Archivo, deseo y ciudad: una memoria posible de lo queer en México

Una exploración visual y política de las estéticas queer que marcaron el inicio del milenio en la Ciudad de México, donde el archivo se convierte en acto de memoria, deseo y resistencia. ‘Pasarelas Secretas’ se exhibirá en Soho House Mexico City curada por Guillermo Osorno con el archivo fotográfico de Jesús León.

Osorno
Guillermo Osorno.
Fotografía Rafa Moncada con iPhone 16 Pro Max.

Hay épocas que no necesitan un parteaguas para transformarse en mito. Basta con mirar hacia los primeros años del 2000 en la Ciudad de México para descubrir un terreno fértil de anonimato, hedonismo y genialidad, donde la noche se convirtió en refugio, laboratorio y pasarela. Con esa mirada lúcida que solo ofrece el tiempo, Guillermo Osorno –escritor, cronista y curador– se sumerge en ese archivo afectivo para recuperar las texturas de una década que parecía efímera, pero que dejó huellas indelebles en la cultura urbana y queer del país.

En una íntima conversación con M Revista de Milenio, Osorno revisita los años donde la intimidad no era un dato ni un algoritmo y la fiesta era un espacio de codificación simbólica. Allí, bajo luces estroboscópicas, nacieron lenguajes no binarios aún sin nombre, modas que rompían con el eurocentrismo de las pasarelas, y figuras como Marvin y Quetzal, Zemmoa o Jesús León que transformaban la estética del deseo en un manifiesto visual.

Más allá de la nostalgia, Osorno propone una lectura crítica sobre cómo archivar la cultura de lo intangible –esa que se escurre entre flyers, blogs y cámaras digitales de 6 megapixeles– sin caer en la banalización comercial del presente. Su próxima exposición, como curador, ‘Pasarelas Secretas’ en Soho House Mexico City no solo quiere recuperar imágenes: busca interpelar al espectador contemporáneo, ese que quizá ya no conoce el vértigo de una pista compartida entre identidades disidentes y futuros por inventar.

Porque el archivo no es solo huella: es latido persistente, una forma de decir ‘’aquí estuvimos’’ incluso cuando el lenguaje aún no alcanzaba a nombrarles. Esta entrevista es una invitación a reencontrarse con las estéticas de la desobediencia, con los cuerpos que bailaron fuera del margen y con las imágenes que resistieron al desgaste del olvido. Lo que se presenta en esta exposición no es un simple rescate visual, sino un gesto de deseo y memoria, donde la noche se afirma como territorio de invención y la fiesta como un acto radical de libertad.

Osorno
Jesús León.
Fotografía Rafa Moncada con iPhone 16 Pro Max.

La muestra parte de una obsesión compartida: moda, música y fiestas. ¿Qué lectura haces hoy de ese cruce como una forma de resistencia estética y política?

Lo que pasaba en esa escena se articulaba a través de la fiesta. Había un deseo de experimentación total. No eran espacios seguros, ni había garantías, todo era puro riesgo. Personas como Marvin y Quetzal estaban elevando la moda callejera a un plano casi conceptual, creando propuestas no binarias sin siquiera tener el lenguaje para nombrarlo. Zemmoa, por ejemplo, fue de las primeras figuras trans en habitar esos espacios de forma tan protagónica. Y Jesús León capturaba todo ese caos con una mirada muy propia. Ninguno de esos terrenos era seguro, y justo por eso, todo lo que se hacía era pura adrenalina creativa. Ese impulso, sin saber lo que iba a pasar, es profundamente político.

El inicio del siglo XXI fue un momento complejo para la comunidad LGBTQ+ en México: post-VIH, pre-matrimonio igualitario. ¿Qué narrativas encontraste que crees que hoy siguen siendo incómodas o invisibilizadas?

La narrativa trans y no binaria. En ese momento ya estaba emergiendo, aunque sin el lenguaje que hoy tenemos. Esa narrativa sigue siendo tan incómoda que ha sido instrumentalizada por la nueva derecha estadounidense. No es que antes fuera más aceptada: es que aún hoy sigue siendo un foco de polarización y violencia.

Pride 2025 en Soho House Mexico City
Fotografía Jesús León.

En una ciudad en proceso de globalización, ¿cómo se entrelazaron los impulsos locales con las influencias internacionales en términos de estilo, sonido y actitud?

Hubo una conjunción muy poderosa. Por un lado, la apertura del país con el TLC; por otro, el internet comenzaba a conectar escenas, pero sin la hipertransparencia de hoy. Eso permitió a la Ciudad de México crear una escena propia, con una luminosidad particular. La gente se inspiraba en otras partes del mundo, pero el resultado era totalmente local. Una mezcla fascinante de fotógrafos, músicos, diseñadores y escritores en un momento casi irrepetible.

