

Hay hoteles que cumplen lo que prometen y hay otros que, sin anunciarlo demasiado, terminan sorprendiendo en todo. Maroma, A Belmond Hotel, pertenece a esta segunda categoría. Hacía mucho tiempo que una propiedad no lograba algo tan raro como esto: sorprender en cada detalle.
Desde el primer momento en que uno llega queda claro que el hotel no intenta dominar el paisaje, sino convivir con él. Maroma está enclavado en más de 80 hectáreas de selva tropical frente a una de las playas más intactas de la Riviera Maya, y esa naturaleza no es solo un fondo escénico. Está presente en todo momento.
Apenas cruzamos el camino de entrada, un mono araña apareció entre los árboles como si nos estuviera dando la bienvenida. Después vendrían las lagartijas cruzando los senderos de piedra, el zumbido suave de las abejas meliponas (las mismas que los mayas consideran sagradas) y una sensación constante de que aquí el ecosistema no se observa desde lejos: se comparte.
Ese respeto por el entorno atraviesa toda la propiedad. El hotel fue completamente renovado en 2023 y hoy cuenta con 72 habitaciones, suites y villas diseñadas por el estudio Tara Bernerd & Partners, que logró algo poco común: crear un espacio sofisticado que al mismo tiempo se siente profundamente conectado con la cultura de Yucatán.


Más de 700,000 baldosas de barro pintadas a mano por José Noé Suro, alfombras de henequén, textiles oaxaqueños, puertas tradicionales yucatecas y luminarias inspiradas en joyería maya construyen un lenguaje visual que celebra la artesanía mexicana sin caer en la nostalgia. Todo se siente natural, luminoso y pensado para algo muy específico: el descanso.
Las habitaciones están diseñadas para bajar el ritmo. Líneas suaves, materiales naturales y vistas abiertas al Caribe convierten cada espacio en un refugio silencioso. Algunas suites cuentan con acceso directo a la playa, piscinas privadas o jardines que refuerzan esa sensación de intimidad absoluta.
Pero si algo merece una mención especial en Maroma es su servicio.
El equipo del hotel tiene esa rara combinación de elegancia, intuición y calidez que no se aprende fácilmente. Todo ocurre con una naturalidad que hace que el huésped se sienta cuidado sin sentirse observado. Es un servicio que se recuerda.

Comer con el fuego y el tiempo
La gastronomía es uno de los grandes momentos de la estancia. El restaurante insignia del hotel, Woodend by Curtis Stone, propone una cocina que gira alrededor de una idea sencilla pero poderosa: cocinar con fuego y respetar el tiempo de cada ingrediente.
La técnica a la leña marca el ritmo de la experiencia. Todo se mide con precisión: temperatura, textura, intensidad y el resultado es una cocina profunda, limpia y sorprendentemente refinada.
Entre nuestros favoritos estuvo el Gnocchi à la Parisienne, un plato que logra ser delicado y complejo al mismo tiempo. El chile xcatic, el nopal y la hoja santa crean una combinación inesperada que se siente profundamente ligada al territorio.
Otro momento memorable es la coliflor Guanajuato, un platilo perfectamente trabajado acompañado de mushroom duxelle y una costra de gruyère que aporta textura y profundidad, servida con un velouté que equilibra todo el plato con suavidad.
Y luego llega el final, que merece su propio lugar en la memoria: el Woodend Lime Zest. Un postre construido alrededor de capas de acidez y frescura. Hojas crujientes de merengue, crema de lima, curd de yuzu y limón sobre un gelato artesanal de limón, acompañado de manzana verde comprimida con ralladura de lima. Es brillante, preciso y refrescante, el tipo de postre que hace que uno quiera volver al restaurante solo para repetirlo.
El otro restaurante Casa Mayor, funciona como el corazón cotidiano de la propiedad. Aquí se sirve desayuno, lunch y cena en un ambiente relajado que siempre termina reuniendo a los huéspedes alrededor de la mesa.
La comida es simplemente perfecta en su sencillez: guacamole fresco, tacos de cochinita pibil que respetan la tradición y un ceviche de pescado que captura exactamente lo que uno quiere comer frente al mar.
Es el tipo de lugar al que uno vuelve varias veces durante la estancia sin cansarse.



Un spa que conecta con la tierra
El bienestar en Maroma también se toma en serio. El Maroma Spa by Guerlain, el primero de la marca en América Latina, funciona como un verdadero santuario escondido entre la selva.
Los tratamientos se inspiran en los cuatro elementos:agua, fuego, tierra y aire y en la tradición maya de la abeja melipona, cuya miel se utiliza en algunos de los rituales del spa.
Los masajes tienen algo especial: no se sienten solo como un momento de relajación, sino como una forma de reconectar con el entorno que rodea al hotel. El sonido de la jungla, el aroma de las plantas y la sensación de tiempo suspendido hacen que la experiencia sea profundamente restauradora.
Aquí el bienestar no es una tendencia, es una filosofía.

Un lugar donde el tiempo se detiene
Maroma es un hotel que no necesita exagerar para ser memorable. Todo parece suceder con una calma natural: el sonido del mar al amanecer, las bicicletas cruzando la selva, las abejas trabajando en el meliponario, las estrellas que aparecen con claridad absoluta al caer la noche.
Es un lugar donde uno desea que el tiempo se detenga un poco más.
Y quizá esa sea la verdadera magia del hotel: recordarnos que viajar, cuando se hace bien, no consiste en ver más cosas, sino en sentirlas con mayor intensidad.
En Maroma, eso ocurre todo el tiempo.