
En la pintura de Othiana Roffiel, las distancias entre el cuerpo, el paisaje y el cosmos dejan de ser estables. Una forma puede remitir al mismo tiempo a una extremidad, una luna o una estructura celular, mientras las superficies alternan entre la densidad terrosa del pigmento y pinceladas que parecen desplazarse como corrientes marinas. Sin horizonte ni una escala reconocible, sus composiciones permiten que lo íntimo adquiera una dimensión planetaria y que la inmensidad de la naturaleza se manifieste como una experiencia interior.
Radicada en Ciudad de México, Roffiel ha construido un lenguaje situado entre la abstracción y la figuración, guiado por la memoria, la imaginación y la inteligencia del propio proceso pictórico. La ambigüedad funciona en su obra como una estructura abierta que desplaza parte de la construcción de sentido hacia quien mira. La pintura deja de representar una realidad previa y se convierte en el lugar donde una imagen todavía desconocida puede aparecer.
The Sky I Keep, su primera exposición individual en un museo de Estados Unidos, reúne en el SCAD Museum of Art obras realizadas entre 2021 y 2025. El regreso a la universidad donde se formó permite observar la evolución de su práctica y la persistencia de sus preguntas. En esta conversación, Roffiel reflexiona sobre la pintura como forma de conocimiento sensible, la relación inestable entre recuerdo e invención, la experiencia física de mirar en una época dominada por imágenes instantáneas y aquello que su paso por la escritura y la crítica le reveló sobre los límites de las palabras.


En tus pinturas nunca hay una narrativa cerrada, sino imágenes que parecen surgir antes de convertirse en algo reconocible. ¿Qué te interesa preservar de ese momento de incertidumbre y por qué evitas resolver completamente la imagen?
Lo que intento preservar es cierta apertura. Siento que, cuando una pintura queda completamente resuelta, también reduce las posibilidades de encuentro con quien la mira. El arte que más me interesa no es el que ofrece respuestas cerradas, sino el que deja espacio para un encuentro. El espectador nunca llega como una página en blanco. Siempre trae consigo su historia, su memoria, su sensibilidad y su manera particular de mirar. Pero la pintura también llega con lo suyo y es en ese encuentro donde sigue ocurriendo, donde no termina de agotarse. Esto sucede no solo porque distintas personas se relacionan con ella de maneras diferentes, sino también porque nosotros mismos cambiamos. Una obra que hoy nos dice algo puede hablarnos de manera distinta mañana. En este sentido, las pinturas no son herméticas, sino que conservan la capacidad de seguir generando experiencias y preguntas.
Por otro lado, esta manera de entender la pintura también está muy ligada a mi proceso. No suelo comenzar con una idea completamente definida de hacia dónde va una pintura. Las formas van apareciendo y transformándose mientras trabajo. Creo que esa apertura no desaparece cuando la pintura termina. Permanece en ella y es justamente lo que hace posible el encuentro.
Has dicho que trabajas desde la memoria y la imaginación más que desde referencias directas. ¿Cómo distingues cuándo una pintura pertenece a un recuerdo y cuándo está construyendo uno nuevo?
En realidad, no sé si puedo distinguirlo con tanta claridad. En mi pintura, creo que la memoria y la imaginación dejan de ser dos cosas separadas. Con el tiempo se mezclan de tal forma que resulta difícil saber qué proviene de un recuerdo concreto y qué comenzó a transformarse mientras pintaba.
Desde que dejé de trabajar con referencias fotográficas, empecé a confiar mucho más en la imaginación. A veces una pintura nace de un recuerdo, pero ese recuerdo no funciona como una imagen fija que intento reproducir. Conserva ecos de esas experiencias reales, pero poco a poco toma su propio camino. Aparecen formas, relaciones o colores que nunca había visto exactamente así y termina inventando algo que antes no existía. Quizá por eso me gusta pensar que, más que representar un recuerdo, una pintura construye uno nuevo. Cuando vuelvo a mirar una pieza tiempo después, a veces ya no sé dónde termina la memoria y dónde comienza la imaginación.
Tu obra sitúa al cuerpo, el paisaje y el cosmos en un mismo plano visual. ¿Crees que la pintura puede convertirse en una forma de conocimiento distinta de la ciencia o la filosofía para entender nuestra relación con el universo?
Sí, me gusta pensar que la pintura también puede ser una forma de conocimiento que hace posible una manera distinta de relacionarnos con el mundo. Sin embargo, su manera de conocer nace de la intuición, los sentidos y la experiencia. Es un conocimiento que también pasa por lo que sentimos y vivimos al mirar.
El universo es tan vasto que, en muchos sentidos, resulta incomprensible. La pintura puede acercarnos a esa infinitud sin necesidad de reducirla. Hace posible que algo de esa experiencia permanezca en nosotros mucho después de haber terminado de mirar.
En mi trabajo parto de la intuición de que la separación entre nuestro mundo interior y el exterior no es tan clara como solemos pensar. Me interesa explorar las huellas que deja el mundo en nosotros y la manera en que siguen transformándonos.

