Adán Jodorowsky y la alquimia de la imperfección en el último álbum de Natalia Lafourcade

En la víspera del XV aniversario de Amador (2010) y una gira que lo apela de la A a la Z, Adán Jodorowsky se admite romántico, camaleónico con sus proyectos pasados, esperanzado siempre con su especie del futuro. En exclusiva para M Revista de Milenio, el artista francomexicano hace un esbozo de lo que ha sido su carrera hasta hoy, y su último trabajo con Natalia Lafourcade, Cancionera.

Fotografía cortesía.

Cuando Jodorowsky llegó con Natalia, la atmósfera se antojaba distinta. Dos artistas, dos cerebros, dos países que se unían por primera vez en la emoción universal de la música. De todas las flores (2022) fue el resultado. Un sonido contenido, guardado en cajas de caoba en las que el eco se confunde con la realidad. Esta sangre derramada demostraba de inmediato que la comunión entre ambos había sido plena, sencilla, afín. 

Conversar con él, con Adán, es como asomarse al otro lado del espejo artístico. Esa persona alimenta al arte como necesidad. En cada exhalación, gesto, palabra, su arte explota; entre la lengua, en los ojos, en el traje marrón a cuadros que llevaba puesto y recuerda tiempos pasados. Cancionera (2025) también tiene este matiz. Es un proyecto sin fecha, un trabajo que se sentía hirviendo por generaciones y que encontró en él y en Lafourcade un canal de traducción para el mundo. 

Con esa misma tranquilidad que presume, habla de los logros más sofisticados. “El disco se grabó en 15 días”, dice Jodorowsky. “Todo el mundo tocó junto, en un cuarto, al mismo tiempo que se filmaba. Éramos cincuenta personas moviéndonos como ‘ninjas’ para no arruinar la toma”. La escena suena más a ritual que a sesión de estudio. No es casualidad. La grabación fue análoga, una manera peligrosa de llegar a lo orgánico, pues es difícil no caer en la pretensión. “Nosotros preferimos el mar”, bromea Adán al explicar su preferencia por la cinta sobre el mundo digital. Este tipo de metáforas parecen normales en su diálogo. Sin esfuerzo, sin cálculo. Parece que esa es la manera en la que el mexicano habita su poesía. 

“La cinta son ondas, en la computadora manejamos números. Entonces nosotros preferimos el mar”.

Fotografía por Silvana Trevale.

En esta grabación no hubo espacio para la corrección quirúrgica ni para la edición obsesiva. La mezcla se hizo en vivo, directamente desde la cinta, sin red. “A veces la primera toma es el accidente que funciona”, y lo dice con una calma que no parece desinterés, más bien confianza en algo invisible. Aquello que, tal vez, se encargue de abrirse a quienes lo buscan. 

Al hablar de la Cancionera (Natalia), la poesía no termina y casi se recuerda con melancolía. “Ella está habitada cuando canta. No está en el presente, está en la presencia”. Esa forma de estar —radical, total— marca la diferencia entre cantar una canción y encarnar una historia. 

Esta ocasión, a la Pedro Páramo, la historia es de pueblo entero. La Cancionera, personaje mítico, encarna en vidas amarillas y ansiosas por pasado. Recuerdos pintados de la colorimetría más íntima del portador. Jodorowsky se une a este juego y asimila a su madre. “Yo creo que grabé a mi madre”, dice el artista con una sonrisa dibujada en el semblante y la mirada perdida en el suelo, evocando a quien acaba de mencionar. En el rostro, la bulla, el estruendo con el que se abre paso La Cancionera está Valerie Jodorowsky y también, mentiría si no, mi propia madre. La de todos. Es justamente esa familiaridad lo que vuelve este trabajo tan universal. “Creo que todos conocemos a esa cantante. Faltaba un disco así y era este. Completó la historia de la música”, y en cierto sentido no puedo más que estar de acuerdo con él. 

Esa sensibilidad ha transformado también su forma de ver el arte propio: “Ya no hago música para el éxito. Canto para el abismo. Para el universo. Ya no me importa cómo lo van a recibir”. Dice que se ha traicionado muchas veces, que sus discos son contradictorios como él. Pero también, que en esa búsqueda está el arte, como un laboratorio donde todo experimento es válido.

Adanowsky, esa forja entre sus nombres, es otro ya. De todas las flores, Cancionera, Solstis (2012), encarnando a su padre en la Poesía sin fin (2016) o vistiéndolo de sonido en La danza de la realidad (2013), cada proyecto se abre como un vórtice desconocido y al salir los olores son otros. Así lo comenta él en persona, con cierto toque de modestia y especulación. Adán Jodorowsky se deja cambiar, se obliga a sí mismo a hacerlo. En el estudio con fachada de laboratorio; sus oídos, que con el tiempo escuchan distinto; en la manera incluso que da las gracias. Todo cambia y él lo recibe. La Tierra ha seguido su curso, el mismo que el destino escribió desde su implosión; el camino es lo variable, lo que podemos cambiar, y Jodorowsky decidió por la ternura como resistencia. 

Antes de despedirnos, como quien lo hace de un amigo, el artista me mostró su lectura actual: Peindre le paradis de Pierre-Auguste Renoir. El texto es en francés y su autor, como ningún otro lo ha hecho, se dejó en el lienzo. Miles de gestos, miradas, paisajes, vida viva que Renoir despertó en él mismo y embargó para el futuro. De la letra de Renoir, Jodorowsky lo lleva al lado menos tangible, al menos para mí, de la música. En él se desenvuelve como barro tibio y eso nos lo demuestra con creces. 

Fotografía cortesía.

El próximo 6 de noviembre Adanowsky celebrará ese XV aniversario tan esperado de su disco Amador en el Teatro Metropólitan. “El regreso de Amador, todo el álbum en concierto” es la consigna principal. Tal vez ahí encontremos a otro Adán, el mismo que escribió Amador hace 15 años, acompañado del nuevo artista que su recorrido se ha encargado de forjar.

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