
Antes de convertirse en escenario de una campaña de moda, el Funkhaus de Berlín fue una arquitectura concebida para hacer audible una ideología. Construido entre 1951 y 1956 en Oberschöneweide, surgió cuando la división de Berlín hizo necesaria una infraestructura independiente para la radiodifusión de Alemania Oriental. La radio era entonces cultura y entretenimiento, pero también un instrumento fundamental dentro de la disputa política entre ambos lados de la ciudad.
El proyecto quedó en manos de Franz Ehrlich, arquitecto y antiguo alumno de la Bauhaus, quien trabajó junto con el ingeniero Gerhard Probst. Ehrlich encontró allí construcciones pertenecientes a una antigua fábrica de madera y chapa. En lugar de eliminarlas, las incorporó al nuevo complejo y las hizo convivir con edificios concebidos específicamente para la radiodifusión.
Esa decisión permite entender una de las características fundamentales del Funkhaus. Su monumentalidad nunca estuvo separada de su función. Oficinas, estudios, circulaciones y salas de grabación respondían a las necesidades de una maquinaria radiofónica capaz de operar de manera continua.
La acústica condicionó particularmente su arquitectura. Los espacios destinados a grabación fueron concebidos con una precisión extraordinaria y todavía conservan una reputación excepcional por su calidad sonora. El complejo permanece protegido como monumento y continúa acogiendo grabaciones, conciertos y proyectos culturales.


Es precisamente esta relación entre disciplina y forma la que convierte al Funkhaus en algo más que una locación para Emporio Armani Otoño/Invierno 2026.
Fotografiada en formato analógico por Alasdair McLellan, la campaña utiliza la arquitectura como una estructura visual que ordena las imágenes. Los interiores monumentales, las superficies cálidas y la rigurosa geometría del edificio establecen el marco dentro del cual aparecen las prendas. La colección encuentra así una correspondencia con un espacio construido alrededor de la precisión.
La relación resulta especialmente pertinente porque la propuesta de Emporio Armani parte también de referencias vinculadas con colegios e invernaderos. Ambos son espacios definidos por sistemas: horarios, repetición, crecimiento, clasificación y control. Sin embargo, dentro de esas estructuras siempre existe la posibilidad de una desviación individual.
McLellan trabaja precisamente con esa tensión. La fotografía analógica introduce textura frente a la precisión arquitectónica. Mia Armstrong, Jesephen Akuei, Xiru Yang, Morgan Sahadow, Alexander Kosi, Camero y Kai Wocupan los espacios mediante retratos que mantienen una cierta compostura. Sin embargo, cada presencia conserva una identidad reconocible.


La arquitectura funciona entonces como contrapunto. El edificio establece el orden; quienes aparecen dentro de él determinan cómo habitarlo. Algo semejante ocurre con la ropa. Una prenda puede establecer proporciones alrededor del cuerpo, aunque finalmente es el individuo quien modifica su significado.
La campaña extiende esa reflexión hacia los accesorios mediante dos figuras que representan disciplinas diferentes. Manu Ríos protagoniza las colecciones Emporio Armani Eyewear, Watches & Jewelry. Su trayectoria como actor introduce una relación con la construcción consciente de la presencia. Después de Élite, Ríos participó en Strange Way of Life, de Pedro Almodóvar, y posteriormente en Day Drinker, dirigida por Marc Webb.
Nicolò Martinenghi, en cambio, llega desde un territorio donde la disciplina adquiere una dimensión física. El campeón olímpico italiano representa el Emporio Armani Sea Explorer, presentado esta temporada en titanio puro de grado 2. Su ligereza y resistencia encuentran una correspondencia evidente con un atleta cuya especialidad exige precisión, economía de movimiento y repetición.


Especialista en braza, Martinenghi obtuvo dos bronces en Tokio 2020. Después se convirtió en campeón mundial en Budapest 2022 y alcanzó el oro olímpico en los 100 metros braza en París 2024.
Ríos trabaja con el gesto interpretado; Martinenghi, con el gesto perfeccionado mediante entrenamiento. Entre ambos aparece una misma idea: la naturalidad puede ser el resultado de una estructura cuidadosamente aprendida.
El Funkhaus permite llevar esa reflexión todavía más lejos. Fue construido para que una actividad altamente técnica pudiera desarrollarse con aparente fluidez. Su arquitectura debía controlar sonido, circulación y función mientras permanecía al servicio de aquello que ocurría dentro.
Décadas después, Emporio Armani encuentra en esa lógica una correspondencia con su propia idea de elegancia. McLellan convierte el edificio en el principio ordenador de las imágenes y deja que cada individuo encuentre su posición dentro de él. La disciplina establece las condiciones; la personalidad determina qué hacer con ellas.