Cine como refugio, cine como trinchera: una conversación con Souleyman Messalti

ALT* regresa con fuerza como el primer festival de cine documental LGBT+ en América Latina, un espacio libre y crítico que celebra la vida queer y denuncia la violencia que persiste.

Fotografía cortesía

En un continente atravesado por fisuras políticas, violencia estructural y discursos que insisten en negar lo diverso, el cine se convierte en más que una forma de arte: se vuelve un acto de resistencia. En ese espíritu nace y crece ALT*, el primer festival de cine documental LGBT+ de América Latina. Fundado por Souleyman Messalti, el proyecto irrumpe con una segunda edición que no solo celebra la vida queer en toda su multiplicidad, sino que también se posiciona como un espacio de denuncia, de abrazo y de posibilidad.

Desde su concepción, ALT* ha sido mucho más que una muestra de cine. Es un manifiesto. Una declaración política en forma de pantalla encendida. En esta edición, se recibieron más de 150 documentales provenientes de 23 países y se seleccionaron 17 títulos que no piden permiso para existir. Son relatos que exploran la potencia creativa del deseo, la resiliencia de los cuerpos y las formas de amar y habitar el mundo fuera de la norma. Pero también denuncian—con elocuencia urgente—la censura, la violencia y la opresión que persisten desde Brasil hasta El Salvador, desde México hasta Perú.

Souleyman Messalti, su fundador, entiende el cine como una forma radical de contar verdades. En su mirada, el documental no solo representa: encarna. Y es en esa encarnación donde ALT* encuentra su latido: en la memoria recuperada, en el archivo re-imaginado, en la intimidad compartida, en la colectividad reinventada.

Conversar con él es adentrarse en los márgenes donde sucede lo vital, donde el cine documental no se conforma con contar historias, sino que ayuda a explorar otras realidades posibles. Hablamos sobre el origen del festival, los retos de curar en contextos hostiles y la necesidad de crear espacios seguros, críticos y radicalmente libres para nuestras voces.

Porque cuando el mundo se vuelve más hostil, ALT* responde con lo más poderoso: comunidad y cine.

ALT*
ANHELL69, Theo Montoya
ALT*
Flores del Otro Patio, Jorge Cadena

ALT* es el primer festival de cine documental LGBT+ de América Latina. ¿Cómo nace esta idea y qué urgencias te llevaron a materializarla?

    ALT* nació de una mezcla de cosas: mi amor por el cine documental, mi experiencia cubriendo contextos difíciles como periodista, y sobre todo, la falta de espacios donde se mostraran historias queer con mirada propia. Aunque yo no soy de aquí, algo que he aprendido es que hay realidades que se repiten, aunque cambien los acentos.

    Siempre había tenido la idea de organizar un festival, pero durante muchas conversaciones con amigxs —que luego se volvieron colegas— un día simplemente dijimos: ”¿Y si lo hacemos?” Y así empezó todo.

    ALT* surge de esa necesidad de visibilizar, pero también de celebrar.

    En una región donde las voces queer son reprimidas o invisibilizadas, ¿qué papel puede jugar el documental como forma de resistencia y archivo?

    El documental tiene algo muy poderoso: puede mostrar lo que a veces no se quiere ver. Pero no se trata solo de denunciar, también es una forma de emocionar, de conectar, de dejar huella. A mí, como cineasta, me interesa esa capacidad que tiene el cine de acercar a personas que, de otra forma, nunca se habrían encontrado.

    Y además, con ALT* también quería romper con esa idea de que el documental es algo denso, lineal o aburrido. Hay piezas increíblemente creativas, híbridas, experimentales… formas muy distintas de contar lo real. Mostrar esa diversidad también es parte de la resistencia.

    No siempre hay que gritar para incomodar; a veces basta con observar bien y contar las cosas con sensibilidad.

    De esta segunda edición. ¿Qué fue lo que más te conmovió o sorprendió de las historias que llegaron para la selección?

    Me conmovió profundamente la valentía con la que muchxs narradorxs cuentan sus historias, incluso sabiendo los riesgos que enfrentan. Recibimos materiales desde países donde la homosexualidad es peligrosa o donde ser trans implica vivir en un estado de alerta permanente. Pero también hubo historias llenas de deseo, de humor, de goce.

