
Existe una prenda que, silenciosamente, ha conquistado los guardarropas en los últimos años. Se trata de una chaqueta de silueta recta, con tres bolsillos, confeccionada en resistente sarga de algodón y con una capacidad casi inexplicable para verse bien sin importar quién la lleve puesta. Es la chore coat, también conocida como chaqueta de trabajo. Como ocurre con muchos clásicos de la moda, nunca nació con la intención de convertirse en tendencia.
Retrocedamos un siglo. La chore coat era un uniforme, no una declaración de estilo. Mecánicos, mineros y trabajadores ferroviarios recibían estas chaquetas teñidas de índigo por parte de sus empleadores. No era una decisión estética. El tinte era económico, fácil de producir y ocultaba mejor las manchas de suciedad. En Francia se conocía como bleu de travail, o “azul de trabajo”. Su propósito era simple: ofrecer una prenda resistente, práctica y duradera para el trabajo físico.


Cien años después, una de las prendas menos glamorosas imaginables se ha convertido en objeto de deseo dentro de la moda masculina y también de la femenina. La llevan figuras como Austin Butler, Jacob Elordi y Jeremy Allen White. Décadas antes, el fotógrafo Bill Cunningham prácticamente vivía con una puesta. Incluso Paul Newman la vistió en Cool Hand Luke. Con ella logró que el trabajo duro se sintiera aspiracional y, sorprendentemente, elegante.

Este año, Ralph Lauren recurrió a sus archivos. La firma combinó siluetas de esmoquin con chaquetas chore de mezclilla desgastada. El resultado demuestra que la verdadera elegancia muchas veces nace de las prendas que cuentan una historia. No necesariamente de aquellas que parecen recién salidas de la tienda.

Kenzo, por su parte, tomó un camino distinto. Más lúdico y menos solemne. Presentó chore coats con diminutos estampados florales y camuflajes inspirados en bonsáis. Las combinó con varsity jackets. El resultado parecía sugerir que el workwear había encontrado inesperadamente su lugar dentro de un exclusivo club campestre.




Lo que une todas estas interpretaciones resulta casi poético. El atractivo de la chore coat radica en que transmite la sensación de que quien la lleva aún podría trabajar con las manos. Sin embargo, la mayoría de sus usuarios actuales pasan el día frente a una computadora. Su rutina consiste en responder correos electrónicos y trabajar desde un escritorio. Aun así, la prenda sigue evocando autenticidad y una conexión con el trabajo manual. Y ahí es donde entra Palantir.
Conocida por desarrollar tecnologías de integración de datos, vigilancia e inteligencia artificial, Palantir conecta enormes volúmenes de información. Sus plataformas abarcan desde cadenas de suministro corporativas hasta inteligencia militar. Este año lanzó su propia chore coat por 239 dólares, con logotipo incluido. Se agotó en aproximadamente cinco horas.
Fuera o no intencional la ironía, la decisión de vender una estética asociada a la clase trabajadora generó fuertes críticas. Diversas voces interpretaron el lanzamiento como un intento por adquirir capital cultural. Es decir, convertir a una empresa históricamente percibida como técnica y poco carismática en una marca deseable. Una organización acostumbrada a operar detrás del escenario ahora parecía querer ser vista. Incluso aspiraba a ser considerada “cool”.
Si esa estrategia funcionará a largo plazo es otra discusión. Lo que sí demuestra es el enorme peso simbólico que ha adquirido la chore coat. Su asociación con la autenticidad es tan poderosa que incluso una empresa construida sobre algoritmos quiere apropiarse de parte de ese significado.


Quienes compran modelos vintage lo hacen como una forma de rechazar la fast fashion. Ralph Lauren la utiliza para encontrar elegancia en lo desgastado. Palantir, en cambio, parece intentar apropiarse de una credibilidad que quizá no pueda fabricar por otros medios. A la chaqueta poco parece importarle quién la viste. La verdadera pregunta es si a nosotros debería importarnos.
Aunque, al final, quizá una chore coat no siempre sea una declaración sobre autenticidad, trabajo o sobre quién tiene derecho a vestir determinada estética. A veces simplemente es una excelente chaqueta. Combina con prácticamente todo. Mejora con el paso del tiempo. Además, transmite una discreta sensación de competencia. Sin importar quién la lleve, su atractivo permanece intacto. Es cómoda, clásica y logra verse bien sin esforzarse demasiado.