¿Quién es el verdadero monstruo?: una reseña de Frankenstein

"Y así el corazón se romperá, pero aún roto, pervive" – Lord Byron

Una frase que cierra de manera perfecta la nueva adaptación de Frankenstein, dirigida por Guillermo del Toro y estrenada en octubre de este año. Una frase que captura el alma de la película y nos revela entre líneas que la criatura de Frankenstein es un espejo de todas las vidas que existen sin pertenecer, que se perciben como demasiado o insuficientes para la mirada ajena. A lo largo de la película, Del Toro deja claro que la narrativa no gira en torno a un monstruo que amenaza al mundo, sino a un ser que debe habitarlo sin haberlo pedido.

Fotografía cortesía.

Perspectiva del padre

Victor Frankenstein, interpretado por Oscar Isaac, no solo creó vida: se convirtió en padre de un ser que cargaba, desde el primer segundo, el peso de sus expectativas. Para él, la criatura era la promesa de una realización personal que nunca había alcanzado. Un triunfo científico y humano que compensaría sus propias carencias. Pero Frankenstein nunca entendió algo básico: ningún sueño se cumple a través de otro y menos a través de un hijo.

El personaje de Victor es el retrato de una paternidad que busca poseer más que acompañar. Representa a esos padres que depositan en sus hijos la responsabilidad de reparar una vida frustrada, que confunden guía con control y que ante sus propios errores, eligen culpar a quien menos puede defenderse. Del Toro no lo presenta como un villano clásico, sino como un hombre incapaz de asumir las consecuencias de lo que creó. Como alguien que no se atreve a mirarse con la humildad que se requiere para reconocerse como imperfecto e impotente ante la adversidad. La película refuerza esta idea no solo desde el guion, sino también desde la puesta en escena. 

En una de esas escenas, Victor y Elizabeth -la prometida de su hermano, por quien él siente algo más- mantienen una conversación que revela mucho de su dinámica. La fotografía muestra esta diferencia interna: mientras a ella la bañan las luces, a Victor lo cubren las sombras. Elizabeth es transparente con sus emociones y sabe quién es; Victor, en cambio, apenas logra comprenderse.

En ese momento, él hace una declaración sobre sus sentimientos. La mira con deseo, con locura, con expectativa casi obsesiva, esperando ser correspondido. Ella responde con calma, acariciándole el rostro: “Creer algo no hace que sea verdad”. 

Y es que Elizabeth se preocupa por él de manera genuina, pero Victor ama desde la carencia: ama una ilusión y ama más su propia ambición. Esta escena muestra que Victor desea vincularse, pero no sabe hacerlo de una forma sana.

El color rojo en la película funciona como una guía sutil del recorrido emocional de Víctor. Primero aparece en la ropa de su madre y después pasa a él, simbolizando cómo la muerte y la pérdida materna se convierten en el detonante de su deseo de crear vida. En varias escenas clave, ese rojo aparece en medio de paletas más frías y apagadas, evidenciando visualmente que la herida de Víctor es interna, emocional y que nunca terminó de cicatrizar.

Víctor no soporta la idea de que la existencia esté regida por la muerte, por lo que intenta desafiarla a través de la inmortalidad de su criatura. El rojo representa sangre, enfermedad, final. Un color que contrasta con la frialdad y rigidez de su padre, incapaz de contenerlo en su dolor. Así, Víctor termina convirtiéndose en la figura que tanto daño le hizo, mostrando cómo el entorno en el que crecemos moldea lo que llegamos a ser, aunque no necesariamente lo determine del todo.

¿Entonces Victor es el verdadero monstruo?

Fotografía cortesía.

Perspectiva del hijo

Nació a partir de la muerte. Piel, huesos, corazón y cerebro provenientes de cadáveres, partes que le pertenecieron a alguien más. Él estaba vivo gracias a que otros habían muerto. Desde sus primeros segundos de vida, la criatura, interpretada por Jacob Elordi, ya cargaba con algo más que su propia existencia. Nació sin saber nada, sin saber sus límites, sus alcances, sin saber reconocer sus sentimientos o saber expresarlos. Era una persona completamente indefensa.

Su padre, quien tenía el deber de cuidarlo y enseñarle a vivir, lo despreció casi desde el primer instante por ser diferente. La criatura tuvo que aprender a habitar un cuerpo que otros consideraban un error, algo indigno de estar vivo. Tuvo que aprender a convivir con el dolor de su existencia y a hacer suyos esos ojos que decían todo lo necesario. Del Toro apuesta aquí por un retrato profundamente simbólico, corriendo el riesgo de que el personaje sea visto más como un algo, pero Jacob Elordi logra sostener la humanidad del papel para que siga sintiéndose vivo. Un personaje que nos recuerda algo importante: no porque no entendamos la forma de expresión de alguien significa que no tenga nada que expresar o sentir. A veces solo hace falta tocar un poco más profundo y hacer espacio en nuestras vidas, y en el corazón.

La actuación de Elordi, casi enteramente corporal, aporta una humanidad inmediata al personaje: sus gestos, silencios y miradas transmiten vulnerabilidad y resistencia al mismo tiempo. La mezcla de fotografía y diseño de producción convierte los paisajes en soledad. Los espacios nevados, vacíos e inmensos nos permiten sentir la desesperación de la criatura por encontrar paz en su interior, por hallar comprensión y sentido en cualquier lugar que lo acepte. La música y el diseño sonoro acompañan ese vacío sin exagerarlo, permitiendo que el dolor se escuche más de lo que se explica. El director presenta esta sensación con planos largos y cuidadosos, donde cada encuadre revela su aislamiento y al mismo tiempo la belleza de su mundo interior. ​​

En su camino, conoce a un anciano ciego que lo ve como igual. Es irónico pensar que, aun sin percibir un solo rayo de luz, pudo verlo en el alma de la criatura solo con sentir su presencia. Esta relación, tan breve como significativa, le enseña que es capaz de relacionarse con los demás y que es suficiente tal como es.

Él sangraba si lo herían y aunque era inmortal, se da cuenta de que, por más que sus heridas físicas cicatrizaran, el dolor que cargaba no se iba tan fácil. La narrativa nos muestra que su inmortalidad era una condena que nunca le permitió darse cuenta de que era capaz de perdonar: a los demás, a Victor, a la existencia misma, y tampoco sabía que necesitaba perdonarse a sí mismo… hasta que lo hizo.

La criatura representa todo lo que Víctor nunca pudo ser: alguien libre de su pasado, de sus traumas, de sus duelos y de la ansiedad por el futuro. Víctor, aun siendo mortal, nunca pudo liberarse de su propia historia; la criatura aun siendo inmortal, lo logró. Vivir a pesar de todo lo roto que pudiera estar.

¿Qué sería de nosotros si la muerte dejara de ser una salida y solo nos quedara existir?

Si ya estamos aquí, sin haberlo pedido, ¿no sería mejor aprender a acompañarnos?