Rodrigo Moya: retratista del fuego en la mirada

Rodrigo Moya nunca embelleció la mentira. Lo de él fue encuadrar la historia con un pulso de rabia, dignidad y memoria.

Fotografía cortesía

Fue testigo, fue cronista, fue pintor de luz. Supo apuntar la cámara hacia donde pocos se atrevían: la desigualdad, la rebelión, la dignidad asediada. Rodrigo Moya ha partido a los 91 años y cuesta pensar que ya no esté alguien que en sus imágenes parecía estar siempre del lado de los que aún no se rinden.

Hay fotógrafos que buscan la belleza en la vida de todos. Moya buscó y encontró la verdad. Incluso cuando era incómoda, incluso cuando lo hizo retirarse del fotoperiodismo. La manera en que se diluían los sueños que alguna vez lo inspiraron. Lo suyo fue el pulso de una época que palpitaba con rabia y con hambre, con esperanza y con fuego.

Nació en Medellín en 1934, pero fue en México donde echó raíces y dejó uno de los legados visuales más potentes del siglo XX. La imagen del Che con la mirada perdida en un pensamiento ajeno al presente es solo una parte de su archivo. Más de 40 mil negativos que capturan luchas, rostros y territorios que hoy son también historia. Como él mismo dijo, su archivo fue su máquina del tiempo. Una que, más que volver al pasado, permite comprenderlo.

En 1968, tras la muerte de Guevara, Moya cerró su ciclo como reportero gráfico. Se alejó del bullicio, pero no del compromiso. Fundó una revista sobre pesca, escribió –a la Hemingway– cuentos junto al mar, ordenó con su compañera de vida, Susan Flaherty, el archivo que lo había acompañado como una herida persistente. A veces el silencio también es una forma de seguir diciendo.

Retrató a los grandes —García Márquez, Siqueiros, Rivera, María Félix—, pero también a los invisibles. A quienes caminaban la ciudad en los márgenes, a quienes exigían justicia, a quienes habitaban el país desde la periferia. Decía que si detestaba al personaje, intentaba “joderlo” un poco desde el lente. Su cámara no era neutra, lejos de serlo. Como cualquier pintor cada destello, cada negativo revelado, marcaba una pincelada del lienzo entero que cultivó.

Fotografía cortesía del archivo de Rodrigo Moya

Hoy que la imagen abunda y el sentido escasea, mirar sus fotos es un reencuentro con lo esencial: con la urgencia de no olvidar. Porque lo que Moya hizo no fue dotar al instante de memoria, de conciencia, de peso. Sus fotografías encaran la historia.

Queda la mirada. Queda su trabajo, que no es legado, es llamado e invita a ver distinto. A ver con las vísceras.

Rodrigo Moya murió en casa, en Cuernavaca, acompañado por el amor de toda su vida. Se fue discreto, firme, lúcido. Como un hombre que nunca le dio la espalda al mundo. Como alguien que, aún sin apretar el obturador, seguía mirando.