Galea x Emmer & Rye: el sabor como territorio compartido

Durante dos días, el comedor de Galea fue escenario de una colaboración que cruzó fronteras y estilos de cocina.

Fotografía: Daniela Gutiérrez

Noche lluviosa en la Roma. Afuera, los conductores pelean por espacio con el ruido de los cláxones. Adentro, en Galea, el tiempo se diluye. Lo que ocurre dentro es puro pulso.

La escena: Rafael Zaga y Michelle Catarata, quienes ya hicieron de Galea uno de los lugares más sólidos de la gastronomía chilanga (y, personalmente, uno de mis favoritos), invitan a la chef Alexa Mejía de Emmer & Rye, uno de esos templos texanos donde cada grano se trata como si fuera oro molido. Lo demás es cocina: seis tiempos. El mismo idioma.

El menú empieza con dos Johnny cakes, donde el plátano macho abraza a la stracciatella, y juntos forman una dulzura que contrasta con lo salado de la masa. Luego llega el crudo de trucha, que no es solo fresco, es eléctrico: miso de elote, confetti de chiles locales y albahaca. El rotolo —de conejo con ragú toscano— es pura caricia rústica: kale, pecorino y un jus que contrarresta la densidad de su corteza. La pesca da un giro: flor de calabaza rellena de camarón, calabacín confitado y un fondo que amarra todo con paciencia. Y el postre, como siempre, armonioso. Maíz criollo, chocolate blanco y cacahuates: dulce, terroso, inesperado.

La colaboración se siente como una conversación entre colegas, no como un duelo de egos. Las mesas hablan bajo. El vino corre. La experiencia no está hecha para durar, y eso la vuelve urgente. Dos noches, dos turnos. Luego, desaparece, como las mejores cosas.

GALEA
Cortesía de Galea.

Y eso fue Galea × Emmer & Rye. Una cena con alma. De esas que no pides, pero agradeces. Porque cuando tres cocineros deciden hablar con ingredientes en lugar de palabras, lo mejor que uno puede hacer es sentarse, callarse, y escuchar con el paladar.