Jane Goodall: resonancia eterna de la Tierra

Jane Goodall, pionera en la primatología, revolucionó la ciencia con empatía y dedicó su vida a la defensa de la naturaleza.

Fotografía cortesía.

Jane Goodall nunca quiso ser una científica distante. Cuando en 1960 llegó a la selva de Gombe, en Tanzania, no llevaba bata ni instrumentos fríos de laboratorio. En su cuerpo cargaba solo con paciencia, curiosidad y una mirada que se atrevía a ver al mundo que la rodeaba como algo más que un objeto de estudio. Con un cuaderno en mano y respeto inusual, decidió darles nombres —Flo, Fifi, David Barba Gris—. Con este acto tan simple rompió con los rígidos moldes de la ciencia. Desde entonces, nadie volvió a mirar a los primates de la misma manera.

La etóloga y primatóloga británica murió este 1 de octubre en California, a los 91 años, mientras aún estaba de gira con sus conferencias. Su vida fue un acto ininterrumpido de observación, defensa y divulgación. Vio en la tierra su acústica rebelde y la convirtió en una causa urgente.

Hija de la posguerra inglesa, su vocación apareció temprano. Con apenas cuatro años se escondió en un gallinero para descubrir por sí misma cómo salía un huevo de una gallina. A los 23 viajó a África, donde conoció al antropólogo Louis Leakey, quien intuyó en esa joven sin títulos formales la valentía y sensibilidad necesarias. Su destino, desde la concepción, fue adentrarse en lo desconocido. En Gombe, Goodall demostró que los chimpancés fabricaban herramientas, se organizaban en jerarquías, expresaban emociones y eran capaces de lazos tan complejos como los nuestros.

Sus hallazgos, difundidos a través de documentales de National Geographic, fascinaron al público y revolucionaron la primatología. Con ellos desafió las definiciones mismas de lo que significa ser humano. Como dijo Leakey: “Ahora debemos redefinir ‘herramienta’, redefinir ‘hombre’ o aceptar a los chimpancés como humanos”.

Mensajera de la Paz de la ONU, Dama del Imperio Británico y receptora de la Medalla de la Libertad de Estados Unidos. Tan solo el principio de una vida llena de logros. Goodall acumuló honores sin abandonar nunca el campo de batalla más urgente: la defensa de la naturaleza. En los últimos años se volvió cada vez más firme en su llamado contra la crisis climática. Sus ojos, más que sus palabras, decían que “nuestro futuro estará condenado” si no actuamos ya.

Deja más de 30 libros, decenas de documentales y un instituto que lleva su nombre. No es una minucia. Pero más importante tal vez es la herencia ética. La certeza de que la empatía no está reñida con la objetividad, y que el conocimiento científico puede y debe hacerse desde el respeto.

Jane Goodall se ha ido pero queda su mirada al mundo –compartida por millones al rededor del globo–, con ojos nuevos, con paciencia, con ternura.

1934 – 2025