
En Shanghái, una sucesión de vestidos quebradizos, tapices deshilachados, porcelana rota y prendas marcadas por el uso avanza sobre cuerpos sin rostro. Nada parece haber llegado intacto. Los materiales cargan huellas de otras vidas y las técnicas empleadas para preservarlos, impresión, ensamblaje, recubrimiento y fractura, terminan por transformarlos nuevamente. La escena condensa una pregunta que Maison Margiela lleva décadas formulando: ¿qué hace que un objeto conserve su valor cuando ha perdido su forma, su función o incluso su materia original?
En la colección Otoño/Invierno 2026, esa pregunta alcanza también a la propia firma. Toda marca con suficiente historia termina administrando su legado, pero en Margiela la tarea resulta especialmente compleja. Su identidad nació de cuestionar los mecanismos con los que el lujo construye autoría, originalidad y valor. La reutilización, las costuras expuestas, el anonimato y la deconstrucción alteraron la manera de comprender una prenda. Con el tiempo, también produjeron una gramática visual reconocible de inmediato.

La propuesta se sitúa dentro de esa paradoja. ¿Cómo mantener activa una práctica fundada en la disidencia cuando sus gestos se han convertido en patrimonio institucional, activos comerciales y signos de pertenencia?
La decisión de reunir Artisanal y ready-to-wear ofrece una primera respuesta. La estructura vuelve permeable la jerarquía entre la pieza excepcional y el objeto comercial. El virtuosismo artesanal funciona como investigación material, mientras sus hallazgos circulan mediante prendas, zapatos y bolsas destinadas a una producción más amplia. La continuidad deja de depender de la repetición de una estética y pasa a residir en la persistencia de ciertos procedimientos. La casa describe explícitamente el desfile como una reunión de ambas líneas y como una evolución de sus códigos fundacionales.
El mercado de pulgas parisino que articula el relato introduce un régimen alternativo de valor. Sus objetos han perdido contexto, utilidad o integridad, pero todavía conservan información. Vestidos eduardianos demasiado frágiles para repararse, tapices deshilachados, pinturas, porcelana rota y prendas alteradas por el uso ingresan en la colección cargados de una vida anterior.



Margiela evita devolverlos a un estado idealizado. Un vestido antiguo se convierte en superficie de impresión; joyas encontradas se moldean para conservar únicamente la huella negativa de perlas y colgantes; los tapices reciben lentejuelas sobre las áreas deterioradas, mientras la cera de abeja solidifica superficies y altera su textura. Cada operación conserva mediante una transformación irreversible.
La memoria adquiere así una presencia física hecha de residuos, impresiones, fracturas y superficies erosionadas. La restauración abandona la búsqueda de una pureza imposible y acepta la vulnerabilidad como parte constitutiva del objeto. Aquello que sobrevive mantiene visible la marca de su desgaste, aunque también revela las intervenciones necesarias para prolongar su existencia. Conservar implica añadir, cubrir, desprender o reconstruir. El resultado nunca coincide plenamente con aquello que estuvo antes.

Esa vulnerabilidad entra, sin embargo, en la economía del lujo y adquiere un nuevo precio. Allí reside la tensión más productiva de la propuesta. Margiela ha convertido históricamente materiales descartados o encontrados en objetos de deseo. Esta colección vuelve explícita la sofisticación técnica y económica de ese desplazamiento. El deterioro se cose, se imprime, se recubre, se reproduce y finalmente se comercializa. Incluso la ruina requiere una enorme cantidad de trabajo para resultar legible como ruina.
La porcelana sintetiza esta operación. Su apariencia se construye mediante capas de organza estampada, en algunos vestidos hasta ocho, mientras paneles reales de porcelana son fabricados, quebrados a mano en cientos de fragmentos, redondeados y fijados sobre una base de organza. Presentado en China, país donde se desarrolló históricamente la porcelana, el gesto articula procedencia, traducción y artificio.
La porcelana puede aparecer como materia, como imagen de la materia o como técnica textil destinada a simularla. Su autenticidad deja de depender de una sustancia original y pasa a residir en la complejidad de su transformación.


La réplica ocupa aquí un lugar tan importante como el fragmento auténtico. Margiela evita establecer una jerarquía estable entre el objeto encontrado y su representación. Una superficie estampada puede transmitir la memoria visual de la porcelana con tanta intensidad como la cerámica quebrada que pretende evocar. La copia tampoco funciona como una sustitución inferior. Prolonga la materia al trasladarla hacia otro lenguaje.
Este movimiento permite que el hallazgo artesanal se convierta en sistema y que una experiencia material excepcional circule dentro del ready-to-wear. La reproducción participa, por lo tanto, en la construcción del legado.
Las máscaras que uniforman los looks llevan esta reflexión al terreno de la autoría. Los cuerpos desaparecen mientras las prendas acumulan biografías, técnicas y referencias. La anonimidad ya no protege únicamente al individuo detrás de la creación. También consolida a Maison Margiela como sujeto colectivo y como sistema capaz de absorber materiales heterogéneos sin perder identidad. La ausencia del rostro desplaza la atención hacia las superficies y revela cómo una firma puede convertirse en autora incluso cuando elimina los signos convencionales de autoría. La propia casa identifica la anonimidad de las máscaras como uno de sus códigos fundacionales.

De ahí que las fusiones entre sastrería, cuero, terciopelo y tejidos plisados resulten centrales. Los componentes permanecen reconocibles, aunque ninguno conserva plena autonomía. Cada uno adquiere significado por su relación con los demás y por las operaciones que alteran su función original. Algo semejante ocurre con el legado de Margiela. Cada generación hereda una gramática codificada y debe modificar sus relaciones internas para impedir que se convierta en una cita vacía.
La colección encuentra su mayor lucidez al reconocer esa condición. Su pregunta central concierne tanto a la supervivencia de los objetos como a la de una idea de moda. La continuidad que propone transforma una identidad anterior mediante las mismas operaciones aplicadas sobre sus materiales. La fragmenta, reproduce, ensambla y desplaza.
En Margiela, perdurar exige aceptar que toda conservación modifica aquello que pretende mantener con vida.
Asistente de fotografia: Marta Woźniak.