Vivimos en una época dominada por imágenes instantáneas y algoritmos, ¿qué posibilidades únicas conserva la pintura para producir experiencias que otros medios ya no pueden ofrecer?
Creo que una pintura todavía puede tener la capacidad de detenernos. Esa posibilidad nace de su condición física, de compartir el mismo espacio que nosotros. Aunque una pintura también es una imagen, nunca es solo una imagen. Su escala, la superficie, las capas de pintura y la marca del pincel o de la mano son cosas que solo pueden experimentarse plenamente frente a la obra.
Esa experiencia física nos invita a habitar el tiempo de otra manera. Una pintura exige otro ritmo y creo que es justamente ahí donde puede suceder algo difícil de explicar, donde aparece cierta magia y surge la posibilidad de entrar en una relación más profunda con la obra y con uno mismo.
También hay algo muy humano en reconocer que esa superficie fue construida por otra persona. Las huellas del hacer permanecen ahí y nos recuerdan que detrás de la pintura hubo un cuerpo, un tiempo y una manera de estar en el mundo. Quizá por eso sigo creyendo que la pintura ofrece un espacio donde todavía es posible detenerse, mirar con atención y darle tiempo a lo que está ocurriendo frente a nosotros.
Tu trayectoria incluye también la escritura y la crítica de arte. ¿Cómo ha cambiado tu manera de pintar después de haber aprendido a analizar el trabajo de otros artistas con tanta profundidad?
Durante algunos años escribí crítica de arte y fue una etapa muy importante para mí. Me permitió acercarme a prácticas muy distintas de la pintura y ampliar muchísimo mi manera de entender el arte contemporáneo. Al pasar tanto tiempo escribiendo sobre obras que partían de investigaciones, proyectos o preguntas muy específicas, poco a poco empecé a mirar la pintura desde esa misma lógica. Durante una época sentí, quizá sin darme cuenta, la necesidad de justificar intelectualmente lo que hacía, como si necesitara leer la pintura desde las mismas categorías con las que estaba pensando otras prácticas.
Luego, con el tiempo, al volver a concentrarme en mi propia práctica, en mi pintura, entendí que estaba intentando pensarla desde un lugar que no necesariamente le correspondía. Poco a poco dejé de sentir que tenía que hacerla caber dentro de un tipo de discurso que no le era propio. La escritura me permitió comprender muchas cosas sobre el arte. La pintura, en cambio, me recordó que comprender no siempre es la única forma de conocer. Hay aspectos de la experiencia que las palabras nunca terminan de contener y es precisamente ahí donde encuentro en la pintura algo que ningún otro lenguaje puede ofrecerme.
La escritura continúa siendo una parte importante de mi vida y todavía disfruto mucho escribir, pero dejó de ocupar un lugar central en mi práctica. Más que ayudarme a explicar la pintura, esa etapa me permitió entender que el arte que más me interesa no es solo una forma de pensamiento, sino también una forma de experiencia que abre espacios de percepción, sensibilidad y conocimiento que las palabras no siempre alcanzan a contener.


The Sky I Keep es tu primera exposición individual en un museo de Estados Unidos. Más allá del reconocimiento institucional, ¿qué conversación te gustaría abrir con un público que quizá se acerca por primera vez a tu trabajo?
Más allá de ser mi primera exposición individual en un museo de Estados Unidos, hay algo especialmente significativo en que suceda en el museo de la universidad donde estudié. Volver a ese lugar, ahora con una exposición que reúne cinco años de trabajo, se siente, de alguna manera, como haber completado un ciclo.
Una de las cosas más valiosas del proyecto fue el diálogo que surgió entre pinturas realizadas entre 2021 y 2025. Estoy acostumbrada a pensar las exposiciones a partir de un cuerpo de obra reciente, pero aquí conviven piezas de distintos momentos. Eso me ha permitido descubrir relaciones e, incluso, cosas sobre mi propio trabajo que yo misma no había visto antes.
Junto con Brittany Richmond, curadora de la muestra, pensamos el espacio para que se sintiera acogedor. Los muros en un azul profundo y un rosa suave transforman la atmósfera y acompañan la pintura sin imponerse sobre ella. Más que conducir la mirada hacia una interpretación específica, nos interesaba crear un entorno que invitara al espectador a bajar el ritmo, habitar la exposición y relacionarse con las obras desde otro lugar.
El título, The Sky I Keep, nace de la idea de que el cielo no solo existe sobre nosotros, sino también dentro de nosotros. Me gusta pensar la exposición como una invitación a recordar que nuestra experiencia del mundo tiene también una dimensión interior y que entre ambas no hay un límite tan claro como a veces creemos. Ojalá quienes visiten la muestra salgan con la sensación de haber habitado ese espacio por un momento, de haber encontrado un lugar donde mirar con más atención y reconectar con aquello que, aunque no siempre podamos nombrar o comprender del todo, sigue formando parte de todos nosotros.