La exposición destaca a figuras clave como Marvin y Quetzal, Zemmoa y Jesús León. ¿Cómo nace la idea de la exhibición?

Surgió un poco por iniciativa de Marvin, la verdad. Me buscó sin que nos conociéramos personalmente, sabíamos el uno del otro, pero no habíamos tenido contacto directo, y me propuso la idea de hacer un libro sobre él y Quetzal. Esto fue hace como un año. Para Marvin, en ese momento, era un intento muy importante de cerrar una etapa de su vida. Para la curaduría en Soho House, elegí seguir un hilo particular. Pudo haber sido otro, claro, pero me interesó centrarme en personas de la comunidad LGBTQ+ que tuvieron un impacto fuerte en ese momento y cuyas trayectorias fueron impulsadas por esa escena. Por un lado, están Marvin y Quetzal –Marvin como sobreviviente de esa época–, y por otro, Jesús León, uno de los grandes cronistas visuales de ese tiempo a través de su blog Domestic Fine Arts.

Ese blog, y las imágenes que lo componen, tienen una cualidad que me fascina: logran trascender la época y adquirir una dimensión casi atemporal. Aunque retratan fiestas y moda, hay algo más profundo ahí. Jesús siempre llegaba al final de las fiestas, y tenía esta capacidad particular de capturar el momento exacto en el que todo comenzaba a descomponerse. Eso me gusta mucho, porque revela un atributo esencial de la fiesta: el instante en que lo controlado se desborda. Las imágenes no son banales. Tienen presencia. La mujer mejor vestida de ese momento era Zemmoa –ella encarnaba esta estética do it yourself, de inventarse a una misma a través de la moda– también era un animal nocturno. Y hoy, como cantante, sigue teniendo mucho que aportar, al igual que como figura dentro del ámbito musical.

¿Crees que la falta de redes sociales en ese momento permitió una escena más auténtica, o simplemente distinta? ¿Qué se ganó o se perdió con el paso a lo digital?

Sí, fue distinto. Había anonimato. A pesar de que ya existía Facebook, no había hiperconectividad. Lo que se vivía en la fiesta, se quedaba ahí. Eso generaba un secretismo, una especie de excitación muy particular. Ahora todo está expuesto en tiempo real. Lo de antes no era mejor, pero sí tenía otro ritmo, otro tipo de magia.

Osorno
Jesús León y Guillermo Osorno.
Fotografía Rafa Moncada con iPhone 16 Pro Max.

¿Qué papel jugó lo queer en esta explosión de creatividad? ¿Cómo se relacionaba la identidad de género y la orientación sexual con la producción cultural de la época?

Lo queer no era algo aparte. Todo estaba mezclado. No había fiestas exclusivas para la comunidad LGBTQ+, ni para heterosexuales. Lo que importaba era la identidad urbana, la idea de ciudad. Marvin y Quetzal estaban haciendo moda no binaria sin saberlo. Zemmoa era una presencia trans radical desde la noche y Jesús León venía de otro medio, menos privilegiado, y hacía que todos se vieran entre decadentes y fantásticos. Esa mezcla era única.

¿Qué importancia tiene, para ti, archivar desde lo efímero? ¿Cómo se construye una narrativa histórica desde fiestas, flyers, ropa usada o imágenes digitales que no fueron hechas para durar?

El archivo de este momento es enorme porque es una bisagra tecnológica: previo al smartphone, pero ya con cámaras digitales al alcance de muchos. Ese archivo está en CDs, discos duros, imágenes sueltas. Es entrañable porque ya parece arqueología digital. Y por eso mismo, tan valioso.

La exposición se presenta en Soho House durante el Pride. ¿Cómo evitas que la memoria de lo queer se convierta en marketing cultural y se pierda su dimensión política?

Esa era mi preocupación. Por eso quise que el statement curatorial fuera muy claro: esto no es decoración. Es memoria activa. Me interesaba que quienes vinieran a verla se conectaran con un pasado que aún tiene consecuencias. Soho House es una burbuja, sí, pero también es una oportunidad para que esa burbuja dialogue con la ciudad, con sus historias, con su gente. Creo que es importante visibilizar figuras que están ahí, en los márgenes, pero que aún tienen mucho que decirnos. Esta muestra es un puente con ese pasado reciente, una forma de recordar que la creatividad queer en México tiene raíces profundas y luminosas. Es también una invitación a mirar con más atención nuestro entorno: hay genealogías muy potentes justo a unas cuadras de donde estamos parados.