
Con su segunda fecha en la Ciudad de México, Rosalía vuelve a demostrar que no es una cantante más. Es una artista que impone tendencias y explora sonidos, melodías y narrativas desde distintos lugares: el desamor, la espiritualidad, el deseo, la culpa y hasta el existencialismo.
La cantante española, quien desde 2025 es Embajadora Global de New Balance, continúa construyendo una identidad que atraviesa música, moda y cultura visual. Su relación con la firma tiene actualmente al 204L como uno de sus protagonistas, una silueta de inspiración retro que combina líneas estilizadas con una lectura contemporánea. Esa capacidad para moverse entre distintas disciplinas también ayuda a entender la dimensión cultural que rodea al LUX TOUR.
El espectáculo se desglosa en distintos actos, todos conectados por una misma idea: el arte como una forma de comprender la existencia.
Con una orquesta en vivo, varios actos, intermezzo y encore, el LUX TOUR retoma algunas de las raíces más antiguas de la creación artística. El álbum, profundamente inspirado en lo sagrado y lo divino, encuentra en el arte sacro una de sus principales referencias: esa necesidad humana de representar aquello que no podemos explicar, de convertir la fe, la devoción y hasta la culpa en belleza.

Acto I: la fragilidad
El primer acto está envuelto en una estética de fragilidad. Rosalía aparece como una bailarina de ballet que es sacada de su caja, casi como una muñeca. La imagen remite inevitablemente a las célebres bailarinas de Edgar Degas, quien convirtió el movimiento, la disciplina y la vulnerabilidad de las bailarinas en uno de los grandes temas de su obra.
Aquí, cada elemento visual acompaña las emociones de las canciones. La fragilidad de la existencia humana, la duda y la necesidad de seguir adelante se expresan a través del cuerpo: como en el ballet, hay que moverse con precisión, incluso cuando todo alrededor parece estar a punto de romperse.
Temas como “RELIQUIA”, “SEXO, VIOLENCIA Y LLANTAS” y “DIVINIZE” construyen este primer recorrido, que alcanza uno de sus momentos más delicados con “MIO CRISTO PIANGI DIAMANTI”. La imagen de una figura casi virginal que llora y suplica funciona como una representación de la culpa y la imperfección humana. Rosalía no se presenta como una figura divina e intocable, sino como alguien que reconoce sus errores, sus contradicciones y aquello que hubiera querido hacer de otra manera.


Acto II: el caos y la corrupción
El segundo acto abandona esa fragilidad para adentrarse en un territorio mucho más oscuro. La estética recuerda a El aquelarre de Francisco de Goya, una obra en la que lo irracional, lo monstruoso y lo sobrenatural se convierten en reflejo de una sociedad dominada por sus propios miedos.
Es el territorio de lo sublime y lo terrible: cuando la razón deja de tener el control y aparecen el deseo, la pasión, la violencia y el caos. Goya convirtió aquello que la sociedad prefería esconder en imágenes difíciles de mirar; Rosalía hace algo parecido desde la música y la puesta en escena.
Canciones como “SAOKO” y “LA FAMA” llevan al espectáculo hacia ese lugar de contradicciones. La artista habla del caos de aprender, de equivocarse y de dejarse contaminar por aquello que, aunque pueda parecer banal, también forma parte de la experiencia humana.

Acto III: la idolatría
En el tercer acto, Rosalía pone la mirada sobre uno de los temas centrales del espectáculo: aquello que elegimos idolatrar.
La cantante sube a algunos de sus fans al escenario, quienes la fotografían mientras canta y la admiran, casi como si fuera una pieza dentro de un museo. La escena plantea una pregunta: ¿qué sucede cuando una persona se convierte en objeto de admiración?
La imagen también puede leerse como un reflejo de la propia Rosalía frente a los reflectores. Ella coloca su arte frente al público como una forma de expresar aquello que siente y piensa, pero también se convierte en objeto de contemplación. Como ocurre frente a una pintura en un museo, el espectador observa, interpreta y decide qué significado darle.
Con “CAN’T TAKE MY EYES OFF YOU” y “LA PERLA”, el espectáculo juega precisamente con esa tensión entre quien crea y quien observa, entre el artista y el público, entre la admiración y la necesidad humana de convertir ciertas cosas en objetos de culto.


Acto IV: la comunión
Entonces, el escenario deja de ser una frontera.
En el cuarto acto, Rosalía abandona la distancia que existe entre artista y espectador y se coloca en medio del público. Con canciones como “CUUUUuuuuuute” y “DIOS ES UN STALKER”, la cantante queda rodeada por sus fans mientras la orquesta la acompaña desde una distancia mucho más cercana.
Este momento puede entenderse como una especie de comunión. Si durante los actos anteriores el público observa el arte desde afuera, aquí forma parte de él. Rosalía deja de ser la figura que se contempla sobre un escenario y se convierte en una más dentro de la multitud.
La experiencia recuerda a la lógica del arte performático: la obra no existe únicamente en el objeto o en quien la crea, sino también en la relación que establece con quienes la presencian. Por unos minutos, cantante, músicos y público forman parte de una misma pieza.

Acto V: la libertad
El último acto es una explosión de adrenalina. “BIZCOCHITO” y “DESPECHÁ” ponen a toda la arena a cantar, bailar y perrear de principio a fin. Después de atravesar la culpa, el deseo, el caos, la idolatría y la contemplación, el espectáculo llega a su punto máximo: la celebración de estar vivo.
En “FOCU ‘RANNI”, antes de que el telón vuelva a cerrarse, aparece Rosalia como un pájaro que vuela libremente. Es una metáfora de liberación: desplazarse por la vida sin saber exactamente hacia dónde, aceptar los errores y recibir lo que venga con la certeza de que también existe belleza en lo imperfecto.
Rosalía termina cayendo del escenario, en una imagen que recuerda inevitablemente a Black Swan y a la transformación de su protagonista. Exhausta, derrotada y al mismo tiempo satisfecha, la artista parece haberlo dado todo. Perfecta e imperfecta a la vez, llega al final sabiendo que no existe una manera correcta de vivir, sino únicamente la posibilidad de entregarse por completo a la experiencia.

Encore: despedirse de la vida
Cuando parece que todo ha terminado, Rosalía vuelve al escenario para despedirse con “MAGNOLIAS”.
Es, quizá, el momento más emotivo de todo el concierto. Después de haber recorrido el deseo, la culpa, la fe, el caos, el ego y la libertad, llega finalmente la despedida.
“MAGNOLIAS” funciona como una última reflexión sobre la vida: sobre aquello que hemos vivido, aquello que dejamos atrás y aquello que todavía nos queda por experimentar. La canción convierte el final del concierto en una especie de despedida de la propia existencia.
Y ahí está quizá la verdadera esencia del LUX TOUR: no se trata únicamente de escuchar canciones, sino de atravesar una experiencia. Como en una obra de arte sacro, Rosalía utiliza la música, el cuerpo, la luz y la imagen para hablar de aquello que durante siglos los artistas han intentado representar: el amor, la culpa, el deseo, la fe, la muerte y, sobre todo, la necesidad de encontrar belleza en medio de la imperfección.
Al final, Rosalía no ofrece respuestas. Solo deja una pregunta suspendida en el aire: ¿qué hacemos con la vida que nos tocó vivir?