Vicente Dalmau Cebrián-Sagarriga habla del legado silencioso de Marqués de Murrieta

Desde su origen, Marqués de Murrieta ha representado la evolución del vino español. Una conversación sobre legado y libertad vinícola.

Vicente Cebrian Sagarriga
Fotografía cortesía.

En el mundo hay vinos que se beben y otros que se recuerdan. El Marqués de Murrieta 2020 pertenece al segundo grupo. Un tinto que nace de la voluntad de resistir. Porque si algo define a esta añada —como señala María Vargas, directora técnica de la bodega y reconocida como la “Mejor Enóloga del Mundo” en 2021— es la supervivencia. Elaborado durante el año más incierto de la década, el 2020 es tanto un vino como una declaración: incluso en medio de una pandemia global, la excelencia no se interrumpe.

Y es que Murrieta no es una etiqueta reciente ni una moda pasajera. Su historia comienza en 1822. Desde su formación militar en España hasta su paso por el exilio en Londres, Murrieta absorbió lecciones que lo llevarían a transformar la enología española. En 1852 elaboró el primer “vino fino” de Rioja, inspirado en el método bordelés. No contento con el reconocimiento local, lo puso a prueba enviando barricas a Cuba y México.

La visión tomó forma definitiva en 1877, cuando adquirió la Finca Ygay: más de 300 hectáreas en el corazón de Rioja Alta, rodeando un castillo inspirado en los grandes châteaux de Burdeos. Un viñedo con vocación de legado y un vino con vocación de permanencia.

Hoy, esa historia continúa en manos de Vicente Dalmau Cebrián-Sagarriga, presidente de Marqués de Murrieta y responsable de su renovación. A él le tocó actualizar la tradición sin desdibujarla. Bajo su dirección, la bodega no solo ha mantenido su prestigio, sino que ha fortalecido su identidad con una estrategia clara: honrar sus raíces, innovar sin perder el alma.

En conversación con M Revista de Milenio, Vicente Dalmau reflexiona sobre la tensión entre el clasicismo y el cambio, el enoturismo como nueva forma de narrar el vino y los mitos que aún rodean a una de las bebidas más antiguas del mundo. Porque Murrieta, como los buenos vinos, no sólo se bebe. Se entiende. Se recuerda.

Fotografía cortesía.

Marqués de Murrieta es un símbolo del vino español y, en muchos sentidos, la historia del Rioja lo es también. ¿Cómo equilibra la tradición con la innovación en un mundo vinícola que evoluciona constantemente?

Yo soy una persona tremendamente respetuosa con el clasicismo. Marqués de Murrieta cumple 175 años. Creo que, durante toda esta historia, ha podido alcanzar una posición sólida en el mercado, con raíces muy profundas. No quiero, en ningún momento, mandar el mensaje de que durante 175 años se han hecho las cosas mal. Todo lo contrario: se han hecho muchas cosas muy bien. El mundo va evolucionando y uno tiene que adaptarse, pero siempre desde esa base sólida que da la historia.

En los últimos 25 años, he intentado que la actualización de la bodega sea respetuosa con esa esencia. He querido mantener intacta la identidad, la filosofía, el estilo de los vinos. No he querido hablar de “cambio”, sino más bien de actualización. De adaptar lo clásico a los nuevos tiempos.

Eso requiere estar en contacto constante con el mundo, ser sensible a los cambios sin dejarse llevar por las modas. Hay tendencias que aparecen y desaparecen, pero yo no me rijo por ellas. No quiero perder la esencia de Murrieta ni transformarnos por completo solo porque hay algo nuevo. Marqués de Murrieta es un proyecto muy consolidado, muy serio, muy honesto. Los cimientos son sólidos y lo seguirán siendo.

El concepto de château bordelés que Luciano Murrieta trajo a Rioja transformó la enología española. Hoy, con una industria más globalizada, ¿qué aprendizajes de ese modelo siguen vigentes en Marqués de Murrieta y cuáles han evolucionado?

