
Hamnet, dirigida por Chloé Zhao y coescrita junto a Maggie O’Farrell, propone una mirada particular sobre el duelo y la pérdida. La película imagina el origen emocional de una de las obras más célebres de William Shakespeare: Hamlet. Pero lo hace desde un lugar inesperado: en lugar de poner el foco sobre él, la historia se sitúa en la experiencia de Agnes, su esposa, y en la forma en que ella atraviesa la muerte de su hijo. Es, en esencia, una historia sobre cómo se habita el duelo cuando el mundo sigue avanzando.
Desde el inicio, Agnes aparece como una mujer profundamente conectada con su intuición. Vive y siente desde el cuerpo, lo que la lleva a una relación íntima con la naturaleza y con las fuerzas invisibles que atraviesan el mundo. Escucha aquello que no tiene voz y lo acompaña. Su fascinación por la existencia misma funciona como un respiro frente a la superficialidad que la rodea. En su manera de habitar el mundo reside, en sí misma, una forma de belleza.

Por otra parte, William Shakespeare aparece más ligado a la mente que al cuerpo. Esto no significa que carezca de sensibilidad, sino que la expresa y la habita de una manera distinta a Agnes. Es un personaje apasionado que, aunque a menudo se deja guiar por lo que la razón o el deber parecen exigir, ama profundamente. Esta diferencia entre ambos resulta clave para comprender el desenlace de la historia.
La atmósfera de la película se siente poética, casi etérea y profundamente contemplativa. El diseño de producción presenta paisajes que dialogan con la personalidad de los personajes, mientras que el vestuario y el maquillaje destacan por la forma cruda y auténtica en que retratan el ambiente de la época. Asimismo, la fotografía se apoya casi por completo en el uso de luz natural, lo que aporta el realismo necesario a la historia. Los planos abiertos construyen momentos de contemplación y distancia, mientras que los planos cerrados revelan una intensidad emocional que cala hasta los huesos.

Sin embargo, a pesar de comprender racionalmente todas estas decisiones formales, había algo que no terminaba de funcionar para mí. No lograba sentirme completamente dentro de la película. Como alguien particularmente atraída por temas como el duelo, la memoria y las relaciones humanas, me sorprendía no conectar tanto como esperaba. Esa sensación incluso venía acompañada de una culpa muy específica. Me encontré preguntándome: ¿cómo podía ser que una película que aborda un tema tan duro no lograra hacerme sentir?
Es claro que la película retrata una parte de la vida de un artista y, al mismo tiempo, busca ser una obra artística en sí misma. Sin embargo, en algunos momentos esta intención parece llevarla hacia un tono excesivamente poético e incluso místico.
La narrativa está cargada de simbolismos que buscan guiar al espectador por una experiencia muy específica. El problema surge cuando estos recursos se vuelven demasiado constantes. La película comienza a sentirse demasiado consciente de sí misma y en consecuencia pierde naturalidad. Las emociones parecen flotar en lugar de aterrizar y cada momento se percibe más como una representación que como una experiencia vivida.
Entiendo las razones detrás de estas decisiones, pero quizás habría sido interesante permitir que algunas escenas respiraran más, que encontraran momentos de mayor cotidianidad. Incluso el lenguaje, que intenta reflejar la época de William Shakespeare, puede sentirse por momentos demasiado elevado.
Aun siendo escritora de poesía y profundamente atraída por los simbolismos y las metáforas, no siempre sentí que este enfoque funcionara del todo. Sería hipócrita afirmar lo contrario cuando en ciertos momentos, la película llegaba a sentirse más cercana a una declamación que a una experiencia cinematográfica.

