La infancia mexicana ya crece entre algoritmos

Niñas, niños y adolescentes en México usan internet cada vez más temprano. El reto ya no es solo el tiempo de pantalla, sino su privacidad y seguridad digital.

Durante años, la conversación sobre infancia y tecnología se concentró en el tiempo de pantalla. Cuántas horas eran demasiadas. Cuándo había que apagar el dispositivo. Qué tan perjudicial podía ser una tarde entera frente a YouTube o TikTok. Hoy esa discusión sigue vigente, pero ya no alcanza. El verdadero problema es más amplio: mientras la educación, el entretenimiento y la vida cotidiana de la infancia mexicana se trasladan cada vez más a entornos digitales, también se vuelve más urgente preguntarse qué pasa con su privacidad, su seguridad y la información que dejan detrás.

En México, más de 100 millones de personas mayores de seis años usan internet, lo que equivale al 83.1% de la población. En los grupos de entre 6 y 11 años, y de 12 a 17, el uso alcanza 79.7% y 95.1%, respectivamente. A eso se suma el tiempo: 2.6 horas diarias en el primer grupo y 4.5 en el segundo. No se trata de una presencia ocasional, sino de una convivencia estructural con plataformas, dispositivos y algoritmos.

Ese ecosistema es cada vez más híbrido. El juego tradicional no desapareció, pero ahora convive con teléfonos inteligentes, videos de corta duración, chats, videojuegos y sistemas de recomendación que fragmentan la atención desde edades muy tempranas. Según la Encuesta Nacional de Consumo de Contenidos Audiovisuales, 80% de los niños prefiere usar YouTube y 41% TikTok. El dato es importante no solo por la magnitud, sino por el contexto: ambas plataformas funcionan sobre una lógica de captura continua de atención, y en muchos casos operan con edades mínimas que no siempre se respetan o supervisan de forma real.

El punto más delicado no es simplemente que haya mucho contenido, sino que buena parte de ese contenido circula en un entorno de baja supervisión. El acceso ocurre sobre todo desde smartphones y con un pico de actividad entre las 21:00 y las 21:30 horas, un momento del día en el que la vigilancia parental suele disminuir. Ahí es donde el problema cambia de escala: lo que parece una rutina doméstica termina exponiendo a menores a contenidos inadecuados, al uso indebido de sus datos personales o a contactos con terceros que no deberían tener acceso a ellos.

A esto se suma una variable nueva y más difícil de controlar: la inteligencia artificial generativa. Gabriela Espinosa, especialista en Privacidad y Protección de Datos de Arochi & Lindner, advierte que una de las zonas más vulnerables está en la creación de imágenes falsas a partir de fotos o videos reales de menores, así como en las interacciones por chat con desconocidos. UNICEF ya ha advertido que estos materiales manipulados pueden ser utilizados con fines de acoso, extorsión o abuso sexual infantil. La dimensión del problema dejó de ser teórica. En 2025, al menos 1.2 millones de niñas y niños en 11 países, incluido México, reportaron haber sido afectados por manipulaciones de sus imágenes con contenido sexual explícito falso.

La situación se vuelve todavía más compleja por una práctica aparentemente inocua, pero cada vez más discutida: el sharenting. Es decir, la sobreexposición de hijas e hijos por parte de sus propios padres en redes sociales. Fotos, videos, celebraciones, rutinas escolares, momentos íntimos. Todo eso construye una huella digital antes de que el menor tenga edad para decidir qué quiere mostrar y qué no. La frontera entre compartir y vulnerar se vuelve cada vez más inestable.

La respuesta no puede limitarse al miedo tecnológico ni a la prohibición general. Lo que distintos especialistas proponen es algo más básico y más difícil: educación digital real. Revisar permisos de cámaras y micrófonos, ajustar configuraciones de privacidad, activar controles parentales, limitar tiempos de uso, explicar cómo funciona la inteligencia artificial y ejercer derechos como la eliminación de datos o imágenes cuando sea necesario. Son medidas concretas, pero sobre todo implican asumir que la protección digital ya forma parte del cuidado cotidiano.

En el fondo, el problema no es internet. Es la idea de que niñas y niños pueden navegarlo solos mientras los adultos apenas entienden cómo funciona. En una cultura digital donde la imagen, la voz y los datos circulan con demasiada facilidad, acompañar también significa aprender. Y quizá esa sea hoy una de las formas más urgentes de cuidado.