo, una forma de pensamiento. Para Lucho Martínez, la cocina no es un espacio único, sino un sistema de afinidades, una constelación de lugares donde la belleza aparece en lo inesperado: una tostada de aguacate, un gesto silencioso, una sobremesa extendida.