Al mismo tiempo, el ritmo, una pieza fundamental del lenguaje cinematográfico, juega aquí un papel particularmente intrigante. Al término de varias escenas aparece un fundido a negro, y cada uno de esos momentos se siente como un pequeño final, casi como una despedida. Lo curioso es que en varias ocasiones estos cortes parecían interrumpir la emoción. Había instantes en los que sentía que estaba a punto de llorar, pero no terminaba de hacerlo porque inmediatamente el negro profundo se apoderaba de la pantalla.
Esto resulta especialmente evidente en una de las escenas más devastadoras de la película: la muerte de Hamnet. En ese momento se percibe con claridad el dolor y la impotencia que atraviesan a Agnes, interpretada magistralmente por Jessie Buckley. Sin embargo, esa emoción no terminaba de atravesarme a mí. La comprendía, pero no lograba habitarla. Y sospecho que esto se debe precisamente a esas decisiones de montaje: cortes abruptos que detienen la escena justo cuando la emoción parece estar a un paso de desplegarse por completo.
Estaba a punto de concluir que la película no había sido lo que esperaba, hasta que algo cambió en la escena final. Agnes se ve obligada a viajar a Londres para descubrir qué es lo que su esposo ha estado creando durante su ausencia. Al llegar al teatro, observa con desconcierto la obra que Shakespeare, interpretado por Paul Mescal, presenta ante el público.
Al principio, ni ella ni yo parecíamos entender del todo lo que estaba ocurriendo. En el escenario se representaba Hamlet. En esa obra, el padre de Hamlet regresa de la muerte en forma de fantasma para hablar con su hijo. Pero en ese momento la escena adquiere un significado distinto. Hamlet deja de ser solo el personaje de la tragedia y se convierte inevitablemente en Hamnet, el hijo muerto de Agnes y Shakespeare. De pronto, el teatro permite algo imposible en la vida real: que el hijo vuelva a existir por un instante. Al mismo tiempo, Shakespeare, interpretando al fantasma del padre, invierte simbólicamente los papeles y tiene la oportunidad de encontrarse con su hijo.
Después de eso, como parte de la obra, Hamlet es apuñalado y comienza a morir. Agnes, que se encuentra en primera fila, le extiende la mano sin pensarlo. La música de Max Richter, que hasta entonces parecía contenida o distante, termina por desbordarse, abriendo esa grieta por la que finalmente entra toda la emoción. Fue en ese momento cuando todo cobró sentido.
Justo ahí aparece todo lo que antes parecía haberse quedado contenido. El duelo se condensa en un solo movimiento, uno que llega de pronto, sin aviso. Se siente fugaz, pero infinito al mismo tiempo. Una puñalada en los pulmones que ya no deja respirar.

Agnes está viendo a su hijo frente a ella. Está viendo cómo su esposo lo ha inmortalizado en una obra de teatro. Hamnet viviría ahí para siempre. Entonces ocurre algo aún más inesperado: las personas alrededor también extienden la mano hacia Hamlet. Por primera vez, Agnes siente que los demás se detienen junto con ella en su dolor, que lo comprenden, que no huyen de él. Lo acompañan.
En medio de ese instante sucede algo hermoso. Shakespeare y Agnes se miran. Es el momento en que ella comprende que él no había dejado de sufrir, simplemente había elegido hacer algo con su dolor. Transformarlo en arte.

Ese momento también obliga a replantear algo más amplio. ¿Hasta qué punto el cine puede manipular su propio lenguaje para comunicar algo sin poner en riesgo la emoción del espectador?
Tal vez esa sensación de incompletitud o fragmentación fue una decisión consciente: no solo contar una historia sobre el duelo, sino representarlo a través del propio lenguaje cinematográfico. Porque así se vive el duelo. Como algo que puede permanecer contenido y llega de la nada: con un gesto, un olor, una canción, una mirada, un recuerdo.
De pronto lo sentimos en todo el cuerpo, sin que pida permiso. Nos atraviesa.
Y por eso el arte resulta tan poderoso aquí. Sostiene aquello que cuesta cargar. Expande la emoción y abre posibilidades dentro del dolor. Permite que el duelo deje de vivirse en soledad y pase a ser compartido. Y así, aunque sea un poco, ahoga menos.