

Cuando hablamos de hoteles sustentables ya sabemos de qué se trata. Las sábanas que no se cambian a diario, el agua que se reutiliza, los productos que se compran local, el programa de reforestación que aparece en el último párrafo del sitio web. Todo eso ya es la línea base, lo mínimo que esperamos que cualquier marca hotelera haga en 2026. Singita también lo hace. Pero Singita hace otra cosa además, y esa otra cosa fue lo que me dejó sin palabras.
Vine a Ruanda a ver gorilas. Eso era el viaje. Y lo fue, completamente, pero no esperaba encontrarme con algo que me cambiara la manera de ver las cosas de una forma tan profunda y tan inesperada.
La escuela que cambia vidas
La Singita Community School le da la oportunidad a diez estudiantes por año de estudiar gastronomía. No es un taller, no es un curso de fin de semana: es una formación completa, seguida de una pasantía en alguno de los hoteles del grupo, con la posibilidad real de quedarse trabajando ahí. Diez personas que no tenían esa oportunidad, que literalmente no tenían ese futuro disponible, y que ahora lo tienen.
Fuimos a la escuela. Conocimos a los estudiantes, comimos con ellos y nos mostraron lo que están aprendiendo en sus clases. Sentarte a la mesa con alguien que está estudiando gastronomía cuando hace un año esa posibilidad simplemente no existía para ellos, es de esas cosas que no se olvidan fácil. Eso es cambiarle el rumbo a una vida.



Más allá de la escuela
Cada año, Singita entrega dos casas a las familias más vulnerables de la comunidad. También apoyaron la escuela local del pueblo con dos tanques de agua. Son gestos concretos, medibles, que no necesitan un comunicado de prensa para justificarse.
Hablé con Marvin, el encargado de comunicación comunitaria, y le hice la pregunta que tenía desde que llegué: ¿cómo conviven dos mundos tan completamente distintos? Un hotel de lujo internacional y una comunidad rural que existe justo a su lado. La respuesta fue clara. Singita tenía que incluir a la comunidad desde el principio, no solo ayudarla desde afuera. Explicarles, darles trabajo, incluirlos en el día a día. Marvin reconoció que es imposible darle empleo a todos, pero que la intención siempre es encontrar la manera de que la colaboración exista, de que el vínculo sea real.

El vivero que te hace querer quedarte más tiempo
Dentro de la propiedad hay un vivero llamado Akarabo, que en kinyarwanda significa «pequeña flor». Es uno de esos lugares que te detienen sin que lo planees: una huerta ordenada, verde, llena de árboles pequeños que eventualmente van a ser parte del bosque donde viven los gorilas. El lugar en sí te invita a querer hacer algo, a participar de alguna manera. Y puedes: te dejan elegir un árbol y plantarlo tú mismo. Es un gesto pequeño pero concreto, y es la manera más directa de regresarle algo al lugar que acabas de visitar.


Lo que me quedé pensando
Cuando escogemos a dónde viajar buscamos el mejor hotel o la mejor atracción. Yo vine por los gorilas y los vi, y fue exactamente el viaje que quería. Pero no calculé que también iba a encontrarme con un lugar que le pone tanto empeño y tanto corazón a lo que hace, y que no lo ve como una estrategia de marketing sino como una forma de vida. Como una manera de construir algo que no sea solo lujo, sino algo que se quede, que transforme y que les esté cambiando la vida a personas reales.
Eso no se improvisa y no se finge. Y cuando lo ves de cerca, cuesta trabajo no llevártelo contigo a donde sea que vayas después.
Ojalá más marcas hoteleras entendieran esto. No como una casilla que marcar en un reporte de sostenibilidad, sino como lo que Singita demostró que puede ser: una responsabilidad genuina con el lugar que ocupas en el mundo. La próxima vez que elija un destino, voy a pensar diferente. No solo en la vista desde la habitación o en el desayuno, sino en lo que ese lugar hace cuando nadie está mirando.