
Camiseta: MARC QUINN EDITIONS.
El estudio de Marc Quinn ocupa una casa londinense donde el trabajo y la vida cotidiana no son cosas separadas. Se recorre por cuartos, cada uno habitado por una obsesión distinta. Él mismo guía la visita caminando como quien enseña un lugar que ha habitado demasiados años para todavía sorprenderse.
El recorrido se detiene frente a “Zombie Boy”, la escultura monumental que Marc hizo de Rick Genest, el modelo y actor canadiense tatuado con un esqueleto sobre la piel entera. Marc se acerca, coloca una mano sobre la de Genest y nos da una instrucción breve. «Tómale la mano y voltea hacia arriba. Así mirabas a tus papás cuando eras pequeña. Para ti eran gigantes. Imagínatelo.»
Después aparece el resto. Las orquídeas suspendidas en resina, congeladas para escapar del tiempo. Los lienzos gigantes con iris que parecen mirar desde adentro. Y al centro, dentro de una vitrina refrigerada, “Self”: la cabeza del artista hecha con diez pintas de su sangre congelada, la pieza que lo hizo célebre hace más de tres décadas. En persona es todavía más imponente.

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Pantalon: ZEGNA.
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Nacido en Londres en 1964, Quinn estudió Historia del Arte en Cambridge antes de aprender a fundir bronce como asistente de Barry Flanagan. “Self”, esa cabeza de sangre que rehace cada cinco años, lo convirtió, con apenas veintisiete años, en una de las figuras fundacionales de los Young British Artists, la generación de Damien Hirst, Sarah Lucas y Tracey Emin. Desde entonces su nombre no ha salido de la conversación. Alison Lapper embarazada en Trafalgar Square. Kate Moss doblada en oro macizo, en el British Museum. El bebé gigante en los jardines de Singapur. La orquídea espejada de Kew Gardens, hoy en Annabel’s. Su trayectoria, francamente, es difícil de resumir en un párrafo.
Y sin embargo, cuando uno lo escucha hablar en el estudio, no cita sus obras, ni Trafalgar, ni el British Museum. Cita un bolso, un vestido, un desfile.
La primera colaboración que él mismo considera un punto de giro fue la que hizo con Dior en 2016. La casa francesa acababa de abrir su boutique de New Bond Street en Londres, el proyecto de Peter Marino con las paredes tapizadas de gris casi lila, y quería un artista que la habitara desde adentro. Quinn traspuso a los Lady Dior tres de sus series pictóricas: “In the Night Garden”, con orquídeas blancas, violetas y negras sobre un paisaje casi lunar; “Fossil Record”, una flor en relieve grabada en piel plateada; y “We Share Our Chemistry with the Stars”, un iris azul brillante que parece devolver la mirada de quien lo ve. La colaboración se extendió a clutches y billeteras, y coincidió con la presentación de la Cruise Collection en Blenheim Palace.



“Un bolso es una forma escultórica en tres dimensiones”, explica. “Uno puede repetir una imagen, girarla, formatearla, de una manera que un lienzo plano no permite.”
Es una de esas frases que suenan menores hasta que uno las piensa. En la escultura clásica el objeto es fijo, monumental, incuestionable. En el bolso, en cambio, el objeto viaja. Cambia de fondo cada mañana. Se combina con otra ropa, con otra luz, con otro cuerpo. La obra no está terminada cuando el artista la firma, está terminada cuando alguien la usa en su día a día.
Esa idea, la de la obra terminada por su uso, es una convicción que Quinn repite desde hace más de una década. La ropa, dice, es una obra que sólo se completa cuando se lleva puesta.
Dos años después, en 2018, esa idea encontró una segunda forma. Junto a Goga Ashkenazi, entonces directora creativa de Vionnet, Quinn lanzó Sustainable Surf: 340 piezas, entre abrigos, vestidos, monos, sudaderas y cinturones, basadas en su Raft Series, una serie de esculturas hechas con bolsas de plástico arrugadas. La idea nació de un paseo por una playa cubierta de basura. Las prendas usaron eco piel, tejidos técnicos derivados del paracaidismo y plástico reciclado. Hubo trajes de neopreno con recortes, vestidos con cierres de escafandra, batas de rizo. La línea abrió en un pop up en Selfridges. Incluso los lentes, en colaboración con Sea2see, estaban hechos con plástico rescatado del mar.

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“Hay una belleza accidental en el desperdicio”, dice. “Y a la vez está la paradoja: convertir la basura en algo durable y precioso. Uno no puede dejar de pensar en esa contradicción mientras lo hace”.
Ahí, quizá más que en ningún otro proyecto, se ve la razón por la que Marc Quinn no es un artista que colabora con marcas. Es un artista al que ciertas marcas le permiten prolongar una obsesión escultórica hacia otro material y otro público.
Antes de todo esto, en 2015, ya lo había intentado en la dirección contraria. Para el número de septiembre de Harper’s Bazaar US, Quinn pintó tres retratos de dos metros de ancho de Stella McCartney, Sarah Burton y Karl Lagerfeld. La serie se llamó, otra vez, “We Share Our Chemistry with the Stars”.

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“El mundo entra por sus pupilas”, dijo entonces, “y la moda sale por sus manos”. En su cabeza, un diseñador y un escultor no son dos oficios distintos: son dos modos de convertir el mundo interior en un objeto que otro cuerpo puede llevar.
Volvemos al estudio, uno se da cuenta, entonces, de que no hay una jerarquía secreta entre lo que se guarda en museos y lo que termina en una vitrina de Bond Street. Todo, en su cabeza, sale del mismo lugar: la fascinación por lo que dura, por lo que se congela, por lo que se rompe, por lo que un cuerpo lleva puesto un martes por la tarde.
Marc Quinn no ha bajado del pedestal. Ha entendido, quizá antes que otros, que el pedestal es más amplio de lo que creíamos.