
El último largometraje de Josh Safdie reúne a un elenco repleto de estrellas de cine, talento musical y gigantes del panorama financiero. Con un elenco tan ostentoso, la autoría parecía el primer sacrificio anunciado. Era difícil pensar que el producto terminado se sintiera como un proyecto tan genuino como los últimos dos filmes —Good Time (2017), y Uncut Gems (2019)— de los hermanos Safdie. En contra del pronóstico, la última entrega del mayor de los Safdie reúne todos los elementos que la hacen suya y construye sobre ellos. En la manera más sencilla de escribirlo: Marty Supreme es un logro cinematográfico, casi siempre.
El estilo y la autoría están ahí desde el principio. Los close-ups se vuelven el lenguaje de los “locos” cuando cada personaje le queda esa etiqueta. Cada uno, roto y embadurnado por su propio pasado. El héroe de este nuevo épico americano, Marty Mauser, interpretado a carne viva por Timothée Chalamet, es un cretino lleno de carisma. Una y otra vez, decepciona a aquellos en su órbita cercana —la audiencia se une en este espacio— pero es inevitable no prestarle júbilo cuando más lo necesita.
En un guion que corre, casi tanto como su cámara, el tiempo transcurre rápido. Aquí es donde el estilo Safdie es más tangible. Vale la pena advertir que la película no es una historia de deportes como lo sugiere IMDb. Es más el estudio de alguien a quien le palpitan las venas por conseguir un cometido, solo da la casualidad que ese cometido es ser el mejor jugador de ping pong en el planeta. No es sino el ego inmenso de su protagonista que levanta una muralla imposible de cruzar para todos. Una y otra vez, la caída llega por obra misma de quien cae.

Así corren los primeros dos actos, donde no es el universo ni el antagonismo desbordado de un villano que avanzan la maquinaria de este argumento. Todo sigue su curso de manera orgánica hasta que lo deja de hacer. Kevin O’Leary, quien interpreta a Milton Rockwell, un personaje muy poco retador para el empresario y ex contendiente a líder del Partido Conservador de Canadá en el 2017, crea un villano unidimensional que termina por secuestrar la trama y sofocarla hasta lo predecible. Es ahí donde este proyecto de una originalidad rebosante comienza a asimilarse a cualquier biopic en la última década.
Chalamet, sin embargo, se crece y su figura hace del largometraje una experiencia digna de recomendar y elogiar. Marty como personaje tiene una presencia en pantalla innegable y sus desventuras se disfrutan por el carisma innato que nace del guion de Safdie y el performance del ahora ganador del Globo de Oro.
El recorrido sirvió para que el tercer acto se estrellara contra concreto, amén de la electrizante actuación de Chalamet. Sin embargo, Marty corre por el mundo como si se tratara de la Quinta Avenida de Nueva York. Esa es la imagen que queda en la memoria del espectador. Marty Mauser, un personaje tan vivo como cualquier otro. Con rostro imperfecto, lejano a su actor, capaz de sangrar, sentir, crecer y, por consecuencia, ser el mejor jugador de tenis de mesa —así lo llama él— en el mundo.