
Poco antes de convertirse en el primer diseñador mexicano semifinalista del LVMH Prize, Patricio Campillo estaba considerando cerrar su marca. La proximidad entre ambos momentos —la posible desaparición de su firma y la validación internacional— expone una de las paradojas que atraviesan su carrera. El talento puede existir mucho antes de que aparezca una estructura capaz de impulsarlo; el reconocimiento, cuando llega, suele presentarse como descubrimiento.
La carrera de Campillo llevaba casi una década en marcha para 2024. Durante ese tiempo había diseñado, producido y aprendido a construir una empresa desde un país con una infraestructura de moda insuficiente. Su historia comienza en esa desproporción.
Nacido y criado en Ciudad de México, estudió comunicación y marketing de lujo. Pasó por el periodismo de moda, el estilismo y la dirección de arte. Trabajó con la editora Tiffany Godoy y convirtió la observación en una educación informal: mirar prendas, imágenes y sistemas hasta comprender cómo producen significado.


La condición autodidacta suele romantizarse como libertad, aunque también exige avanzar sin una genealogía profesional ni instituciones preparadas para acompañar el proceso. Campillo ha reconocido la dificultad de carecer de diseñadores mexicanos que hubieran recorrido antes esa ruta. Aprender significó diseñar la ropa y, simultáneamente, imaginar las condiciones para hacerla existir.
Lanzó su primera colección en 2015 y fundó The Pack en 2017. Los primeros años estuvieron dominados por la búsqueda de un discurso. Entendió que la profundidad de una marca depende de su capacidad para convertir las intenciones en forma. Cuando recuperó el control de la empresa, sustituyó The Pack por Campillo. El apellido señaló una nueva etapa y eliminó la protección de un nombre colectivo. Desde entonces, obra, biografía y negocio comparten una identidad y responden por sus contradicciones.
El punto de inflexión llegó a través de un objeto familiar. Su padre le entregó un traje de charro heredado de su abuelo. Campillo reconoció en esa prenda una imagen corporal familiar. Al vestirla percibió su capacidad para producir autoridad y deseo: la espalda se ampliaba, la cintura se contraía y las piernas parecían prolongarse.
El hallazgo permitió formular una pregunta que organiza su trabajo: ¿qué sucede cuando un uniforme asociado con nación, linaje y virilidad se observa también como una construcción erótica?

La aproximación de Campillo trabaja dentro de las proporciones del traje charro hasta revelar aquello que su lectura oficial había relegado. La gallardía depende de un cuerpo diseñado, exhibido y contemplado. Su masculinidad requirió hombros, cintura, postura, ornamentación y ceremonia para adquirir una apariencia natural.
Campillo vuelve visible ese artificio y encuentra allí una posibilidad. El componente homoerótico de sus siluetas surge al observar la relación entre poder, espectáculo y deseo contenida en el uniforme. Esta operación explica por qué su trabajo excede la categoría de “moda inspirada en México”, una fórmula elogiosa que suele reducir a los diseñadores a ilustradores de su procedencia. Campillo utiliza la cultura como un sistema formal y extrae de ella proporciones, materiales, tensiones y maneras de relacionar el cuerpo con la autoridad.
La distinción importa dentro de un mercado que celebra la diferencia cuando puede identificarla. Entrar en esa conversación exige preservar la complejidad de una experiencia cultural frente a las expectativas del observador extranjero.

En su colección Otoño/Invierno 2026, Campillo lleva esta investigación hacia la relación entre identidad y percepción. La ropa aparece como un instrumento capaz de intervenir en la distancia entre cómo una persona se siente y la manera en que es vista.
El diseñador mexicano incorpora corsés inspirados en prendas interiores, estructuras acolchadas, cinturones semejantes a sillas de montar y cuellos de crin que limitan el movimiento. Al trasladar al guardarropa masculino tecnologías asociadas históricamente con la disciplina del cuerpo femenino, amplía su significado. Surge una anatomía compartida del control: toda identidad pública necesita mecanismos capaces de construirla. La restricción produce deseo. Un cuello rígido roza el mentón, una cintura comprimida reorganiza la figura y un hombro construido modifica la entrada del cuerpo en una habitación.
Campillo entiende la sastrería como una tecnología para ensayar identidades. Vestirse permite fabricar una presencia, comprobarla frente a los demás y habitar la posibilidad de convertirse en alguien distinto. El cuerpo adquiere así una dimensión especulativa: cada prenda propone una hipótesis sobre quién podría ocuparlo y qué clase de autoridad podría ejercer.
Su investigación material introduce otra disputa: quién decide qué objetos poseen valor cultural y económico. Para la colección colaboró con la artesana Sara Pineda en botones, broches y hebillas de ónix. Campillo ha expresado su voluntad de desplazar la artesanía mexicana del souvenir hacia el lujo.

El propósito reconoce una desigualdad: técnicas complejas permanecen confinadas a categorías comerciales menores, mientras las casas de moda adquieren prestigio al incorporarlas. Elevarlas exige cuestionar el sistema que estableció esa jerarquía. Una firma latinoamericana de lujo tendría que redistribuir valor y autoridad entre la marca, los talleres, los artesanos y las comunidades donde se originó el conocimiento.
Esa ambición distingue el proyecto de Campillo de una práctica puramente autoral. El diseñador quiere construir una casa de lujo latinoamericana. La empresa produce en México, trabaja con talleres locales y defiende materiales responsables. Compite, sin embargo, dentro de una industria cuyos calendarios, compradores, medios y capital continúan concentrados fuera de la región.
Presentarse en Nueva York amplía su mercado y somete la ropa al escrutinio internacional. También crea el riesgo de confundir visibilidad con pertenencia. Participar en ese sistema exige conservar la capacidad de definir el proyecto desde México.

Su trayectoria pertenece a una generación que entiende la procedencia como un campo de investigación, más que como una identidad destinada a permanecer intacta. Desde ahí, Campillo propone una idea de lujo vinculada con la memoria, la materialidad y el conocimiento local.
El alcance de su proyecto reside en haber convertido una experiencia íntima, un traje heredado y un cuerpo transformado al vestirlo, en una reflexión más amplia sobre las formas mediante las cuales la ropa organiza el deseo, la pertenencia y la representación.
Modelos: Franklin Bosstos para In The Park Management y Gael GP para Queta Rojas.
Realización: Daniel Zepeda. Grooming: Roberto Sierra.