
La obra de Pedro Ramírez Vázquez ocupa un lugar singular dentro de la historia visual mexicana porque logró algo excepcionalmente difícil: convertir la arquitectura pública en una forma de identidad colectiva. Sus edificios no solamente organizaron el espacio urbano moderno del país. También produjeron imágenes duraderas de nación, progreso y pertenencia cultural que permanecen profundamente integradas al imaginario mexicano contemporáneo.
El Museo Nacional de Antropología, el Estadio Azteca o la identidad gráfica de 1968 Summer Olympics comparten una misma ambición. La búsqueda de un lenguaje moderno capaz de proyectar a México hacia el futuro sin romper completamente con las tensiones históricas, simbólicas y materiales que atraviesan su identidad cultural. La monumentalidad en Ramírez Vázquez nunca aparece desligada de lo ritual. Sus espacios fueron concebidos para contener experiencia colectiva.
Gramo retoma ahora parte de esa herencia visual mediante una colaboración desarrollada junto al Archivo Pedro Ramírez Vázquez. Los modelos Origen y Legado trasladan ciertos principios asociados a la arquitectura moderna mexicana hacia una escala mucho más íntima y corporal. El armazón funciona aquí como un objeto de diseño, aunque también como una extensión material de memoria cultural.
Existe algo particularmente interesante en la decisión de trabajar sobre los lentes personales del arquitecto como punto de partida conceptual. La modernidad latinoamericana construyó buena parte de sus imaginarios a través de figuras intelectuales cuya presencia pública permanecía profundamente ligada a ciertos objetos reconocibles: gafas, libretas, plumas o escritorios que terminaban funcionando como prolongaciones visibles de pensamiento y autoridad cultural.


El modelo Origen recupera esa dimensión desde una lectura contenida y precisa. Su silueta panto-geométrica remite directamente al racionalismo modernista de mediados del siglo XX, mientras el puente pronunciado introduce una estructura casi arquitectónica en la distribución visual del objeto. La utilización de acetato Mazzucchelli y remaches horizontales evita cualquier exceso ornamental y privilegia una relación más cercana con la lógica constructiva.
La presencia de la “X” sobre las varillas resulta especialmente significativa. Más que un elemento decorativo, aparece como condensación simbólica de una obsesión recurrente dentro de la obra de Ramírez Vázquez. La intersección entre geometría, territorio y mestizaje cultural. La “X” funciona simultáneamente como coordenada espacial, síntesis gráfica y signo identitario profundamente ligado a la visualidad mexicana moderna.

También resulta imposible separar esta colección del momento histórico específico al que remite. La década de los sesenta representó para México una etapa donde arquitectura, diseño gráfico, urbanismo y cultura visual operaban bajo una misma idea de modernización nacional. Ramírez Vázquez entendió que la construcción de espacios públicos también implicaba construir narrativas simbólicas sobre el país.
Lo interesante de la colaboración no reside únicamente en el homenaje histórico. Su potencia aparece más bien en cómo traslada principios asociados a monumentalidad y espacio público hacia un objeto cotidiano pensado para acompañar el cuerpo individualmente. La arquitectura abandona momentáneamente la escala urbana y se convierte en una forma portátil de memoria visual.