Jonathan Anderson replantea la Alta Costura de Dior desde la escultura

En su segunda colección de Alta Costura para Dior, Jonathan Anderson toma la práctica escultórica de Lynda Benglis como punto de partida para reflexionar sobre el volumen, la materia y el trabajo artesanal.

Dior Alta Costura otoño/invierno 2026

Existe una diferencia fundamental entre decorar una superficie y modificar su naturaleza. La obra de Lynda Benglis siempre ha pertenecido a la segunda categoría. Sus esculturas no buscan representar un volumen; permiten que el propio material lo descubra mediante el pliegue, la gravedad o la tensión. Esa forma de entender la creación atraviesa la segunda colección de Alta Costura de Jonathan Anderson para Dior.

La afinidad entre ambos universos surge antes de cualquier referencia visual. Benglis parte con frecuencia de materiales bidimensionales que cambian de condición mediante procesos físicos. En el atelier ocurre algo parecido. Un tejido plano atraviesa una secuencia de intervenciones –plisar, anudar, drapear– hasta adquirir una arquitectura capaz de existir alrededor del cuerpo. La colección convierte esa coincidencia en su principal argumento.

Cada silueta parece construida desde el comportamiento del material y no desde un dibujo preconcebido. El plisado a mano, el anudado y el drapeado dejan de funcionar como acabados visibles para convertirse en decisiones estructurales. El volumen aparece como consecuencia del oficio y no como un efecto decorativo.

La presencia de Lynda Benglis también se extiende hacia el paisaje. Durante décadas, la artista ha mantenido una estrecha relación con Ahmedabad, en el estado de Gujarat, India. Allí desarrolló la serie Peacock, inspirada en los pavos reales que encontraba cotidianamente durante sus estancias. En la colección, esa memoria reaparece mediante composiciones florales bordadas y aplicaciones de pedrería que privilegian la textura antes que la representación literal.

Ese recorrido lleva naturalmente hacia otra tradición vinculada con la región: el chintz del siglo XVIII. Estos algodones pintados a mano o estampados con bloques transformaron profundamente las artes decorativas europeas y modificaron la circulación de motivos, colores y técnicas entre Oriente y Occidente. Jonathan Anderson incorpora fragmentos históricos de chintz e indianas en las bolsas Petit Dîner y las mini Lady Dior, estableciendo un diálogo directo con esa historia material.

Los paisajes también organizan la colección. La densidad cromática de Ahmedabad convive con la luz seca de Santa Fe, en Nuevo México, donde Benglis mantiene su estudio. La distancia entre ambos lugares no se presenta como un contraste geográfico, sino como una conversación sobre la manera en que el entorno modifica la percepción del color, la textura y la materia.

Esta colección también amplía la idea del laboratorio de Alta Costura de Dior desarrollada por Jonathan Anderson. El atelier deja de entenderse únicamente como un espacio donde se ejecutan técnicas excepcionales. Se convierte en un lugar de investigación, donde la historia del arte, la antropología del objeto y las tradiciones textiles participan en el mismo proceso creativo.

Quizá el aspecto más interesante de la colección sea precisamente aquello que no intenta demostrar. Jonathan Anderson no traduce la obra de Lynda Benglis al lenguaje de la moda. Adopta su manera de observar la materia y la incorpora al oficio de la Alta Costura. Esa diferencia modifica por completo la lectura del desfile. La inspiración deja de entenderse como una cuestión de formas reconocibles y comienza a operar como una forma de pensamiento.