Precisión alpina: el lenguaje del vino de montaña según Pojer e Sandri

Federico Sandri reflexiona sobre el vino alpino como ejercicio de precisión, equilibrio y responsabilidad cultural en el Trentino–Alto Adige.

Hablar de vino de montaña implica, inevitablemente, hablar de límites. En el Trentino–Alto Adige, esos límites no funcionan como una postal romántica, sino como un sistema de precisión extrema donde cada decisión queda expuesta. Para Mario Pojer y Fiorentino Sandri, al frente de Pojer e Sandri, la altitud no es un atributo aspiracional, sino una condición que exige escucha, humildad y rigor técnico.

En esta conversación, Federico Sandri explora cómo la montaña amplifica virtudes y defectos, cómo el Lago di Garda modula la tensión alpina y cómo variedades como Müller-Thurgau, Pinot Noir, Riesling y Nosiola encuentran aquí un lenguaje propio. Más que defender estilos o tendencias, reflexiona sobre sostenibilidad, mínima intervención y la necesidad de repensar el discurso del vino italiano contemporáneo desde la honestidad del territorio.

El vino de montaña suele asociarse con pureza y tensión. ¿Cómo definen el carácter de los vinos alpinos de Trentino–Alto Adige más allá de esta narrativa romántica?

Para nosotros, el vino alpino no se trata solo de pureza o tensión, sino, sobre todo, de precisión. La montaña no perdona: amplifica todo, tanto las virtudes como los defectos. El carácter del vino nace de un equilibrio frágil entre una luz intensa, fuertes oscilaciones térmicas entre el día y la noche y suelos pobres. Son vinos que no buscan volumen ni opulencia, sino claridad. Cuando funcionan, son legibles, verticales y honestos. Cuando no, la montaña los deja en evidencia de inmediato.

La altitud impone límites físicos muy concretos. ¿En qué punto la montaña deja de ser un ideal enológico y se convierte en un riesgo real para la identidad del vino?

La montaña se vuelve un riesgo cuando dejamos de escucharla. La altitud implica maduraciones lentas y vendimias tardías, pero también heladas, granizo y estrés hídrico. El límite es muy delgado: cuando se fuerzan las cosas para perseguir un estilo preconcebido, se pierde la identidad. Para nosotros, un ideal enológico solo existe cuando aceptamos los límites y los transformamos en lenguaje, no cuando intentamos superarlos a toda costa.

El Lago de Garda actúa como regulador climático. ¿Cómo interactúa su influencia térmica con la frescura extrema de la altitud en el perfil aromático de sus vinos?

El Lago de Garda es una presencia silenciosa pero decisiva. Modera, protege y prolonga el ciclo vegetativo. La altitud aporta acidez, tensión y perfiles aromáticos sutiles; el lago suma madurez, amplitud y profundidad. Es un diálogo constante: sin el lago, los vinos podrían resultar demasiado austeros; sin la montaña, perderían impulso. Es justamente esta tensión entre dos mundos la que aporta dinamismo al perfil aromático.

El Müller-Thurgau ha sido durante mucho tiempo subestimado. ¿Qué condiciones específicas de Trentino permiten que esta variedad exprese complejidad y no solo ligereza?

El Müller-Thurgau necesita altitud real, no simbólica. En Trentino encuentra luz intensa, noches frías y una maduración lenta. Aquí abandona su perfil aromático simple y gana profundidad, salinidad y persistencia. Si se trabaja con respeto, sin sobreextracción ni artificios, puede contar la historia de la montaña con una voz sorprendentemente compleja y contemporánea.

Con el Pinot Noir, ¿qué tensiones encuentran entre elegancia, fragilidad y precisión en un entorno de montaña?

El Pinot Noir es un desafío cotidiano. En la montaña puede ser magnífico, pero también extremadamente frágil. La elegancia siempre está en riesgo; basta muy poco para perderla. Exige una precisión casi obsesiva en el viñedo y una gran humildad en la bodega. No es un vino que se construya, sino uno que se acompaña. Cuando logra expresarse, ofrece una elegancia sutil, nunca estridente, profundamente alpina.

