
Havre Studio nació casi por accidente. En 2019, después de mudarse de Copenhague a Ciudad de México, Madeleine Frandsen comenzó a comprar blazers masculinos de segunda mano tras perder su equipaje en el trayecto. Esto terminó convirtiéndose en un ejercicio de transformación, de desmontar trajes existentes y darles una nueva vida desde una sensibilidad.
Sin formación tradicional en moda y sin un plan inicial de construir una marca, Frandsen fue desarrollando Havre de manera orgánica alrededor del upcycling, la sastrería y una red de costureras, sastres y proveedores locales. La empresa no siguió el calendario convencional de temporadas ni el modelo clásico de mayoreo. En cambio, encontró una forma propia de operar, marcada por series pequeñas y una relación cercana con quienes las producen.
Con el tiempo, esa estructura también se convirtió en parte central de la identidad de la marca. Hoy, desde Ciudad de México, Frandsen busca hacer visible no solo la prenda terminada, sino también a las personas y los procesos detrás de ella.



Tu maleta se perdió antes de esa primera visita al mercado de pulgas. ¿Piensas alguna vez en lo distinta que podría ser Havre si hubiera llegado a tiempo?
Pienso bastante en todas las coincidencias que llevaron a la creación de Havre y en lo afortunada que he sido. Siempre había usado prendas de mi padre y de mi esposo, así que cuando mi maleta se perdió me pareció natural empezar a comprar blazers masculinos de segunda mano para mí. Sinceramente, no sé si Havre Studio existiría si esa maleta hubiera llegado a tiempo. En ese momento, crear una marca de ropa ni siquiera estaba en mi horizonte. Desde entonces me quedó la idea que cuando las cosas no salen según lo planeado, a veces te llevan a un lugar mucho más interesante.
Nombraste la marca Havre por la calle donde vivías en Ciudad de México. ¿Qué significaba para ti ese lugar?
Le tengo muchísimo cariño a esa calle y todavía siento nostalgia cada vez que paso por nuestro antiguo departamento. Fue el primer lugar que realmente se sintió como hogar cuando nos mudamos a Ciudad de México. Mi esposo y yo éramos muy jóvenes y era como nuestro pequeño refugio dentro de una ciudad enorme. Es el nombre de la calle, claro, pero también es una ciudad portuaria en Francia, y “havre” significa avena en danés. Había algo en el nombre que simplemente se sentía bien, así que nunca lo cambié.



Tus primeras costureras pensaban que estabas “loca” por intervenir los trajes de esa manera. ¿Qué te hizo seguir adelante?
La primera costurera con la que trabajé, Lupita, pensaba que los primeros conjuntos de falda y saco corto eran horribles. Yo todavía no hablaba español, así que nos comunicábamos sobre todo con expresiones y Google Translate. Llevaba café un par de veces por semana y nos sentábamos juntas a probar distintas ideas. Algunas le gustaban más que otras.
Siempre he tenido muy claro qué me hace sentir bien y qué quiero usar, así que confié en eso. Creo que me ayudó a seguir incluso cuando una idea parecía extraña para alguien más. Lupita todavía se burla de aquel primer diseño, pero terminó siendo una de las piezas que puso a Havre en el mapa en 2019 y 2020. Todavía me encanta.



Llegaste a la moda sin una formación tradicional. ¿Qué te sorprendió del funcionamiento real de la industria y cuándo empezaste a tomar decisiones como fundadora?
Desde el principio fui bastante resolutiva. En cada etapa, desde trabajar sola en nuestro departamento hasta donde estamos hoy, me he sentido muy emocionada y agradecida, porque nada de esto fue planeado. Soy una persona práctica y nunca me ha dado miedo hacer el trabajo menos glamoroso que implica construir una empresa. En cierto sentido, no haber tenido formación formal en moda me ayudó porque nunca sentí que debía seguir una manera establecida de hacer las cosas.
Algunas de tus costureras ahora contratan a miembros de sus propias familias. ¿Cómo ha cambiado tu percepción de Havre al ver que genera trabajo para familias enteras?
Me da un profundo sentido de propósito y gratitud. No ha cambiado realmente lo que creo que Havre debe ser, porque ese sentido de responsabilidad ha estado presente desde muy temprano.
Havre empezó a crecer durante la pandemia, justo cuando la pequeña red de personas con la que trabajaba estaba perdiendo sus fuentes de ingreso. Lo que había comenzado como un proyecto personal se convirtió en algo capaz de ofrecer estabilidad en un momento muy incierto. Desde entonces, crear trabajo para las personas alrededor de Havre, y por extensión para sus familias, se volvió una parte muy significativa de la empresa.

¿Cómo defines personalmente la sostenibilidad en la moda? ¿Tiene que ver con materiales, durabilidad, trabajo o con algo más?
Personalmente, no compro demasiada ropa. Suelo comprar de segunda mano, busco fibras naturales y elijo cosas que sé que voy a usar muchas veces. Para mí, la sostenibilidad consiste en satisfacer las necesidades de hoy sin comprometer las de mañana. Y, quizá de manera un poco cínica, no creo que la moda sea una industria inherentemente sostenible.
Hay muchísima gente brillante trabajando en mejores formas de producir ropa, desde nuevas maneras de reciclar residuos hasta desarrollar materiales más responsables o replantear la producción. Todo ese trabajo es muy importante. Pero, al final, también creo que simplemente consumimos demasiado.

Ciudad de México se ha convertido en un centro cultural y creativo cada vez más visible. ¿Cuánto ha contribuido ese momento al crecimiento de Havre?
Durante mucho tiempo, creo que muchos de nuestros clientes ni siquiera sabían que estábamos en Ciudad de México. Hasta alrededor de 2025, el crecimiento de Havre estuvo mucho más relacionado con la relación personal que teníamos con nuestros clientes en redes sociales y con el concepto de upcycling.
Recientemente, sí creo que hablar de manera más abierta sobre estar en Ciudad de México ha influido. Me encanta que ahora tengamos un showroom donde los clientes pueden ver el atelier, conocer a algunos de los sastres y entender mejor el proceso detrás de la ropa.
También le da mucha más visibilidad y crédito a las personas que hacen las piezas, algo muy importante para mí. Además, México tiene una tradición y un conocimiento extraordinarios de la sastrería. Hay un nivel de habilidad técnica y familiaridad con la construcción de prendas que, en mi experiencia, es mucho más difícil de encontrar en Dinamarca.