Los detectives salvajes de Bolaño: Voces extraviadas en la historia

En Roberto Bolaño encontramos al último gestor de la literatura hispana. Autor de novelas que expanden al universo literario con formas y fondos que antes de él habían topado ya con pared.

Fotografía cortesía

Infrarrealista, inmortal, poseedor de tinta indeleble, poeta de carne y novelista de hueso. Roberto Bolaño vive entre los fantasmas que se arrastran por los bares de la Ciudad de México, La Rambla de Barcelona, las entrecalles de París, las empinadas de Valparaíso. También vive entre frases, entre letras de tinta seca, entre miles de renglones de novelas, poesías, cuentos, ensayos, críticas. Este segundo Bolaño existe por bondad del lector contemporáneo; del lector que llegará dentro de 50 años; del que ya lo fue y lo revivió, por tiempo limitado y borroso, pero que pudo volver a existir. 

Mexicanos perdidos en México

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En 1976, a los 23 años, junto con poetas como Mario Santiago Papasquiaro y Bruno Montané, el autor de Santiago firmaría un manifiesto que terminaría con la frase “Déjenlo todo, nuevamente, láncense a los caminos”. Esta sería tal vez, la tesis que llevaría tatuada en sus entrañas por el resto de sus días. 

A sus 40 años, en 1993, Bolaño recibiría un ultimátum corporal al ser diagnosticado con una enfermedad hepática que comenzaría su cuenta regresiva. Esto, el escritor lo tomó como la prueba definitiva del legado, la idea de poder vivir ajeno a su cuerpo. Un cuerpo castigado de humo de cigarro y una vida al borde del olvido. Esa obsesión por sobrevivir al descaro del tiempo lo obligó a resguardarse detrás de un escritorio, lo tanto inmenso como para albergar un teclado, la pantalla de un ordenador tan grande como el torso de su usuario, una cantidad de papeles indescifrable, una taza con una infusión de manzanilla y un cenicero de cristal. Las paredes blancas, tapizadas con notas y páginas enteras de los tantos pensamientos del chileno; así se componía el santuario del escritor, la Meca de los mexicanos perdidos en México.

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En 1996, Bolaño comenzaría a escribir la novela que lo catapultó al podio de la escritura en español, Los Detectives Salvajes. En esta novela se inmortaliza el paso del escritor por México: una lucha por encontrar un sentido y entender la letanía de la historia. ¿Cuánto tiempo dura el pasado? En esta novela se consuma el intento de Bolaño por postergar ese espacio abstracto que ya no existe pero se sigue repitiendo. 

Los Detectives Salvajes

Aquí, en Los Detectives Salvajes, se narran muchas cosas y a la vez ninguna. Una historia que se expande por 20 años y cuatro continentes. La búsqueda implacable de dos poetas, Arturo Belano y Ulises Lima, por encontrar algo, lo que sea, de una leyenda de la poesía mexicana. Así como se podría señalar esa como la premisa principal de la novela, también puede ser la semblanza definitiva de la poesía latinoamericana. O incluso, la biografía en vida del mismo Bolaño.

Es una novela indescifrable y fragosa, con tanto propósito y a la vez ninguno. Dentro de las más de 600 páginas que encontramos en ella, se expanden las memorias enteras, inmaculadas, crudas, de las personas que convivieron a los dos poetas; ellos siempre como ajenos, lejanos. Así llegamos a entender más al sistema que los alberga que a los propios protagonistas; un esquema similar al que nos atenemos en vida. El ser se conoce desde lejos, en la penumbra, mientras que a lo que se afronta es cercano y está a todo color. 

Con esta novela, Bolaño ganó en 1998 el premio Herralde de Novela. En ese momento se consolidó como uno de los más influyentes narradores de la lengua española. Sin embargo el autor no sentiría que el límite había llegado. Su cuerpo retenía más palabras por escribir y más historias por contar, más legado por construir. 

En el año 2003, Roberto Bolaño se quedó esperando un trasplante de hígado que nunca llegó y le terminó costando la vida. En ese momento su cuerpo desistió pero la pluma continuaría brillando. Un año después, en el 2004, se publicó la novela póstuma del chileno, 2666. Considerada ampliamente como el mejor intento del escritor en novela. Sexto lugar en la lista de las 100 mejores novelas del siglo XXI del New York Times. 

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Los desiertos de Sonora

En vida, fue un lector excepcional, recorriendo pasillos de librerías, marcando libros con el sudor de sus manos. También fue el autor reencarnado del Boom latinoamericano, llegó después pero llegó para quedarse. 

El fantasma de Roberto Bolaño existe aún, existe entre las más feroces palabras y los más agresivos textos. Entre vidas de condenados al olvido, como él mismo se hubiera considerado. El fantasma de Bolaño también reside en cada lector, en las propias páginas que, con más memoria que su interlocutor, albergan las marcas de cada dedo que pasa por sus renglones. El autor chileno, nacido un 28 de abril de 1953, cumplió su propósito al forjarse él mismo, como un hacha de luz que hace trizas en el telón de bruma de la literatura hispana, un lugar imborrable. 

En las novelas del chileno, se navegan entre palabras los desiertos de Sonora, las buhardillas de París o las esquinas olvidadas de Santa Teresa. Estos rincones viven en pos de iluminar aquello que siempre ha estado en la sombra. Cuando lo que no existe se escribe, se inmortaliza en el ocaso del tiempo. Con un acto de ternura, Bolaño recrea esos espacios y redefine lo verdadero. Los olvidados se recuerdan; los poetas nómadas que divagan en lo perdido vuelven a levitar por las calles de la colonia Juárez, en los bares de la Bucarelli. 

Para la cosmología de Bolaño todos tienen su espacio. Alrededor del mundo, entre amor y guerra, entre roces efímeros, ajenos a todo y a la vez parte de la historia de cada ser. En esa búsqueda implacable por ser alguien, el chileno le da vida a los que no pudieron ser, que la historia devoró y devolvió sin peso en el terreno infame del legado. Así se mantiene viva la flama de este censo de pobladores amortajados por el tiempo, que arrastran sombras con manos pesadas, perdidas, buscando otra mano que los guíe y les muestre ese interminable horizonte mexicano; la región más transparente. Esa que se expande como un desierto, donde los únicos testigos son los zopilotes melancólicos posados sobre las piedras inertes del valle eterno y cada fantasma, cada uno de ellos, avanzando, tácitos, sin saber lo que queda atrás de ellos.