El Riesling es una variedad que requiere tiempo. ¿Cómo interpretan la relación entre altitud, acidez y potencial de guarda en sus expresiones de esta uva?

La altitud le otorga al Riesling una acidez natural que no es agresiva, sino estructural. Es la columna vertebral que sostiene al vino con el paso del tiempo. No pensamos el Riesling para la inmediatez, sino para la paciencia. Su potencial de guarda nace precisamente de este equilibrio entre frescura extrema y maduración lenta, algo que solo ciertos contextos de montaña pueden ofrecer.

La Nosiola es una variedad profundamente territorial. ¿Qué responsabilidad implica trabajar con una uva que porta memoria local y no se ajusta a códigos internacionales?

Trabajar con Nosiola es una responsabilidad cultural antes que agrícola. Es una uva que no se pliega a las modas ni busca consenso inmediato. Seguir trabajando con Nosiola significa preservar una memoria compartida y aceptar un lenguaje que puede ser poco convencional, incluso incómodo. Pero es justamente esa autenticidad lo que la vuelve irreemplazable.

La mínima intervención es un tema muy discutido hoy. ¿Cómo se traduce este principio en decisiones concretas, tanto en el viñedo como en la bodega?

La mínima intervención no significa menor responsabilidad; al contrario, implica asumir más. En el viñedo, supone observar de cerca cada añada, leer el territorio e intervenir solo cuando es necesario, resolviendo problemas específicos y no actuando por costumbre. No creemos en intervenciones rutinarias: cada año es distinto y exige respuestas diferentes. La sostenibilidad también consiste en respetar el carácter de cada cosecha.
En la bodega, significa quitar más que añadir, acompañar al vino sin forzarlo. Cada decisión debe estar justificada, nunca ser automática. El vino no necesita demostrar nada; solo necesita ser verdadero.

La sostenibilidad ya no es solo un tema técnico, sino cultural. ¿Qué prácticas consideran esenciales para producir vino en el norte de Italia sin comprometer el futuro del territorio?

Para nosotros, la sostenibilidad es una responsabilidad hacia el futuro. Nuestra tarea no es explotar la tierra, sino acompañarla en el tiempo y prepararla para quienes vendrán. Esto implica cuidarla con respeto y evitar su agotamiento. Trabajamos la fertilidad natural del suelo mediante cubiertas vegetales y un manejo adecuado, utilizamos riego de subsistencia sin abusar de los recursos hídricos disponibles y tomamos decisiones que consideran al viñedo como un ecosistema completo.
Hoy, el patrimonio por sí solo ya no es suficiente, ni tampoco repetir técnicas del pasado por inercia. Se necesitan datos, valentía y responsabilidad. El pasado no garantiza el futuro, y los modelos establecidos ya no alcanzan. Leer el viñedo también significa comprender sus costos reales e intervenir de manera más precisa, transparente y rigurosa. Solo así la sostenibilidad deja de ser un eslogan y se vuelve concreta.

El vino italiano atraviesa una transformación silenciosa. Desde su perspectiva, ¿cómo ven la evolución del lenguaje contemporáneo del vino en relación con la tradición, especialmente en las zonas de montaña?

Creemos que el vino italiano también enfrenta una crisis de lenguaje. En los últimos años, el discurso académico y técnico ha tomado demasiado protagonismo, alejando, sobre todo, a los consumidores más jóvenes. Tal vez hoy sea necesario volver a un lenguaje más directo y sencillo, sin caer en lo simplista.
En las regiones de montaña, esto implica reinterpretar la tradición con conciencia, no con nostalgia, y comunicarla de manera honesta y accesible. El futuro no consiste en negar el pasado, sino en traducirlo a un lenguaje vivo que pueda dialogar con el presente sin traicionar su significado profundo.