
A veces, viajar unos cuantos kilómetros permite observar el país con una atención distinta. San Juan del Río, Querétaro, aparece entre los destinos mexicanos que están ganando popularidad entre los viajeros de Airbnb. Sin embargo, su verdadero interés comienza al abandonar la lógica de la lista turística. Entonces surge un territorio construido mediante sabores, objetos, relatos y saberes transmitidos entre generaciones.
Las Experiencias Airbnb permiten acercarse a esa dimensión menos evidente. Durante el viaje elaboré vino, hice pan de pulque, trabajé el barro y confeccioné muñecas tradicionales. También visité el antiguo templo de San Ildefonso y conocí distintos aspectos de la cultura otomí.
Cada actividad estuvo guiada por personas de la comunidad. Por ello, el recorrido adquirió una cercanía difícil de conseguir mediante un itinerario convencional. La historia apareció en cocinas, talleres, viñedos y conversaciones. Dejó de ser una sucesión de fechas para convertirse en algo vivo.
San Juan del Río posee casi cinco siglos de historia. Su ubicación lo convirtió en un punto estratégico del Camino Real de Tierra Adentro, que conectaba el centro de México con los territorios mineros del norte. Sus haciendas, templos y caminos todavía conservan las huellas de ese intercambio.
El Puente de la Historia, la arquitectura religiosa y la tradición del ópalo permiten comprender parte de ese pasado. Aun así, el patrimonio más revelador permanece en las prácticas que continúan transformándose. Las Experiencias Airbnb ofrecen una vía directa para acercarse a ellas.


La relación de Querétaro con el vino constituyó uno de los primeros momentos del recorrido. Durante la experiencia participé en su elaboración y conocí las decisiones que definen su identidad. Cada vino responde al suelo, al clima y a la variedad de uva. También expresa la sensibilidad de quien interpreta esos elementos.
El proceso permite entender el vino como una composición. El equilibrio entre aroma, acidez, estructura y cuerpo surge de elecciones precisas. En consecuencia, cada botella propone una lectura del territorio. La degustación adquiere otra profundidad cuando se conoce el trabajo previo detrás de una copa.
Además, la cultura vitivinícola permite observar el paisaje queretano desde otra perspectiva. El vino aparece vinculado con la agricultura, las estaciones y el conocimiento técnico. Su elaboración revela una relación constante entre naturaleza, paciencia e intervención humana.
El viaje continuó hacia San Ildefonso Tultepec, en el municipio de Amealco de Bonfil. Allí, la cultura otomí se manifiesta en la lengua, la cocina, los textiles y los objetos cotidianos. También aparece en la forma de comprender la comunidad.


En una de las Experiencias Airbnb, doña Cecilia González Vázquez compartió el proceso para preparar pan de pulque. La actividad comenzó con ingredientes sencillos, aunque pronto reveló una historia mucho más amplia. El pulque funciona como agente de fermentación y aporta al pan un aroma particular. Asimismo, conecta la receta con una tradición anterior a los procesos industriales.
Amasar junto a doña Cecilia transformó la cocina en un espacio de conversación. Mientras la masa adquiría consistencia, surgieron relatos sobre la familia, el territorio y las formas locales de cocinar. La receta apareció como un conocimiento flexible, sostenido mediante la repetición y la memoria.
El resultado también plantea otra manera de pensar el lujo. Aquí, el valor reside en el tiempo necesario para dominar un proceso. Además, se encuentra en la generosidad de quien decide compartirlo. Preparar pan de pulque permite reconocer la sofisticación contenida en una práctica cotidiana.
La visita al antiguo templo de San Ildefonso aportó una lectura histórica al recorrido. Su arquitectura conserva distintas capas temporales y permite observar la relación entre religión, territorio e identidad. El edificio adquiere sentido mediante el uso y la memoria de la comunidad.


Después, la elaboración de las muñecas Lele y Dönxu introdujo otra expresión de la cultura otomí. Sus listones, colores y vestidos forman parte de un lenguaje visual reconocible. Cada muñeca condensa conocimientos textiles, historias familiares y formas de representación colectiva.
Hacer una de ellas exige concentración, coordinación y paciencia. Las manos aprenden a doblar, unir, vestir y ordenar cada elemento. Así, el visitante comprende la complejidad detrás de una pieza que suele observarse ya terminada.
Lele, cuyo nombre se asocia con la palabra “bebé” en otomí, alcanzó una presencia internacional como emblema queretano. Dönxu amplía este universo de representación artesanal. Ambas figuras muestran la capacidad de una tradición para circular en nuevos contextos y conservar su raíz comunitaria.
La alfarería completó el recorrido mediante un contacto directo con la materia. Trabajar el barro obliga a reducir la velocidad. Primero se prepara la arcilla; después se moldea mediante presión, equilibrio y humedad. Cualquier movimiento excesivo puede alterar la forma.
Por ello, el proceso exige una atención ausente en gran parte de la vida cotidiana. La arcilla registra cada decisión y también cada error. Al pasar por el fuego, adquiere resistencia sin borrar las marcas de quien la trabajó.


Estas actividades proponen una manera más participativa de recorrer un destino. El visitante deja de permanecer frente a los objetos y comienza a intervenir en sus procesos. Debe escuchar instrucciones, repetir movimientos y aceptar la torpeza inicial de cualquier aprendizaje.
Esa vulnerabilidad modifica la experiencia del viaje. Durante unas horas, la relación con el lugar depende de la atención y de la disposición para aprender. La distancia entre anfitrión y visitante se acorta mediante una tarea compartida.
San Juan del Río funciona como entrada a un Querétaro definido por sus oficios y comunidades. Desde allí, el recorrido hacia San Ildefonso amplía la comprensión del territorio. La cultura otomí aparece entonces como una presencia contemporánea, capaz de preservar su memoria y producir nuevas formas de encuentro.
Quizá allí resida el mayor acierto de las Experiencias Airbnb. El destino deja de ser un escenario y se convierte en una conversación.