
Desde tiempos remotos, el oro ha fascinado a las civilizaciones por su fulgor y permanencia. Símbolo de luz, poder y eternidad, este metal precioso continúa siendo fuente de inspiración para Van Cleef & Arpels, que rinde homenaje a su naturaleza inmutable a través de tres tonalidades que reflejan su savoir-faire: oro amarillo, oro rosa y oro blanco.

El oro de Van Cleef & Arpels
El oro amarillo, el único metal que brilla naturalmente con tono dorado, ha sido durante siglos emblema del sol. En las manos de los artesanos de la Maison, se transforma en piezas que irradian calidez y elegancia, como las colecciones Frivole y Alhambra, o en obras de Alta Joyería como los emblemáticos collares Zip. Su maleabilidad permite crear formas delicadas que parecen suspendidas en la luz.
El oro rosa representa una sensibilidad distinta: tierna, romántica y moderna a la vez. Tras conquistar la joyería en los años 30, resurgió como un símbolo de delicadeza contemporánea. En Van Cleef & Arpels, su brillo sutil ilumina la colección Perlée® y los relojes Charms, impregnando cada creación de un resplandor íntimo que combina emoción y sofisticación.


Por su parte, el oro blanco, creado por la Maison en la década de 1920 mediante una aleación con paladio, encarna una elegancia atemporal. Su luz pura, potenciada por el rodio y el pulido artesanal, se convierte en el escenario perfecto para realzar el brillo de los diamantes. Presente en líneas como Socrate, Lotus, Palmyre o los relojes Cadenas, este metal evoca una belleza sobria y discreta.
En cada tonalidad, el oro se convierte en materia viva. Bajo la visión de Van Cleef & Arpels, no solo es un símbolo de riqueza, sino una expresión artística de la luz misma, una invitación a contemplar la eternidad a través del arte joyero.