Mario Vargas Llosa: La vida como disidencia 

Un estandarte de la pluma y la tinta latinoamericana, fundador del boom literario, donador de palabras, creador de mundos, personaje de uno y de todos. La vida de Mario Vargas Llosa, el último testigo del boom latinoamericano.

Fotografía cortesía

Una voz que llenó el siglo se ha apagado. Este domingo, en Lima, la ciudad que alguna vez detestó y luego convirtió en escenario de sus ficciones, Mario Vargas Llosa se despidió del mundo a los 89 años. Lo otro, lo de las palabras queda aquí, y seguirá respirando por mucho tiempo y mantendrá viva la flama radiante de las letras españolas. 

El escritor peruano deja tras de sí una estela de novelas, ensayos, polémicas y gestas narrativas que moldearon buena parte de lo que entendemos por literatura latinoamericana moderna. Su nombre quedará enlazado para siempre a ese linaje de autores que hicieron del idioma español un territorio más vasto y complejo.

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Fue el último de una estirpe de narradores que intentaron abrazar América Latina con la fuerza de la prosa. De pie junto a gigantes como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Carlos Fuentes, Vargas Llosa se empeñó en escribir el continente desde sus contradicciones, sus violencias, sus luces. A veces —también— desde sus desilusiones.

Nacido en Arequipa, criado entre Piura, Bolivia y Lima, el autor aprendió pronto que la realidad podía ser un infierno sin mapas. El padre ausente que reaparece —como en tantas narrativas de este lado del mundo—, el colegio militar como campo de batalla, la literatura como una forma de resistencia: esas escenas fundacionales no solo moldearon al hombre, sino que, desde muy temprano, comenzaron a filtrarse en sus libros.

La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral, La guerra del fin del mundo, La fiesta del Chivo… Vargas Llosa no escribió novelas: edificó territorios. Creó selvas, cuarteles, prostíbulos, dictaduras, y dentro de ellos dejó caminar a sus personajes con la libertad temblorosa de aquellos traicionados por la realidad que se encuentra de frente. Su prosa fue, más que elegante, férrea. La política, muchas veces polémica. Su voz, inconfundible.

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Ganó el Premio Nobel de Literatura en el 2010, pero ya desde antes sus palabras tenían un valor irremplazable. Y sin embargo, hubo quienes sí quisieron ausentarlo de la historia. El autor peruano fue, como todo autor que ha vivido lo suficiente, discutido, a veces detestado, a veces reverenciado. A menudo incómodo. Pero nunca irrelevante. Fue un espejo donde muchos se vieron reflejados. Un espejo que devolvía con crudeza lo que no se ve con los ojos sino con el orgullo: la miseria disfrazada de ideología, el poder como enfermedad contagiosa.

Vargas Llosa no quiso ser solo novelista: fue ciudadano. Fue polémico. Se equivocó, cambió de bando, volvió a cambiar. Pero nunca se escondió. “La literatura es una forma de insurrección permanente”, escribió alguna vez. Lo creyó hasta el final.

Hay autores cuya muerte no es un cierre, sino un eco. Vargas Llosa es de esos. Ya no está, pero aún resuena. Y uno imagina, casi con certeza, que su voz —esa voz clara, disciplinada, frontal— aún atraviesa algún manuscrito inédito, aún se cuela entre los libros de una biblioteca en Arequipa, o alguna esquina de Madrid; aún resiste, testaruda, en la frase que algún escritor estará pautando pronto, en un futuro no muy lejano. Desde antes, mucho antes, el epitafio de Mario Vargas Llosa ya estaba escrito, lo hizo él mismo. 

1936 – 2025