Los Clásicos de Martínez y la comida como una forma de memoria

La colección gráfica reinterpreta los platillos más representativos del restaurante de Lucho Martínez y Fernanda Torres a través de escenas cotidianas sobre comida, vino y comunidad.

Los Clásicos de Martínez

Cada visita a Martínez se va acumulando en la memoria para crear una imagen casi casera, familiar. En la constante aparición y desaparición de restaurantes en la Roma, Martínez ha construido algo más cercano a una rutina afectiva. Se va por la comida, pero también por la posibilidad de reconocer una barra, volver a un plato conocido. De esa relación entre comida, memoria y vida cotidiana nace Los Clásicos de Martínez, una serie de seis postales ilustradas en colaboración con Can Can Press.

Me parece interesantísimo observar que la escena gastronómica contemporánea cada vez se acerca más a la lógica del culto. Los platillos se vuelven objetos de deseo, piezas reconocibles, casi símbolos de pertenencia. Los restaurantes, por su parte, han dejado de ser únicamente espacios para comer y se han convertido en universos culturales con códigos propios. Tienen merch, colaboraciones, objetos coleccionables y una comunidad que sigue, recomienda, fotografía y guarda. En ese cruce, la gastronomía empieza a producir memoria, lenguaje y pertenencia.

La colección con Can Can Press sí acerca los platillos del restaurante a ser objetos de culto, pero lo hace de una manera sutil, los observa como si fueran escenas. Como si cada clásico del menú cargara una pequeña coreografía social.

Una postal, por definición, es un objeto de traslado. Se manda desde un lugar para decir: estuve aquí, pensé en ti, quise guardar esto. En ese sentido, Martínez no está haciendo una pieza gráfica para decorar su identidad. Está proponiendo una extensión física de una experiencia que normalmente se disuelve.

Fundado por Lucho Martínez y Fernanda Torres, el restaurante ha logrado que su personalidad no dependa solo del prestigio de su cocina, sino de una atmósfera reconocible. Las ilustraciones de Can Can Press, estudio y sello editorial fundado por Gabino Azuela y Jackie Crespo, parten justamente de ahí. Retratan los clásicos de Martínez colocándolos dentro de escenas íntimas, con personas, gestos, barras, mesas y momentos que podrían pertenecer a cualquier tarde o noche en el restaurante.

La barra ocupa un lugar importante dentro de esta narrativa. Es un espacio de transición, donde se espera una mesa, se pide un primer trago o se mira de lejos el movimiento del salón. En Martínez, en cambio, parece tener vida propia. Es punto de encuentro, escenario de conversaciones espontáneas y una especie de frontera amable entre la cocina, el vino y la gente.

Lo interesante de Los Clásicos de Martínez es que parte de que la gastronomía no termina cuando se acaba el plato. Continúa en la manera en que un lugar se recuerda. En cómo alguien habla de una comida días después. En el objeto que se guarda, en la imagen que se lleva, en la postal que aparece entre libros, papeles o recuerdos de una noche. Por eso la colección se integrará a la experiencia en mesa. Los comensales podrán recibir las postales al ordenar ciertos platillos, como si cada clásico viniera acompañado de su propia memoria ilustrada.

Buena parte de la experiencia gastronómica se consume y desaparece en una historia de Instagram, es otro de los símbolos de pertenencia que mencioné previamente. Martínez apuesta por un objeto pequeño, impreso, casi anacrónico. Una postal. Algo que se puede tocar, guardar, regalar, reencontrar. Algo que no depende del algoritmo ni del instante. Comer es un acto destinado a desaparecer. Una postal, en cambio, intenta retener algo.

Un restaurante memorable no se construye únicamente con cocina, sino con repetición, afecto y recuerdo. Uno vuelve a ciertos lugares no solo porque comió bien, sino porque algo de sí mismo quedó ahí. En Martínez, ahora, ese algo también puede viajar en forma de postal.