Las pequeñas muertes de Gabriel de la Mora

En La Petite Mort,Gabriel de la Mora reúne más de dos décadas de trabajo para mostrar insistencias: una práctica guiada por la transformación, donde el desecho, la repetición y el azar se convierten en método y pensamiento visual.

Reunir más de dos décadas de trabajo suele revelar rupturas. En el caso de Gabriel de la Mora, ocurre lo contrario. La Petite Mort, exposición presentada en el Museo Jumex, no funciona como una retrospectiva clásica ni como una línea de tiempo, sino como un sistema de recurrencias. Integra 87 obras producidas entre 2003 y 2025, muchas de ellas mostradas al público por primera vez. Aunque el núcleo del proyecto abarca poco más de dos décadas de trabajo, la muestra dialoga con un arco temporal más amplio: este año, De la Mora cumple treinta años de carrera artística, iniciada formalmente en 1996, cuando dejó la arquitectura para dedicarse de lleno al arte. La exposición incluye también una pieza fechada en 1972 que el propio artista considera su primera obra

Desde esa hoja escrita en espejo a los cuatro años hasta complejas estructuras hechas con cabello humano, ceniza, cáscaras de huevo o piedra volcánica, la práctica de De la Mora se articula alrededor de una misma operación: transformar aquello que ha cumplido su función —el desecho, el residuo, lo erosionado— en una nueva forma de pensamiento visual. No se trata de reciclar materiales, sino de someterlos a un proceso conceptual donde el fin de algo activa otra posibilidad.

En esta conversación, De la Mora habla de arquitectura, dislexia, control y azar, del fuego como agente y del borrado como método. Pero, sobre todo, habla de una idea persistente: el arte como transformación constante. No como metáfora, sino como estructura de trabajo. Cada una de sus obras —como él mismo insiste— nace de una pequeña muerte.

¿Cuándo viste estas piezas reunidas por primera vez, ¿qué te revelaron sobre la evolución de tu práctica?

Me emocioné mucho al ver por primera vez las piezas colgadas en la sala 3 del Museo Jumex. No se presentan ni cronológicamente ni por series; están distribuidas en seis grupos o ejes temáticos y los diálogos son impecables, muy poderosos. Lo que más me llamó la atención es que, al ver mi primera obra “m-294, 1972”, y observar todo mi trabajo en conjunto, me sorprendió confirmar que es lo mismo desde que tenía cuatro años hasta hoy, a mis 57 años de edad. La serie con cabello o pelo es la columna vertebral, el hilo conductor que atraviesa las distintas series y materiales con los que he trabajado durante treinta años.

También me revelaron —o reforzaron— que todo es formal y conceptual. Que todo es un monocromo, una abstracción y una imagen. Que todo está hecho en este mundo para cumplir una función o un servicio y que, cuando esto termina y se convierte en desecho, el fin de algo se transforma en el inicio de algo más. En este caso a través del arte, que ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Que no me considero ni pintor, ni dibujante ni escultor. No me gusta reducir o limitar el arte a una técnica; prefiero verme como una persona que cuestiona, que hace preguntas y que explora ideas y conceptos, entendiendo que cada uno de ellos pedirá una técnica en particular.

¿Qué descubriste sobre ti mismo que no habías notado mientras creabas?

Con esta exposición he descubierto muchísimas cosas. La principal, quizá, es que sabía que soy disléxico y que escribo al revés, pero después de conocer el término “neurodivergente” me di cuenta de algo que ya intuía, pero que ahora tengo claro: la neurodivergencia se define como diferencias en la manera de pensar, aprender, sentir y procesar información. No son trastornos, sino variaciones del cerebro humano. A partir de esto, la idea de que no existen dos cosas idénticas o iguales —porque en toda repetición siempre habrá diferencias— se vuelve central. Esa noción, junto con la dislexia, conecta todo mi trabajo: todo lo que pienso, digo y hago.

Tu formación en arquitectura es fundamental para construir, medir y sistematizar tus obras.

Definitivamente me gusta haber estudiado arquitectura y haber ejercido como arquitecto durante cinco años. Aunque al dejar la arquitectura en agosto de 1996 para dedicarme al arte, a ser artista, sabía que algún día regresaría a la arquitectura, pero no como arquitecto, sino como artista.

Se ve y se siente la arquitectura en mi obra. Algunas piezas son proyectos que espero algún día construir; no tienen función o servicio alguno. Estudiar arquitectura me dio muchas bases y sigo utilizando metodologías que me funcionaron muy bien como arquitecto y que también me han funcionado muy bien ahora como artista. Cuando la gente visita mi estudio, me dicen que no parece un estudio de artista, sino que se asemeja más a una especie de laboratorio, y esto me encanta: de alguna forma, ligar el arte a la ciencia, a la arquitectura, a la poesía, a la música y a la filosofía.