    Esa dualidad —el dolor y la celebración— es algo que atraviesa esta edición.

    Se habla de interseccionalidad como eje curatorial. ¿Qué conexiones han sido más poderosas o reveladoras entre las identidades LGBT+ y temas como la migración, el racismo o la herencia colonial?

    Muchas películas nos mostraron cómo la identidad no se puede entender en una sola capa.

    Las historias que vinculan identidad queer con desplazamiento forzado, racismo estructural o violencia postcolonial son urgentes. Una película que retrata a una mujer trans migrante que cruza fronteras no está hablando solo de género, sino de políticas migratorias, del legado de las dictaduras, del racismo en los cuerpos racializadxs. La interseccionalidad no es una consigna, es una necesidad curatorial para entender la complejidad de las realidades para las personas LGBT+.

    En vez de limitarse a salas de cine tradicionales, ALT se expande a nueve sedes por toda la CDMX. ¿Qué significa descentralizar el acceso al cine queer y llevarlo a distintos territorios de la ciudad?

    Queríamos que el festival no fuera solo para quienes ya están en la conversación. Por eso decidimos llevar las funciones a distintos espacios —una playa, una tienda vaquera que por la noche es antro, etc.— porque el cine queer también tiene que ser callejero, inesperado, cercano. No se trata solo de proyectar películas, sino de crear comunidad en cada proyección.

    Las cifras que rodean a la violencia hacia la comunidad LGBTQI+ en la región son alarmantes. ¿Cómo equilibran esa dureza con el deseo de que el festival también sea un espacio de celebración?

    Resistir también es bailar. Si solo respondemos a la violencia con dolor, ellxs ganan. ALT* quiere ser un espacio donde podamos llorar, sí, pero también reírnos, coquetear, construir amor. Nuestra voguing party, performances, fiestas, también son parte de la resistencia.

    ¿De qué manera el arte y la cultura se han convertido en herramientas de resistencia para la comunidad LGBT+ en América Latina?

    Creo que el arte no necesita ser panfleto para ser político. En contextos donde todo te empuja al silencio, crear ya es un acto de resistencia. Y eso se ve en las películas, en las fiestas, en los performance.

    Más que trinchera, para muchxs el arte es también refugio, espacio seguro, posibilidad de futuro.

    ¿Qué esperas que el público —tanto dentro como fuera de la comunidad— se lleve después de ver estas películas?

    Que se conmuevan, que se rían, que se queden pensando. No queremos dar respuestas cerradas, sino abrir preguntas.

    Si alguien sale del cine queriendo saber más, o simplemente conmovidx por una historia que no conocía, ya hicimos algo bien.

    ¿Cuál ha sido el reto más grande de levantar un festival con estas características en una región como esta?

    Lo logístico, claro: presupuestos limitados, permisos, tiempos que no siempre juegan a favor… Pero nada de esto habría sido posible sin el equipo increíble que está detrás del festival.

    Desde lxs productorxs hasta nuestrxs diseñadorxs, cada persona involucrada le puso no solo tiempo, sino muchísimo corazón. Es gente apasionada, comprometida y con una sensibilidad brutal. Y al final, eso es lo que marcó la diferencia: un equipo que creyó en el proyecto desde el principio y lo hizo suyo.

    Y por supuesto, el apoyo de adidas fue clave para que todo esto pudiera tomar forma como lo imaginábamos. Apostaron por la cultura, por lo queer, y por las historias que necesitamos contar.

    Finalmente, ¿qué te gustaría que ALT significara dentro de unos años? ¿Cuál es tu sueño a largo plazo para este proyecto?

    Me encantaría que ALT* se volviera un punto de referencia sin perder su espíritu libre y experimental. Un espacio para descubrir nuevas voces y compartir historias que rara vez se ven en otros lugares.

    Y quizás, en el futuro, podamos llevar el festival a otras ciudades o países. Crear una red de cine queer que cruce fronteras es un sueño que nos motiva mucho.