
He de confesar, y con vergüenza a eso, que no he visto Temporada de Patos (2004). Siempre ha estado en el radar más nunca me he dado el tiempo. Moscas (2026) es entonces mi primer acercamiento al cine de Fernando Eimbcke, sin expectativas ni referencias.
En un blanco y negro que parece venir de un tiempo atrás, como si la propia película estuviera recordando algo, aparece Cristian y Olga. Uno inocente, animado, esperanzado por la pronta recuperación de su madre; la otra como una antípoda del niño, amargada y desilusionada con la vida. Así pues, el argumento el viaje clásico en el que lo roto se encuentra queriendo ser un poco más como lo aún inmaculado. Un regreso a algo o alguien. Para el otro, es el proceso natural de la vida al caminar.

Entre los escenarios comunes: el Multifamiliar Miguel Aléman, el Hospital 20 de Noviembre, fondas cansinas que se ajustan a la inflación con cinco pesos, abarrotes y sus “maquinitas” de juegos. Aquellos son los constantes que también comparten el mismo espacio y tiempo. Esas postales arraigadas por la historia a la cosmovisión de la Ciudad de México, adornan el viaje hacia adelante de Cristian. Y claro, el enfrentamiento con el pasado de Olga.
Desde el principio, el filme no deja de ser tierno, incluso con la vida frustrante de Olga. Sus inclinaciones e historia se empiezan a contar desde el principio con la tedia irremediable del sudoku en computadora, ruidos entrometidos, y su extraña obsesión por deshacerse de las moscas que rodean su vida en el pequeño cubículo del multifamiliar. Esos esfuerzos diarios que se dividen entre el dolor de pie, elevadores que nunca sirven y las escaleras que más bien parecen infinitas terminan siendo una temprana sensación de que lo inevitable solamente llega. Sin aviso ni prudencia.
Las moscas, Cristian y su papá comienzan a habitar ese pequeño departamento en la colonia del Valle y con ellos, una sensación incómoda de ver al pasado directo a los ojos. Así Cristian comparte algo de eso con Olga. El latigazo del dedo contra la maquinita de juegos, porque ella ya lo ha visto antes y con eso se van lijando las astillas del pasado.

Como una postal compartida a millares por la población metropolitana, Moscas crea la impresión de que la Ciudad de México es un lugar donde las vidas terminan por rozarse inevitablemente. Fernando Eimbcke encuentra en esos trayectos cotidianos —los pasillos interminables, las salas de espera, las tiendas de la esquina y los departamentos que guardan demasiados recuerdos— un espacio para hablar de la pérdida, pero también de la posibilidad de seguir adelante.
Sin grandilocuencia la película entiende que crecer y envejecer son procesos que ocurren al mismo tiempo y frente a frente. Entre Cristian y Olga surge una relación discreta pero profundamente humana. Una que permite que las heridas del pasado dejen de doler lo suficiente para seguir caminando.
Al final, las moscas que zumban alrededor de Olga parecen menos una molestia y más una necesidad en el lento paso de los días. Incluso con el duelo, Moscas no parece instalarse por completo en la tristeza. Por el contrario, encuentra el nervio, la ternura, en la persistencia de quienes siguen subiendo las escaleras. De quienes toman el elevador descompuesto como una broma más de la vida y buscan la compañía en medio del ruido de la ciudad.
Moscas estará disponible en cines a partir del 2 de julio.