Un autorretrato a través de prótesis oculares.

¿Cuándo supiste que querías ser artista?

Dibujé antes de hablar o escribir; el dibujo y las imágenes han sido siempre mi mejor forma de expresión. Siempre supe que era artista, pero me daba miedo serlo, ya que resultaba frustrante pensar que no podría vivir de lo que más amo en la vida, que es el arte. Por eso estudié arquitectura, que también me fascina. Me hubiera encantado ser arquitecto y artista, aunque creo que ambas carreras requieren tiempo completo. Me gusta ser artista y haber tomado este camino. Al inicio fue difícil, como todo inicio, pero el hecho de hacer lo que más me gusta hace que todo valga la pena.

¿Hubo un momento único de reconocimiento o surgió gradualmente a través de tus encuentros con materiales, objetos e imágenes?

Creo que todo inicia a los cuatro años, cuando escribí por primera vez y lo hice al revés, en espejo, algo natural para un zurdo y disléxico como yo. Recuerdo a la maestra decirme que debía hacerlo de izquierda a derecha. Lo cambié entonces, pero a los dieciocho años, al terminar la preparatoria, decidí retomar la escritura en espejo, como la hago hasta hoy, a mis 57 años.

La plana de la letra “m”, la única que mi mamá guardó junto con mis dibujos de niño, la considero mi primera obra. Hice el ejercicio como me lo pidió la maestra y, al terminar, di vuelta a la hoja para repetirlo sin que me lo pidiera, esta vez al revés. La titulé “m-294, 1972”. Ese gesto —repetir sin instrucción— es lo que la convierte en obra y abre una pregunta inevitable: ¿cuándo inicia la carrera de un artista?

Es impresionante cómo un niño sabe quién es y cómo, con el tiempo, el sistema educativo, la religión, la sociedad y la cultura nos van alejando de esa certeza. En mi caso, escribir al revés no fue un error, sino una forma de expresión. La única forma de ser diferente es ser uno mismo. Suena sencillo, pero es lo más complejo. Todos somos distintos y, sin embargo, se nos mide con los mismos exámenes escritos, beneficiando a unos y perjudicando a otros.

Por eso fui el pez al que le pedían trepar un árbol. Solo en la universidad, primero en Arquitectura y después en la maestría en Pintura, cuando ya no hubo exámenes escritos, pude desarrollarme plenamente. Hoy soy quien soy y eso se ve en todo mi trabajo: la lógica de aquella plana de la letra “m” sigue presente en lo que hago ahora.

Vista de la exposición Gabriel de la Mora: La Petite Mort en el Museo Júmex de la Ciudad de México.

El título de la exposición hace referencia al deseo, el erotismo y la muerte simbólica. Gabriel de la Mora: La Petite Mort. ¿Cómo interpretas “la petite mort” en el contexto de la creación artística?

En todo mi trabajo hay una especie de pequeñas muertes. De alguna forma, tienen que ver con el placer que siento al escribir una idea y ver cómo esa idea genera una pieza, la pieza genera una serie y, al final, generalmente queda una nueva técnica. La idea tiene que emocionarme mucho y, por lo general, al ver la pieza terminada, esa emoción y ese placer inicial crecen exponencialmente.

Una aparición puede conectarse con un nacimiento, así como una desaparición me conecta con una muerte, con una pérdida. En este mundo todo está en constante cambio. Siempre se gana y se pierde algo: al ganar algo, generalmente se pierde algo también, y viceversa. Todo opera dentro de una especie de equilibrio y dualidad permanente.

¿El acto creativo en sí mismo implica una especie de pérdida o un renacimiento?

Para Georges Bataille, la petite mort no se refiere al acto físico de morir, sino a la metáfora de una experiencia al límite, donde la conciencia es suspendida momentáneamente por un placer intenso. Me gusta pensar que, a través de la destrucción, se construye una pieza o una idea.

Siempre una pérdida viene de la mano de una ganancia, y siempre que se gana algo, se pierde algo también. Al aparecer algo, se nace, se gana. Al morir algo, se muere, se pierde. Todo en este mundo está aquí para cumplir una función o un servicio. Cuando eso termina y se convierte en desecho, el fin de algo se transforma en el inicio de algo más; en este caso, a través del arte.

Vista de la exposición Gabriel de la Mora: La Petite Mort en el Museo Júmex de la Ciudad de México.

