Mónica Sordo: la arquitectura del cuerpo

Volumen, asimetría y proporción articulan el lenguaje de Mónica Sordo, una práctica que encuentra identidad más allá de cualquier material o tipología.

Aretes Catatubo y pulsera Cubagua: SORDO.
Full look: PALOMO.

Una forma puede cambiar de escala, material y función sin perder la lógica que le dio origen. Esa posibilidad atraviesa la obra de Mónica Sordo, cuya identidad se sostiene en una gramática reconocible de volúmenes, asimetrías y relaciones con el cuerpo. Sin embargo, ese lenguaje no surgió como una decisión estética aislada. Se construyó a partir de distintas maneras de entender el acto de hacer: resolver un problema, dominar una técnica, observar un paisaje y permitir que la materia transforme la idea inicial. 

La distancia convirtió después a Caracas en un archivo consciente. Su modernismo le ofreció una concepción integral del diseño, mientras que la geografía caribeña se tradujo en proporciones y tensiones formales. Hoy, al trasladar esas formas de la joyería al mobiliario, Sordo examina cuánto puede transformarse un objeto sin perder su identidad. Para entender esa evolución, hay que regresar al espacio donde las ideas comenzaron a adquirir materia: el taller familiar.

Creciste viendo a tu padre trabajar en su taller y, más tarde, a tu madre acercarse a la orfebrería. ¿Qué aprendiste de ellos sobre cómo una idea se convierte en objeto?

Crecí en una casa donde las ideas terminaban convirtiéndose en objetos. Mi padre tenía el diseño industrial como pasión y, después del trabajo, se refugiaba en su taller. Ahí entendí que un objeto siempre puede repensarse, mejorarse o construirse desde cero. De él heredé esa manera de observar y resolver.

Años después, mi madre estudió orfebrería en Caracas y montó su banco en el mismo taller. Trabajando con ella hice mis primeras piezas y entendí el valor del fuego, la paciencia y las manos. SORDO nace del encuentro entre esas dos formas de crear: la funcionalidad que aprendí de mi padre y el respeto por el oficio que me transmitió mi madre.

Antes de fundar SORDO, estudiaste y trabajaste entre Milán, Madrid y Nueva York. ¿Necesitaste alejarte de Caracas para entender cuánto había formado tu sensibilidad?

Sí. Cuando eres joven quieres salir al mundo más que entender de dónde vienes. A los 17 años estudiaba Economía en Venezuela y entendí rápidamente que no era mi lugar. Un amigo me sugirió estudiar moda en Milán.

Milán fue una educación que trascendió lo académico. Después trabajé para Marie Claire y El País en Madrid, y en relaciones públicas para Christian Louboutin en Nueva York. Cada ciudad me permitió entender una parte distinta de la industria. Necesité esa distancia para reconocer cuánto me había formado Caracas.

Caracas aparece constantemente en tu trabajo. Más allá de las referencias visuales, ¿qué heredaste de su modernismo?

Una manera de entender el diseño como algo integral. Crecí en una ciudad donde arquitectura, arte, paisaje y vida cotidiana convivían con naturalidad. La Ciudad Universitaria de Caracas es el mejor ejemplo: las nubes de Alexander Calder en el Aula Magna son una obra monumental y, al mismo tiempo, resuelven la acústica.

Esa idea se quedó conmigo. Función, belleza y diseño pueden formar parte de una misma respuesta. Me interesa que una pieza tenga una razón de ser y también provoque algo emocional.

Aretes Catatubo y pulsera Cubagua: SORDO.
Full look: PALOMO.

En tus piezas conviven la arquitectura caraqueña y recuerdos del Caribe. ¿Cómo llevas esas memorias a una forma abstracta sin representarlas literalmente?

Creo que la abstracción comienza con la proporción. Las líneas de la costa y la escala del paisaje venezolano quedaron grabadas en mí.

También están las historias de esos territorios. Cubagua, por ejemplo, está históricamente asociada con las perlas y dio origen a algunas de mis piezas más importantes. No represento literalmente una montaña, una roca o una ola. El paisaje, la memoria y la historia terminan convertidos en volúmenes, texturas y proporciones.

Tus joyas alteran la silueta. ¿Las piensas como objetos autónomos o se completan cuando alguien las lleva?

Siempre diseño pensando en el cuerpo y pruebo mucho las piezas durante su desarrollo. La ergonomía es casi una obsesión. Me importa que una pieza, por más escultórica que sea, resulte cómoda y funcione en cuerpos distintos. Una pequeña variación en la curva, el peso o la proporción puede cambiar por completo cómo se lleva. La pieza puede existir por sí sola, pero termina de cobrar sentido sobre el cuerpo.

Trabajas con maestros joyeros en Perú. ¿Cuándo el material o la técnica obligan a replantear tu idea original?

Constantemente. Su conocimiento del metal proviene de una tradición transmitida durante generaciones. Yo llego desde el diseño y lo interesante ocurre en el encuentro entre ambos conocimientos.

A veces una idea nos obliga a detenernos porque todavía no sabemos cómo llevarla a la materia. Entonces probamos otros procesos y soluciones. Muchas veces una limitación técnica abre una posibilidad inesperada. El material no solo ejecuta la idea: también la transforma.

La Peninsula Armchair lleva una forma de tu joyería a la escala del mobiliario. ¿Qué descubriste al cambiar su tamaño, material y función?

Descubrí lo complejo que es trasladar una forma conocida a otra escala. Construirla en fibra de vidrio y conseguir que funcionara como silla fue un proceso completamente nuevo.

Lo más inesperado apareció con el material. El acabado brillante y el color generaron un lenguaje casi retrofuturista que nunca había buscado. Ese resultado terminó influyendo en mi trabajo y abrió posibilidades para nuevas piezas.

Una joya descansa sobre el cuerpo; una silla debe recibirlo. ¿Cómo cambió tu manera de pensar la anatomía con Peninsula?

La relación se invirtió. En una joya, el cuerpo lleva la pieza; con Peninsula, la pieza recibe al cuerpo. Las exigencias estructurales cambiaron, pero la preocupación siguió siendo la misma: entender cómo una forma se relaciona con la anatomía, distribuye el peso y modifica la experiencia de quien la usa.

La silla confirmó que tu lenguaje puede existir fuera de la joyería. ¿Qué debe permanecer para que una forma siga sintiéndose tuya?

No depende de un material, una escala o una tipología, sino de una manera de construir las formas y de una sensibilidad desarrollada durante años. Eso es lo que quiero explorar ahora: hasta dónde puede viajar ese lenguaje sin perder su identidad.

Has hablado de la permanencia como una aspiración de SORDO. ¿Qué hace que un objeto conserve vigencia?

Un diseño necesita tiempo para construir una identidad. Algunas piezas ganan fuerza mientras circulan, las personas las hacen suyas y yo regreso a ellas para seguir editándolas. Prefiero producir menos y permitir que cada creación desarrolle su propia vida. Hoy entiendo la permanencia como continuidad. Una pieza puede transformarse, reaparecer y adquirir nuevos significados sin perder relevancia.