Hotel Splendido y la defensa del ocio

En Portofino, el Belmond Hotel Splendido conserva la esencia de la Dolce Vita: lujo silencioso, belleza intacta y la elegancia ritual de otro siglo.

Fotografía cortesía.

Pasar tiempo en Portofino se siente como estar atrapada en un verano del siglo XX que se repite con la obstinación de un recuerdo. Desde la terraza del Belmond Hotel Splendido, ese recuerdo adquiere forma física; la bahía curva, la bruma matinal, la lentitud que solo los puertos más antiguos logran conservar sin parecer decadentes.

El Splendido, encaramado en la colina que domina el puerto, fue primero un monasterio benedictino del siglo XVI y después —en un gesto típicamente europeo— un refugio para aristócratas que transformaron la fe en estética y el retiro espiritual en arte de vivir. Para mí no hay nada más coherente: el hedonismo, en el fondo, no es sino una forma secular de disciplina.

En sus terrazas pude entender perfectamente de dónde nació la Dolce Vita, esa religión sin dogma que Italia inventó y el mundo adoptó. Portofino es su meca al aire libre, el lugar donde la luz, el cuerpo y la conversación alcanzaron una especie de equilibrio moral. El Belmond Hotel Splendido conserva esa calma ceremoniosa. Las cortinas, el mármol, los espejos. 

A la hora del aperitivo, el puerto se transforma en teatro. Las embarcaciones se alinean como espectadores; los hombres visten lino con sprezzatura estudiada; las mujeres se sientan con esa naturalidad que solo da la certeza de haber sido miradas muchas veces. 

Y cuando cae la noche, la verdadera ceremonia comienza. Vladi, el pianista del Splendido, se sienta frente al teclado en el bar, y lo que sigue es una liturgia. Su repertorio es una arqueología sentimental: Porter, Sinatra, Mina. A veces improvisa, otras repite un acorde que los huéspedes reconocen con una sonrisa. En su manera de tocar hay algo de plegaria y algo de despedida, como si cada noche quisiera conservar intacto el último resplandor del día.

El Splendido, como el propio siglo XX europeo, vive de la melancolía del refinamiento. Imagino que así se experimentaba el lujo antes de que se volviera espectáculo: un ejercicio de proporción, de silencio, de inteligencia aplicada a lo cotidiano. En esa terraza, con un martini en la mano y el mar dispuesto, uno entiende que el verdadero privilegio no es poseer, sino experimentar.

Portofino no ha cambiado. Ha resistido al turismo, a la ironía posmoderna, a la vulgaridad del consumo. Sigue siendo un escenario donde lo bello no se explica. Allí, la Dolce Vita sobrevive como un idioma que solo algunos aún recuerdan hablar. El Belmond Hotel Splendido es su última gramática, un tratado sobre la permanencia del estilo en una época que confunde el lujo con el ruido. Desde sus balcones, el mundo parece más comprensible, como si la civilización —esa palabra que ahora suena antigua— siguiera viva en los gestos mínimos: en el pliegue de una servilleta, en la curva de una copa, en la manera en que el sol se despide, cada tarde, como si todavía creyera en el esplendor.

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