
En el estudio de Lorena Saravia, el escritorio de su abuelo y la máquina de coser de su abuela son recordatorios de una historia que continúa influyendo en la manera en que entiende y construye su trabajo.
Desde sus primeras botas vintage intervenidas con cubiertas intercambiables hasta sus colecciones actuales, Saravia ha mantenido una inquietud constante: descubrir nuevas posibilidades en aquello que ya existe. La mezclilla, la piel y las técnicas artesanales se convierten en vehículos para explorar una identidad mexicana que, lejos de recurrir a lo folclórico, encuentra su fuerza en la manera de hacer, en el conocimiento de las manos y en aquello que ha sido transmitido de generación en generación.
Esa idea se extiende también a su visión de la sostenibilidad. Para Saravia, proteger un patrimonio cultural implica mantenerlo vivo: darle valor, integrarlo al presente y permitir que evolucione.

Tu marca comenzó con unas botas vintage que reinventaste mediante cubiertas intercambiables. ¿Ese impulso por preservar y transformar sigue presente en tu manera de diseñar?
Sí. Desde el principio me ha interesado más transformar que crear algo nuevo por crear. Esas botas partían de darle otra vida a un objeto, entender su historia y llevarlo a otro lugar.
Hoy sigo trabajando así. Observo un material, una técnica o una silueta y me pregunto cómo reinterpretarlos desde mi lenguaje. Para mí, diseñar también implica entender de dónde vienen las cosas para poder hacerlas evolucionar.

En tu estudio conviven el escritorio de tu abuelo, la máquina de coser de tu abuela y fotografías familiares. ¿Tus colecciones suelen comenzar desde una memoria personal?
Casi siempre desde una emoción o un recuerdo. Mi proceso es muy intuitivo. A veces basta una imagen o una sensación para empezar a construir el universo de una colección.
Después aparecen los materiales, las proporciones y las siluetas. Tener objetos de mi familia en el estudio me recuerda de dónde vengo. No están ahí como decoración, sino como parte de mi historia y de mi manera de trabajar.
Has dicho que las mujeres de tu familia son una inspiración central. ¿Qué encuentras en ellas, y en las mujeres mexicanas, que quieres transmitir en tu trabajo?
Me interesa mucho la dualidad de la mujer mexicana: fuerte y sensible, femenina sin ser frágil, sofisticada y práctica. Crecí rodeada de mujeres con mucho carácter y eso aparece inevitablemente en mi trabajo. No diseño para transformar a una mujer, sino para acompañar a alguien que ya sabe quién es.

La mezclilla, la piel y las técnicas tradicionales aparecen constantemente en tus colecciones. ¿Qué dicen esos materiales sobre el diseño mexicano actual?
Me interesa alejarnos de una visión literal o folclórica de lo mexicano. México tiene una enorme sofisticación en sus materiales, técnicas y oficios. La mezclilla y la piel hablan de funcionalidad, resistencia y permanencia. Cuando se combinan con procesos artesanales adquieren otra dimensión. Me gustaría que fuera de México se entendiera que una identidad profundamente mexicana no necesita depender de símbolos evidentes. También está en cómo hacemos las cosas.


Trabajas con artesanos locales desde hace más de quince años. ¿Cómo han cambiado esas relaciones tu proceso creativo?
Se han construido con tiempo, respeto y confianza. Hay conocimientos que pasan de generación en generación y no pueden acelerarse. Con los años, la relación deja de ser entre diseñador y proveedor y se vuelve una conversación creativa. Yo puedo llegar con una idea y ellos, desde su conocimiento del material, llevarla a un lugar que no había imaginado.
¿Hay alguna colección o pieza que hoy harías de otra manera?
Claro. Después de tantos años sería imposible mirar atrás y no encontrar cosas que resolvería distinto. Pero no creo demasiado en arrepentirse. Cada colección pertenece al momento en que fue creada. Incluso lo que no funcionó como esperaba me enseñó algo sobre proporción, materiales, producción o sobre mi propia identidad como diseñadora. Construir un lenguaje propio también implica equivocarse y editarse.
Formas parte de una generación que ayudó a construir una nueva industria de moda en México. ¿Qué te interesa de los diseñadores jóvenes que vienen detrás?
Me emociona que comiencen desde un lugar muy distinto al nuestro. Cuando yo empecé, prácticamente teníamos que construir una marca y una industria al mismo tiempo. Hoy existen más referencias, plataformas y una mirada más global. Me interesa apoyar a quienes desarrollan una voz propia y entienden que no necesitan imitar lo que sucede afuera para ser relevantes.
Si queremos que la moda mexicana crezca internacionalmente, necesitamos un ecosistema, no uno o dos nombres.

Desde el empaque de micelio hasta la producción artesanal, el proyecto plantea una visión amplia de la sostenibilidad. ¿Cómo puede esta proteger también el patrimonio cultural?
La sostenibilidad no se limita a los materiales. También implica preguntarnos qué conocimientos queremos que sigan existiendo dentro de veinte o cincuenta años. Trabajar con artesanos, pagar justamente por su conocimiento e integrar ese oficio a una cadena contemporánea de valor ayuda a que pueda seguir vivo y transmitirse.
Nuestro patrimonio no debería convertirse en algo estático que solo observamos. Tiene que seguir formando parte de nuestra vida y de nuestra economía. Preservar una tradición también significa darle futuro.
Asistente de fotografía: Paulina Ondarza. Asistente de stylist: Andrea Aguirre.