Luciano Murrieta trajo un concepto que aprendió en su etapa en Burdeos, en Francia, donde cada château tenía sus propios viñedos alrededor del edificio principal. Él entendió que ese sistema otorgaba una personalidad concreta al vino. Quería hacer vinos con alma, con procedencia, con identidad. Y trajo ese modelo a España, a La Rioja.

El concepto de château —una bodega rodeada por su propio viñedo— tiene muchas ventajas. Primero, porque el vino nace de una finca concreta, y la bodega está ahí mismo, lo que permite una transformación inmediata de la uva. Ese sistema permite reflejar con fidelidad el alma del lugar.

Hoy en día, ese modelo sigue más vigente que nunca. Cada vez hay más proyectos en el mundo que parten de la misma filosofía: viñedos pequeños, una bodega cercana, y la misión clara de trasladar esa personalidad de la uva al vino. A mí, personalmente, me apasiona. Y estoy convencido de que es el eje sobre el que gira gran parte del vino de calidad en la actualidad.

Fotografía cortesía.

En un mercado cada vez más competitivo y con consumidores que buscan experiencias más allá del vino, ¿cómo encaja el enoturismo en su estrategia? ¿Es una manera de educar al público o una evolución natural de la industria?

Yo creo que el enoturismo es una de las claves de Marqués de Murrieta. En torno al vino, no solo hay que ofrecer la botella, hay que ofrecer experiencias. Tanto en Pazo de Barrantes, nuestra bodega gallega, como en Marqués de Murrieta en La Rioja, hemos desarrollado proyectos de enoturismo muy potentes.

Nuestro objetivo es recibir a clientes nacionales e internacionales, a distribuidores, y que puedan vivir en primera persona la esencia de nuestro proyecto. Que conozcan el origen de nuestros vinos, nuestras fincas, nuestras variedades, cómo se elaboran. Y luego mostrarles cómo nos gusta maridar nuestros vinos con diferentes propuestas gastronómicas.

Contamos con un proyecto gastronómico propio con cinco cocineros que atienden tres comedores privados, reservables desde la página web. Creo que es fundamental abrir las puertas de las bodegas y dar acceso a esas experiencias a quienes están enamorados del vino, de su cultura, y quieren conocer más sobre este mundo fascinante.

El vino suele generar mucha curiosidad, pero también intimidación. ¿Cuál cree que es el mayor mito sobre el mundo del vino que le gustaría desmentir?

El vino es arte, es cultura, es algo vivo. Y como tal, estás en constante diálogo con él. Pero también creo que hay que hacerlo más accesible, especialmente para acercar a los jóvenes y a quienes se sienten intimidados.

Quienes trabajamos en este mundo debemos hablar con un lenguaje claro, no generar distancia, sino cercanía. Hay que permitir que cada quien disfrute el vino a su manera: con o sin hielo, a distintas temperaturas, sin reglas rígidas. Que cada persona se acerque al vino con tranquilidad, sin miedo, sin pensar que no está a la altura por no tener conocimientos técnicos.

Todos sabemos de vino. Si te pongo tres copas, sabrás cuál te gusta más. Y lo más probable es que ese sea el mejor para ti. No hay verdades absolutas. Un vino puede encantarte un día y no gustarte tanto al siguiente, dependiendo de tu estado de ánimo, del clima, de la compañía. Hay que vivirlo con libertad.

Continúa creciendo el interés por el mundo del vino. ¿Qué consejo le daría a alguien que quiere iniciarse en la cultura vinícola sin sentirse abrumado?

Que entre con tranquilidad, con la mente abierta, con ganas de aprender. Que escuche a quienes llevan años en este mundo y pueden ayudar a diferenciar un vino de otro. Pero sobre todo, que se sienta cómodo.

Puede empezar con vinos más frutales, más fáciles de beber, y poco a poco, a medida que su paladar se acostumbra, podrá descubrir vinos más complejos, con más capas, que reflejan un trabajo más profundo detrás de cada copa. Es un proceso, y hay que vivirlo sin prisa, con curiosidad, con pasión.