
Brian Wilson murió como vivió, entre lo sublime y lo quebradizo, como un acorde sostenido por la fe de que, si se canta lo suficientemente alto, uno puede mantenerse a flote. Tenía 82 años. Su familia lo anunció la mañana del 11 de junio de 2025.



Wilson no inventó el verano, pero le puso armonía. Lo moldeó con “California Girls”, “Surfer Girl”, “God Only Knows”, himnos de un país que soñaba en estéreo. Para intentar entender a Wilson hay que imaginar una melodía construida sobre la tristeza. No la tristeza amarga, sino esa melancolía que tiene la luz del atardecer californiano. Había belleza en su confusión. Y coraje en su fragilidad. Pet Sounds fue un grito suave, un manifiesto sin rabia, una carta de amor a todo lo que se rompe cuando uno quiere ser feliz.
Después de un periodo de reclusión, contra todos los diagnósticos, contra las biografías que ya lo daban por perdido, Wilson regresó en los 2000, no para ser joven otra vez, sino para demostrar que el amor —a la vida, a la música, al sonido de una voz que armoniza contigo— no se va nunca del todo.
Hoy, se ha ido. Pero el eco de sus canciones queda flotando en la marea. Porque si algo supo hacer Brian Wilson fue componer lo indecible: la felicidad simple, la nostalgia repentina. Si cierras los ojos, puedes seguir escuchando “Wouldn’t It Be Nice” en una carretera sin final, con el viento en la cara y la certeza de que todo, por un instante, está bien.
