
En Pecados Inconfesables, nadie es inocente. Es por eso que, al conversar aún a la distancia con Zuria Vega y Andrés Baida, la plática rápidamente se desliza hacia zonas incómodas: la culpa, los límites morales, la vulnerabilidad, la exposición del cuerpo. También la exposición del alma.
“¿Estás seguro de que Claudio es el villano?”, responde Vega, entre risa y seriedad, cuando se le sugiere que su coprotagonista carga con el peso de la maldad en la serie. Porque en este thriller las máscaras caen capítulo a capítulo y lo que parecía claro se vuelve oscuro. “La pregunta es: ¿quiénes somos cuando nadie nos ve?”, apunta la actriz, quien interpreta a Elena, una madre que desborda silencios y contradicciones.
Esta nueva producción de Netflix conversa siempre con la intensidad. Es común que el erotismo acabe en lo vulgar; sucede porque el morbo empieza donde el lenguaje termina. En esta serie las escenas eróticas son parte de ese lenguaje. “Ahí es donde Elena se permite sentir, liberar todo lo contenido”, dice Vega.
Para Andrés Baida el reto fue similar: desnudarse más allá de lo físico, tocar lo emocional. “A veces disfrutas incluso hacer cosas moralmente cuestionables en la ficción, porque te dan la oportunidad de explorar lo que normalmente no harías. Pero hay personajes que ni siquiera tú sabes cómo defender”. Ambos coinciden: lo erótico aquí es un síntoma. Es cuando los personajes, ya sin palabras, exponen su nervio vivo.
En exclusiva para M Revista de Milenio, Zuria Vega y Andrés Baida nos hablan de Elena e Iván, los personajes que ellos mismos viven en cada latir.


El cuerpo como deseo, como control, es el punto central de la narrativa ¿Cómo fue para ustedes habitar personajes cuya intimidad está tan expuesta, no solo física sino emocionalmente? ¿Sintieron que se tuvieron que exponer ustedes de la misma manera?
Zuria Vega: Creo que atinaste exactamente a lo queremos decir. El nivel de vulnerabilidad y exposición física está ahí, sin duda, no se puede negar. Existe todo un trabajo previo con el coach de intimidad, con los compañeros y demás, pero yo creo que la verdadera clave está en lo expuestos que estamos emocionalmente. En lo vulnerables que estamos para que la historia se cuente como se tiene que contar.
Claro que te sientes vulnerable. Te sientes expuesto, emocionalmente abierto, y tienes que generar todo eso en segundos. A veces contrarreloj, a veces rodeado de 50 personas diciendo ‘protección por acá’, ‘esto por allá’, ‘tienen que amarse’, ‘llevan respirando el mismo aire 70 horas’. No es fácil.
Aquí necesitas que el espectador se enamore de los personajes, que les pasen muchas cosas, que realmente quieras que estén juntos. Porque si no logras eso, fallamos en lo que hicimos.
¿Sintieron culpa al interpretar a Elena e Iván?
ZV: Más que culpa, me hacía muchas preguntas. Elena, como madre, me confrontó con mis propios límites. Pensé: “¿esto que está haciendo está mal o solo es una reacción humana?”.
Andrés Baida: Yo no sentí culpa. Incluso cuando Iván hace cosas moralmente dudosas, lo disfruté. Porque en la ficción puedes derribar tus propios juicios y explorar otras emociones.

¿Son necesarias las partes eróticas? ¿Sería distinto si la serie no las tuviera?
ZV: Yo no hubiera aceptado hacer la serie si no fuera así. De verdad lo creo. Si solo ves un capítulo, quizá no entiendas del todo lo que estoy diciendo, pero cuando ves los 18, te das cuenta de que todo el erotismo en la serie es consecuencia de la narrativa y de las emociones de los personajes.
Hablando particularmente de Elena: es una mujer contenida, todo el tiempo. Le puedes ver el pensamiento —si acaso—, porque muchas veces dice más en los silencios que en las palabras. Y las escenas eróticas son el único espacio donde ella realmente suelta todo: el fuego, lo que reprime, lo que sobrelleva. Y creo que eso se replica en cada personaje.
AB: Terminamos comunicándonos incluso más durante esas escenas, porque es cuando estamos completamente expuestos. Hasta cuando los personajes están solos siguen ocultando cosas. Pero en ese momento, en esos encuentros, ya no hay nada que ocultar. Son los nervios expuestos teniendo ese instante. Y eso es lo interesante de construir con estos personajes: no se trata solo de mostrar, sino de dejar que suceda lo que no está dicho.
¿Qué pasaba por sus cabezas cuando leían el guion?
ZV: Para mí, el primer síntoma para hacer o no un proyecto es lo que me pasa al leer el guion. Si lo leo y me cuesta trabajo avanzar, lo dejo a la mitad. Después me presionan y tengo que forzarme a leer. Ahí ya sé que algo no está bien. Pero con Pecados [Inconfesables], dije: ‘Voy a leer tres episodios’, porque iba en un vuelo y de pronto ya iba en el octavo. ‘Si esto me está pasando a mí, seguro le va a pasar al público también’, pensé.
Además, en lo personal, es un tipo de personaje y un género que no había explorado en mi carrera, y sentí que era el momento perfecto para hacerlo.
AB: A mí me encantó. Me clavé muchísimo. Y cuando eso me pasa, es porque de verdad hay algo distinto. Me cuesta mucho leer —muchísimo—. Me cuesta que algo me capture de verdad. Pero últimamente, por suerte, me han tocado varios guiones que sí lo logran, y este fue uno de esos. Lo agradecí un mucho.
Y hablando de 18 capítulos… haberlos leído todos ya es un logro para mí, pero también para los guionistas. El tema del thriller, ya viéndolo en pantalla, te atrapa.
Pecados Inconfesables ya está disponible en Netflix y actualmente se encuentra la posición número dos de las series más populares de la plataforma en México.