Francisco Cancino: la invención de lo propio

Francisco Cancino convierte la identidad mexicana en un sistema abierto donde el oficio, el archivo y la viabilidad comercial participan de una misma investigación.

Total look: CANCINO.

Para Francisco Cancino, México funciona menos como tema que como una forma de pensar. Es una realidad histórica contradictoria desde la cual interrogar la silueta, la materia y el oficio. Su trayectoria puede leerse como una revisión constante de esa pertenencia: cada colección reorganiza sus códigos, cuestiona las jerarquías entre artesanía y diseño e intenta conciliar investigación y permanencia comercial. En esta conversación, Cancino examina las decisiones, renuncias y cambios que han transformado su práctica, así como la posibilidad de construir una identidad reconocible sin reducirla a una imagen fija del país.

Francisco Cancino.

México ha sido el eje de tu trabajo durante más de dos décadas. ¿Qué aspectos de la identidad nacional que antes dabas por sentados has comenzado a revisar con el tiempo?

Lo mexicano forma parte de mi entorno. Al principio quería salir del país para estudiar alta costura. No imaginaba dirigir una casa, sino convertirme en artesano dentro de una firma importante. Con el tiempo entendí la relevancia de lo que tenemos. Conocer mejor el arte popular también me hizo más consciente de los límites de mi intervención.

Ahora observo lo cotidiano: las quinceañeras, la calle, la religión, el lenguaje. Durante años depuré mis proyectos para alcanzar una sofisticación asociada con otros lugares. Hoy entiendo que México se resiste a esa reducción: puede ser barroco, contradictorio, descompuesto y polémico.

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Tu trabajo busca construir una expresión contemporánea de México sin depender de sus símbolos más reconocibles. ¿Qué hace que una prenda siga siendo culturalmente específica cuando desaparecen esos códigos evidentes?

México reúne culturas distintas bajo la idea de una patria, y por eso es un territorio creativo inagotable. A esa complejidad sumo referencias personales.

La narrativa es lo que articula esos elementos. Una prenda puede contener un nudo aprendido en los Altos de Chiapas, una borla o cierta posición de los botones. No todos esos símbolos necesitan ser reconocibles; algunos permanecen reservados para mí. Esa narrativa conserva la especificidad cultural y, al mismo tiempo, permite responder a ciertas demandas comerciales.

La moda suele presentar la incorporación de técnicas artesanales como una forma de preservación. Sin embargo, trasladarlas de contexto también modifica su función y su significado. ¿Cómo negocias esa transformación?

Mi relación con la moda surgió a través del textil tradicional de Chiapas. Antes me parecía impensable cortar un lienzo tejido por una artesana. Después me permití ciertas libertades, pero conocer mejor esos procesos también me devolvió a la contención. Hay cosas que hoy he decidido no intervenir.

También amplié mi idea de lo que significa ser artesano. El rigor de una prenda de seda puede convertir un taller en un espacio profundamente artesanal. La horizontalidad exige conocer las condiciones de producción y escuchar a quienes dominan cada saber. En mis colaboraciones con artesanas, la dirección parte de lo que ellas desean hacer y comercializar. Me interesa entender cómo la inteligencia de una técnica puede transformarse sin desaparecer.

En El Aleph —tu nueva colección— propones que ciertas formas reaparecen en culturas y periodos distintos. ¿Qué similitudes encontraste y cómo evitaste confundir afinidad visual con equivalencia cultural?

Partimos de estructuras elementales: patronajes cuadrados, pocas costuras, círculos y triángulos. Después aparecieron bordados, brocados y prendas de origen disputado. Una pieza vietnamita puede compartir con otra de los Altos de Chiapas el uso de lienzos o ciertas correspondencias iconográficas.

Eso no las vuelve equivalentes. Cada prenda pertenece a una cosmovisión y a circunstancias históricas específicas. La similitud formal fue un punto de partida, no una conclusión. Diluimos las referencias y conservamos fragmentos de experiencias humanas que reaparecen con el tiempo.

La colección reúne referencias de distintas geografías bajo la idea de una estructura humana compartida. En un momento en que la moda cuestiona quién puede utilizar determinados códigos culturales, ¿hasta dónde puede llegar esa noción de universalidad?

Existen ciertas universalidades, pero requieren distancia. Culturas distintas pueden compartir soluciones técnicas o símbolos vinculados con la agricultura, el matrimonio o la jerarquía sin volverse intercambiables.

También hay universalidades producidas por la industria. Internet puede llevar a creadores sin relación entre sí hacia construcciones semejantes. Para mí, la universalidad consiste en reconocer coincidencias sin borrar las circunstancias que las produjeron.

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Esta colección recupera elementos de tu propio archivo. ¿Qué decisiones fueron creativas y cuáles respondieron a la necesidad de reconsiderar cómo se produce y comercializa una colección hoy?

Antes pensaba que cada colección debía ser completamente nueva. Ahora entiendo la reedición como un ejercicio creativo. Trasladar una chamarra del lino al cuero o un pantalón del algodón a la gasa transforma su caída y su relación con el cuerpo. La pieza conserva su genealogía, pero adquiere otra identidad.

Revisar temporadas anteriores también revela qué desea el público y hasta dónde está dispuesto a experimentar. Reinterpretar el archivo crea continuidad, fortalece la marca y cuestiona una cultura digital que convierte la novedad en una exigencia permanente.

Total look: CANCINO.

En El Aleph, la investigación formal y la viabilidad comercial dejan de presentarse como fuerzas opuestas. ¿Cómo has aprendido a construir una marca en la que la experimentación también produzca valor económico?

Sin una estructura comercial, la experimentación no puede sostenerse. La moda exige rigor en la gestión, la producción y las finanzas, pero eso no significa reducir el diseño a lo utilitario. El arte y la artesanía siguen siendo fundamentales para la marca.

El Aleph llevó esa tensión al límite por la cantidad de seda y la complejidad de sus procesos. Más del 70% de quienes compran la marca proviene de otros países y busca una expresión contemporánea de México. Eso confirma que la investigación puede generar valor comercial cuando construye una identidad auténtica.

La lógica comercial me enseña sobre el cuerpo y la ergonomía; la investigación mantiene viva la curiosidad. La marca existe porque ambos espacios conviven.

Total look: CANCINO.

Modelo: Mellanie Guzmán para Queta Rojas.

Stylist: Daniel Zepeda. Maquillaje y pelo: Jessica Díaz. Asistente de stylist: Camila Larrea.