República Dominicana se cuenta desde cualquier parte del mundo 

Una crónica del 2025 dominicano: cultura, merengue y un Caribe que conquistó Nueva York y el corazón de millones de viajeros.

Fotografía por René Villaseñor.

Hay años que pasan sin hacer ruido y otros que se quedan como una melodía. Para República Dominicana, 2025 fue lo segundo: un pulso, una imagen, un eco que viajó más lejos de lo previsto. Las palabras, las imágenes y el sonido que llegan desde el Caribe, latieron también, para cerrar un año de impulsos, en las venas vitales de la capital del mundo, Nueva York.

En esta ciudad de velocidad perpetua Santo Domingo se presentó sin prisa. Hubiera sido fácil caer en la monotonía de los destinos que se venden hacia el turismo, pero lo que se vivió en Manhattan fue más bien la cultura viva de un país que retumba al rededor del mundo. El libro Santo Domingo por Assouline, se abrió como se abren las ventanas en esas tardes de calor caribeño. La luz entra como una memoria permanente y el olor tan singular de sal y brisa se queda para siempre escrito como autobiografía. Los textos del ministro David Collado y de la curadora Rosanna Rivera se unieron a las fotografías de Aline Coquelle. Cada una dio forma a esta extensa y merecida carta de amor. Homenaje a la capital, desde la piedra antigua de su Zona Colonial hasta la energía contemporánea que atraviesa sus cocinas, sus artistas, su gente.

Fotografía por René Villaseñor.

A unos cuantos metros bajo las calles neoyorquinas, otro lenguaje tomó el control: el merengue. Toño Rosario convirtió un pasillo de la Grand Central Station en un islote de expresión dominicana. Esa arteria principal de la ciudad que lleva y regresa millones a diario, se detuvo un momento. La primera acción, una llamada de video a las personas que la bandera azul y rojo recuerda. La vida en Nueva York es distinta pero en este breve espacio desapareció y se convirtió en espacios de nostalgia y lejana compañía. También en Manhattan se pudo vivir el Caribe. Por un momento, el invierno cedió: bastó el ritmo para que el frío se hiciera a un lado.

Fotografía por René Villaseñor.

Mientras tanto, en casa, los números del turismo dibujaron su propia narrativa: más de 10.2 millones de visitantes entre enero y noviembre, un millón solo en noviembre, y una ocupación hotelera que mantuvo el 73% como si fuese un pulso firme. Pero más allá de las cifras —esas que solo revelan la superficie— quedó la certeza de que cada viajero tocó algo más profundo. Porque quien regresa de República Dominicana lo hace más por obligación que por gusto, el ritmo de la vida fuera de ese paraíso no se detiene e inevitablemente llama al viajero de regreso, con la esperanza alegre de que el regreso es inminente. A su ritmo, a su tiempo, La Isla sigue ahí esperando con los brazos abiertos. 

El año termina con campañas, celebraciones y nuevos viajes por venir, pero también con la intuición de que República Dominicana no se limita a ser un destino. Se comporta como lo hacen los lugares que se vuelven experiencia: se queda dentro de quienes la visitan, les sonríe, y los hace regresar.

2025 será recordado así: como un capítulo donde el país exhortó al resto del mundo para fluir en su ritmo. Y cada nación —a todas luces— aceptó la invitación.