¿Cómo gestionas la intimidad de trabajar con materiales orgánicos tan cargados y corporales como el pelo o la sangre?

Me gusta trabajar con materiales orgánicos, inorgánicos y sintéticos. Los materiales corporales, como el pelo y la sangre, me interesan porque contienen ADN o información genética. La sangre conecta más con la pintura y el pelo conecta más con el dibujo y la escultura. También pueden ser universales o locales, dependiendo de la información que tengamos de ellos. A simple vista, no se puede saber si el pelo o la sangre pertenecen a una mujer o a un hombre, a un judío o a un católico, a un mexicano o a un canadiense, entre otros. El ADN es infalsificable, entre muchas otras características.

¿Consideras estas obras como retratos, monumentos o algo más cercano a la arqueología emocional o psicológica?

El pelo y la sangre, en sí mismos, son un retrato: general o particular, universal o local. La pieza “Memoria I, 2007”, el retrato familiar, es una especie de arqueología genealógica. Me gusta el término arqueología emocional o psicológica; con esto me dejas pensando muchas cosas. Muchas gracias.

Muchas de tus piezas, como los monocromos de cáscara de huevo, los mosaicos de piedra volcánica y las obras con alas de mariposa, requieren que el espectador se mueva, cambie de posición y ajuste su postura. ¿Qué tipo de “placer para el espectador” esperas producir? ¿Qué quieres que la gente sienta al mirar?

Me fascina que la gente se sorprenda cuando una pieza, una imagen o un color cambian con el movimiento del espectador y dejan de ser superficies estáticas. Me interesa que la obra se mueva junto con quien la observa, que genere sorpresa, placer y preguntas; una sonrisa, quizá una lágrima. Quiero que se detengan, que miren la obra una y otra vez, que se muevan en distintas direcciones y que, por un momento, se olviden de todo lo demás. Que solo exista un diálogo entre la obra y el espectador, que dejen de pensar por un instante para simplemente disfrutar, sentir y permitir que el tiempo se detenga.

A lo largo de La Petite Mort, los temas de la memoria, la pérdida y la mortalidad aparecen con gran intensidad.

Todo el tiempo, en cada pieza, el presente no existe: es apenas la línea que transforma el futuro en pasado. Y, como buen disléxico, también es posible transformar el pasado en futuro.

Un retrato de la familia De la Mora Centeno vivos y muertos al 24 de octubre de 2007.

Al mirar hacia la próxima década, ¿ves estos temas expandiéndose, disolviéndose o transformándose? ¿Qué nuevas preguntas comienzan a surgir en tu práctica?

Siempre me gusta pensar que mi mejor obra es la que hago ahora y la que está por venir, aunque existan piezas clave en etapas anteriores. El día en que sienta que mi mejor trabajo quedó diez o veinte años atrás, tendría que replantear muchas cosas. Solo realizo una pequeña parte de las ideas que anoto. Por eso trabajo en varias series al mismo tiempo, dejando que unas generen otras. Todavía hay mucho por explorar en la pintura, el dibujo y la escultura, y esa posibilidad constante es lo que me mantiene motivado a seguir investigando y experimentando.

Me interesa seguir trabajando, haciendo exposiciones y compartiendo el proceso con la gente. Observar las reacciones del público, responder preguntas y dar visitas guiadas es parte fundamental de mi práctica. Cada serie genera otra, cada idea abre nuevas posibilidades, y así se construye el trabajo cotidiano en el estudio.

Vista de la exposición Gabriel de la Mora: La Petite Mort en el Museo Júmex de la Ciudad de México.

Después del Museo Jumex, ¿qué nuevos territorios —conceptuales, materiales o emocionales— te interesa explorar? ¿Hay materiales o procesos que aún no te has atrevido a utilizar, pero que te atraen?

Desde hace un par de años estoy explorando el color en la naturaleza a través de distintos materiales. Seguimos experimentando para perfeccionar técnicas que nos permitan abordar ideas que poco a poco van tomando forma y que espero pronto convertir en nuevas series.

Hay muchas ideas esperando en mis libretas el momento adecuado para realizarse. A partir de la exposición en el Museo Jumex he conocido gente increíble que me ha abierto puertas para experimentar en nuevas direcciones.

Todo el tiempo surgen nuevas preguntas, conceptos, materiales, emociones y procesos. Algunos siguen en prueba, porque a veces es necesario encontrar la técnica o incluso la tecnología adecuada para poder realizar ciertas ideas.

También hay materiales y conceptos que me interesa explorar, pero para los que aún no ha llegado el momento. En algunos casos ha sido por cautela; en otros, simplemente porque todavía no me he atrevido a tocarlos.